jueves, 20 de diciembre de 2012

OPERACIÓN: CUÑADA -I-





Iglesia Parroquial de Sidi Ifni
(Santa Cruz de Mar Pequeña)
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No todas las verdades son creíbles,
¡pero los hechos son los hechos!
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Si fuésemos lacónicos,
la Historia de Ifni
se podría definir con dos verbos:
Montar y desmontar
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Desmontando el busto del Coronel Capaz
en la Plaza de España, Sidi Ifni,
en 1969, año de nuestra "retrocesión".
(Esta fotografía, histórica y única,
se la debemos a Miguel Ángel Barranco)
-o-



Según los antiguos Manuales de Estrategia Militar,
la mejor defensa de una costa
es poseer la otra.
¿Quién defendió a quien en aquella porfía,
en aquella barahunda político-militar
del A.O.E.?
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Efemérides históricas:

1504    Testamento de la Reina Isabel: “... que no cejen en la conquista de África...”

1860    Tratado de Paz (Tetuán). Entre otros acuerdos territoriales, en este Tratado se accedió a nuestra reinstalación en la histórica pesquería de Santa Cruz de la Mar Pequeña. ¿Estuviera realmente, exactamente, en Sidi Ifni? ¡No, en absoluto! Aquella “mar pequeña” era, es, visiblemente, la bahía de Agadir, ¡en la que estaban interesados los franceses!, así que, como ellos tenían buenos mapas, y nuestro León y Castillo carecía de ellos, le hicieron creer, nos hicieron asumir, que la Mar Pequeña era el océano abierto, aquellos acantilados de Ifni… ¡Gabachos, franchutes, listillos…!

1912     Francia y España le imponen a Marruecos su “Protectorado! El nuestro en dos Zonas: La Norte y la Sur. ¡La Sur, al Sur de Ifni! Séase, aquello de Tarfaya; lo más ruín, por supuesto, mas, para nosotros, una joya, una alfaya, ya que íbamos tener una tierra firme; estéril pero firme, frente a nuestras costas, a nuestras islas Canarias…; ¡de costas, de espaldas, para más inconveniencia!

1934  El 6 de Abril, no se sabe muy bien si con la anuencia o a la contra de Lerroux, ¡otro veleta!, el Coronel Capaz, con una docena de exploradores y un saco de reptiles, se posesionó de Ifni, desembarcando en la playa del Morabito, (Sidi Ifni), una bahía abierta, rectilínea, con siete olas..., asesinas!

1944   Manifiesto del Partido Istiqlal, una especie de eco de nuestro imperialista Arriba España. Aquí fue, ¡Ahia Al Magreb!

1953 En Agosto, los franceses, ¡sin contar con España, faltaría más!, (la vieja pugna De Gaulle – Franco), destierran al Sultán disconforme, Mohamed V, sustituyéndolo por Muley Ben Arafa, tío del Rey.

1956  El 3 de Marzo, retornado Mohamed V, Francia les concede la “interdependencia”, y España, por boca de García Valiño, con sus Notables chupópteros reunidos en la Hípica de Tetuán, les prometió la INDEPENDENCIA, ¡nada de medias tintas!, que pasó a ser efectiva a partir del 7 de Abril del mismo año.

El 5 de Junio el diario Al Alam, portavoz del Istiqlal, publicó su mapa del Gran Magreb, elaborado por Abdelkebir el Fassi. ¡Más sol del que tuvo Felipe II en su Imperio: dos millones de kilómetros cuadrados!

1957   En la noche del 23 al 24 de Noviembre de este año, a las 6.30 exactamente, que para mejor sincronizar llevaban buenos meganas, ¡acaso suizos, adquiridos en Tanger!, fueron rotas, cortadas, repentinamente, nuestras conexiones telefónicas: ¡Quedaban cercados todos los puestos del Interior: Tiliuín, Tigsá, Telata....! Esta fue la erupción, la explosión, el estallido, de un volcán que venía cociéndose de tiempo atrás, ¡de lejos! Oficialmente así empezó el “follón” de Ifni, que es como le llamaba el laureado Gómez-Zamalloa, entonces Gobernador General, plenipotenciario del propio Caudillo, ¡con facultades, incluso, para desterrar, para expulsar del A.O.E., a los desafectos! Los historiadores suelen llamarle a lo de Ifni, “La guerra olvidada”, pero yo, que solamente sé historiar lo que veo, lo que oigo, o lo que palpo, prefiero denominarla, “Ifni, la guerra desvirtuada”.

1969  Ifni, lo que restaba del Territorio, allende y aquende de aquellas trincheras, cavadas, minadas, artilladas, en el 57, fue “retrocedido”, término inexacto, acusador para España, el 30 de Junio, después de mejorada la ciudad en aquellos últimos diez años en un ciento por cien. ¡No les íbamos a entregar, a “retroceder”, la moza, sin dotarla primero!


¡Sic transit gloria mundi!


Esta es la historia telepática de una telepatía

Telepatía, según el Dic. Enc. Espasa: De tele-, lejos, y –patía, sentimiento, aflicción o dolencia.

Parapsicología = parapsíquica = metapsíquica = metapsicología.- Percepción de un fenómeno ocurrido fuera del alcance de los sentidos. Se trata, generalmente, de una relación entre dos personas sin comunicación directa y, por veces, incluso distanciadas entre si, por lo que una de ellas sabe, se entera o conoce, lo que le sucede a la otra, p. e., su fallecimiento. Este conocimiento puede tener lugar en el momento en que se produce el hecho, o incluso antes del acontecimiento, precognición. Cuando es impreciso se denomina presentimiento.

Transmisión del pensamiento.- Comunicación o correspondencia de pensamientos y de sentimientos sin la intervención de los sentidos. / En su acepción originaria se significaba con esta palabra el hecho de que se pudiese mandar, trasladar, un padecimiento, de una persona a otra, en un proceso y con un mecanismo que aún no se comprende muy bien, aunque está admitido por la psicología como una realidad posible.

Es bastante antigua la creencia según la cual los gemelos se comprenden a distancia, adivinando, incluso, sus pensamientos más recónditos. También se cuentan hechos sorprendentes de personas que sienten o perciben acontecimientos alejados de ellos mismos, y que sufren por ellos.

Los hipnotizadores afirman que pueden dar órdenes a ciertas personas, a distancia, con sólo su pensamiento.
                                              
Comunicación que, de lo que piensa, hace una persona a otra, por la propia potencialidad mental de ambas, séase, sin relación oral, escrita o mímica entre ellas, pero generalmente a corta distancia; esto puede tener lugar en los fenómenos de hipnotismo y de sugestión mediante la palabra hablada.
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En este relato / traducción se reflejan en letra normal los diálogos audibles, o sea, los orales de todos y cada uno de los actuantes, así como el glosario de su propio relato. Van en cursiva las voces inaudibles para extraños, de las respectivas conciencias, es decir, las voces ad intra de los propios interlocutores. Este fenómeno se produce como reacción, como revulsivo, cuando se traicionan a sí mismos, cuando disienten, allá por dentro, en el fondo de las almas respectivas, de aquello que están exteriorizando, o manifestando, de una forma ladina y generalmente egoísta.

Estos pensamientos, secretos, recónditos, estas intimidades de los protagonistas, fueron, pudieron ser captadas, por un médium con el que me unía una íntima y profunda amistad, que vivió cerca de ellos, gozando de alta y recíproca confianza, con ellos y conmigo mismo. Yo, aquí, por mi parte, me limito a contar lo que me contaron, unos y otros, así que, sin más, ¡Relata réfero!, pues otra responsabilidad, en este caso, ni asumo ni me incumbe. Lo único que me permito opinar, como coetáneo, como testigo presencial, es que lo de las cuñadas fue un invento, ¡otro más!, de aquellos colonialistas ociosos. ¡Ociosos, que no incapaces! ¡Capaces, pero, mal dirigidos! ¡Dirigidos desde unas alturas tan elevadas, circunstancialmente elevadas, que no autopropulsadas por su propia inteligencia, que eran simples nebulosas! Hubo bastante patriotismo, y mucho romanticismo, aunque trasnochado, pero todo ello poco eficaz, salvo en lo ateniente al poblamiento territorial, que en eso Eros funcionó a las mil maravillas!
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Si hubo, o no, una Atlántida, puede ser discutible, pero lo que es histórico, física y geográficamente palpable, que ahí están esas cuasi ruinas, con algunas dificultades pero visitables, es que España tuvo una hija atlántica, ¡otra! Pobre, parva y débil: Ifni. ¿Territorio? ¿Provincia? En un BOE tardío, uno de aquellos testamentos franquistas, ya olvidados del provincialista Javier de Burgos, le dieron a Ifni, de numeración, el correlativo 51. Esta ¿provincia? murió de moza, nada más rematado su teleférico portuario, ¡pues no naciera para vivir! Feneció, se desintegró, ¿o se reintegró a Marruecos?, a los 35 años de edad, concretamente en Junio de 1969. ¡Búsquenla en los libros de Historia, pero necesitarán una lupa por culpa de aquel silencio informativo, sepulcral y bilateral!

Esta finca, minúscula, marchita, plagada de langostas, de chumberas, de ricinos y de arganes, vino al mundo de la letra impresa como fruto y producto de una violación, o, por mejor decir, de una ocupación, practicada, casi que a fortiori, por el  entonces coronel Capaz. (El general Capaz fue fusilado en el 36, en la Zona Roja por supuesto). Se ocupó con la oposición, o, cuando menos, a contra gusto del gobierno lerrouxista, cosa, circunstancia, de suyo significativa dado el eclecticismo de aquel Presidente tan contradictorio. Esta posesión manu militar, esta coyunda espuria, tardo imperialista, se consumó, se efectuó, exactamente el 6 de Abril del A.D.G. 1934. Como quien dice, ayer; ¡y para eso, ya la hemos olvidado!
           
Lo que tuvo de hermoso la provincia de Ifni, aparte de sus construcciones Art Déco, fueron los sellos de Correos, en buena litografía. Lo que no tiene, ni tuvo, apenas, fue Historia. Historia de la buena, de la sincera, que le negó esa dote la censura franquista, la misma que, por otra parte, tampoco registró la muerte de sus amantes, de sus defensores, cuando el follón 1957-58. Por ende, en las faldas, en las laderas de su Bu-Laalam, contrafuerte costero, no resucitará ninguno de aquellos cristianos que se le ofrendaron: Simplemente por imposibilidad física ya que Don Francisco, aquel fresco general procedente del Noroeste (Codorniz dixit), en vísperas del abandono territorial, ordenó y mandó que aquellos caídos..., ¿caídos, o tirados?, (¡más bien tiroteados, paqueados, con nocturnidad y alevosía!), que yacían en el cementerio de su Sidi Ifni, evacuasen con urgencia el Territorio, ¿la provincia?, con rumbo a Las Palmas, a granel, en simples cajas de pino canario, para no olvidarles, para no dejárselos en presencia a la mala conciencia de aquel hijo de la señora Lala Abla, ¡no fuese el diablo que viniesen los arqueólogos...!
           
Pues bien, o pues mal, en aquel ambiente heroico, reinando en A.O.E., ¡auténtico virrey del Emperador Franco!, el General Pardo de Santayana, después de una cierta..., ¿pugna?, que si era o no una cuestión de conciencia después de haberle destapado la olla a la cuñada del Sargento López…, que si era o no una traición..., esas diatribas que se producen en el estado mayor mental de la gente insegura y/o escrupulosa, Orlando, aquel Teniente, Orlando, de Neira y de Canto, por ilustres apellidos, un hidalgo lugués para más honra/deshonra, un tipo fornido y bien nutrido, viril, con huelgos de hombre grande, que no  es igual que gran hombre, decidió avanzar por las peripecias de la vida, y..., ¡se casó! Por ante el Notario Mayor Castrense del A.O.E., Pater Pumariño, un Capellán que ya lo fuera en la de España, y después en la División Azul, Comandante en Jefe de los Servicios Religiosos del A.O.E., con catorce cruces en el  pecho, tantas, que ya parecía un Calvario... ¡Todo a lo grande!
           
Es sabido que los tras acuerdos, las reflexiones de un gallego, (trasacordos), suelen ser retiradas tácticas, compatibles con la valentía, ¡eso es cierto!, pero Orlando, nuestro héroe, estudiara en Zaragoza..., ¡que por algo pusieron allí, de esa formación, la Academia General! ¡General, incluso para gallegos, que por entonces eran los que más la frecuentaban, fuese por patriotismo o por saturación de los Seminarios! Los baturros tienen otras virtudes, que nadie se las niega, pero, ¿eso del trasacordo...? Esa reflexión, esa rememoración tardía, tampoco es virtud, pues lo peor que le puede pasar a un gallego, a un gallego normal, es que le venga ese recuerdo..., ¡desde que vendió la vaca! Pero nosotros, aquí y ahora, al grano, a la historia concreta de una operación concreta:

           
Entraron en aquel templo de la Santa Cruz, llámesele de Ifni o de la Mar Pequeña, que eso no cambia las circunstancias pues ambos nombres le daban a su iglesia aquellos Padres tan admirados y tan sufridos, tan humildes y tan seráficos; ¡franciscanos, en definitiva! Entraron a lo grande, naturalmente, según era costumbre en las Plazas militares, que para eso del protocolo fastuoso como aquellos milites del franquismo, nadie, ¡nunca! Entraron y salieron por debajo de una arcada impresionante: veinte sables desnudos, diez por banda..., ¡como los cañones del barco pirata! Sables como deben ser, como deben estar: ¡desenvainados, marciales, relucientes! Las dueñas, las celestinas, sembraron aquel arroz premonitorio...; premonitorio de una prole jacobina: ¡doce tribus, otras doce!
           
Los ritos eclesiásticos, obviamente en castellano, con acento neutro, que por algo el Páter Pumariño estudiara en el viejo Lugo, en aquel Seminario de los hidalgos, de entronque vallisoletano.
           
-...
           
-¿Teniente Orlando, recibe a Felisa como legítima esposa, por palabras de presente, según el rito de nuestra Santa Madre Iglesia?
           
No contestó, “Recibo”, pero si se afirmó con un rotundo, ¡¡Quiero!! Rotundo sí, que eso oímos todos los presentes, pero más dijo con su boca pequeña, con la de mentir, pues con la otra..., ¡con la otra cantó otra canción!
           
¿Que si quiero...? ¡Por supuesto! ¡Vaya si quiero, que esto del casamiento no tiene vuelta; ni vuelta ni revuelta, a no ser que vayamos a la Rota...! ¡Pero qué animal soy, que me vendo por un plato de lentejas, por unos abrazos de boa constrictora! Con esta jugada, torpe, concupiscente, pierdo el pazo de Sarceda...; por culpa, en trueques, de esta tipa, de estas cachas imponentes... Acabo de comprar una cerda peluda, obesa, inabarcable..., ¡que tal parece de ceba! ¿Querido Orlando, mi mejor amigo, qué tienes ahora, que has logrado? ¡Pues eso: una calentorra insaciable! Adiós, Manolita, que te dejo inmaculada, virgen..., ¡a saber para qué ganadero! ¡Perdona, mujer, que son gajes de mi incontinencia! ¡Ya sabes: en este ambiente cálido, poligámico, muslime...!
           
Aquel castrense, que no tenía el don de la telepatía, o no lo tenía o no lo cultivara, seguía en su rutina; inocente, y como tal, impertérrito. ¿Qué podía saber de amores aquel comandante de los testículos congelados en el lago Ilmen, a 52º bajo cero, cuando aquella aventura de la División Azul? Lo suyo era mandar los mozos a la cama, sacramentalmente, lejos del burdel moruno; aislados, vacunados contra la sífilis, limpios de ladillas... ¡Venga, sobre la marcha: a criar hijos para la próxima guerra; acaso contra Gibraltar...!

...
           
-Felisa, ¿quiere recibir al intrépido Orlando...?
           
-¡Uih, Páter; vaya si quiero, ¡lo que mande Usía…!
           
Macho, luchaste más que los cazones en el anzuelo: seis meses de relación, ¡seis!, de auténtica porfía, que incluso tuve que franquearte mi alcázar para aficionarte a venir a mí, que buenos miedos me pasé, de regla  en regla, pero lo que es de estas..., ¡Orlandiño, caput!

-... os uno en santo matrimonio. En el nombre del Padre +, y del Hijo +, y del Espíritu Santo + Amén.
           
Aquel Páter del rito de besar a la novia nada dijo; ¡nada, en absoluto! Seguramente la dio por besada, pero eso..., ¡secreto de confesión!
           
En cuanto a Felisa, las ideas le salían en catarata, a borbollones, ensartadas con aquellas lágrimas de tan sublime felicidad. Entre ceremonia y ceremonia caviló los siete cavilares, con la mente a paso ligero, militarizada, ¡ella también!
           
¡Que si nos une, Páter! Más que unirnos, nos ata, nos liga, que milagro como este nunca de otro supe. No es poca cosa que yo, Felisa Diéguez, Felisa Diéguez Varosa, hija de un consumado contrabandista, de los del café, del azúcar, de las vacas..., ¡de lo que se tercie! Y venir para esto de tan lejos..., ¡de la frontera de Portugal a la de Marruecos…! ¡Ay, mi mäi, si me vieses a tal momento! Aquella mujer de Chaves, que fue casar a Verín...; aquella mäi que pasaba el café, a diario, por la frontera, por la mismísima raya de Feces, simulando una preñez que le duró diez años!

Por otra parte, en esta del Estrecho, yo, una simple cuñada de un simple Sargento..., de este López que me apadrina, un Sargento que se trata con los Oficiales..., ¡hoy!  Bien, pues llegué lejos, que estoy casada, ahora sí, con este señorito que me aprieta la mano a tal momento..., ¡pero en otras ocasiones fue la barriga!
           
Casada con este señorito que se dice descendiente de un Conde, un tal Gome, o Goma, o algo así...; no sé qué de la Olga...! A mayores de eso, es Teniente..., de Academia! ¡Buen día hice, sí señor, y eso que estamos en las puertas del invierno..., que luego llegarán de mi Galicia las golondrinas..., para calentarse en este infierno de África!
           
En el infierno, como tal, no estaban, pero el diablo les rondaba de cerca, ayudándole a disparar ideas, a cual más prosaica, pero, pragmáticas, todas:
             
En lo sucesivo tendré que sonreírle aún más, más a menudo; hacerle de esas cosquillas que tanto le gustan..., para no dejarle caer en el noveno...; quiero decir, en la competencia…, ¡con la de cuñadas que están viniendo, dos o tres en cada avión! ¿El noveno...? ¡Si, ese; ese que tienta a los hombres, que de ahí nos viene a las mujeres este privilegio, esta ventaja, esto de la provocación permanente, irresistible…!
           
Ahora me dedicaré a las artes...; ¡a las malas artes, por supuesto! ¡Séase, a las artimañas! La vestimenta...; el maquillaje... Nada de eso me embaraza, que de todo he aprendido, que esta del Ifni también es una frontera: se entra pobre y se sale rico, que por algo este Orlando me llama Ricura cuando le sube la fiebre con eso de la lascivia…!
           
¡Pero qué bien hice, en aquella ocasión, en Verín, plantándome en el bachillerato..., para de seguido coger el bimotor, aquel DC-4 que bajaba por Sevilla, y que saltaba con los vientos del Estrecho... Aquellas sacudidas igual eran para despertarnos al Nuevo Mundo..., que hoy por hoy ya no es América sino África. ¡Nunca tal pensé, verme a caballo de Tetuán, y después en Casablanca..., para apearme aquí, en este Ifni, como si renaciese, como si me trajese una cigüeña! ¡Que viaje, Dios mío; nunca lo olvidaré!
  
De la iglesia al casino, atravesando la Plaza de España, de par del busto broncíneo del coronel Capaz, todo fueron ojeadas, de lo más diverso: Las moritas, con sus ojazos negros, brillantes, envidiosos de aquellas libertades de poder casarse con quien y cando las españolas querían. Los moros, con la llave de Granada en la faltriquera, nostálgicos de aquel tributo tan sano y tan satisfactorio de las cien doncellas... ¡Por lo que hace a los españoles, de envidia, cero! Todos felices, que todos tenían colchón, o posibilidades, pues aquel DC-4 de la línea regular no se cansaba de suministrar…, ¡almejas! En cuanto a las españolas, mientras siguiesen las quintas, mientras aquellos sorchis se peleasen por darle la papa, el gofio, a los niños, que lo preferían antes que aturar aquellos sirocos del campamento; criar niños para que los meciese la Patria, para que se measen en aquellos calzones culeros, color garbanzo, de los asistentes, la función ginecea era un deporte placentero, ¡y no les molestaba la competencia!
           
Los menos satisfechos eran aquellos tres o cuatro suboficiales, invitados por el cuñado de la novia, que bien sabían ellos que la entrada en el Casino, en su comedor, era circunstancial, por lo menos en tanto en cuanto no llegasen a teniente, cosa problemática tal y como estaba la escala, tal y como venía enjambrando la Academia de Zaragoza. ¡Aquí sí que rondaba la envidia, el rencor clasista!
           
Dos soldados de chaqueta blanca, camareros, mantuvieron abiertas, pero con las manos enguantadas, aquellas puertas de vaivén de la terraza del Casino, sin por eso dejar de rendirle a la comitiva, ¡a los comensales!, por lo menos un ciento de taconazos. ¡Ganancias para el zapatero, que siempre hubo alguien que ganase con las pérdidas de nuestro Ifni!
           
Entronaron a la novia en aquella mesa central, en la ovalada, a la vez que el jefe de protocolo distribuía, asentaba, a su alrededor, una corte estrellada: de cuatro puntas, el Gobernador; de cinco, los alférez de Milicias; de seis, los tenientes y los capitanes; de ocho, los jefes...
           
Ni que decir tiene que Felisa se vio en la gloria; ¡o, por mejor decir, siguió en ella! Pero aquel encantamiento de sentirse tan próxima a Sus Excelencias, Gobernador y Señora, no le apagaban los enredos de su imaginación, ebria de goces y de esperanzas, asentada en un carro de victorias, propias, personales, navegando por el humo de las fatuidades:
           
Mi cazón, aquí presente, me diste que tejer; más que una araña por encima de las urces, pero..., caíste en mi red! Claro que no usé un solo anzuelo, que fueron cuatro: uno por cada uno de mis ojitos, morenos, pícaros, chisqueros; los otros dos..., ¡dos mamilas marcando en mi blusa, que ni que fuesen el punto de mira de un fusil! ¡Dios, que cierto es aquello que siempre decía mi päi de que dos tetas tiran más que dos carretas...!
           
Si la novia miraba para el novio, el más bien miraba para sí mismo, a su interior, con el cerebro hecho un molino de recuerdos. Notándolo distraído, ausente, Felisa, valiéndose de las manos, besándole las suyas, tendiéndole sus redes, como para rescatarlo:
           
-¡Descansa, amor, que ya está hecho; pero tú, Orlandito, estás como ausente, ocupado en algún trabajo que no tuviese espera! ¿Te pasa algo…? –Y con la misma, le cogió aquellos guantes de gran gala, que los dejara Orlando en el bolsillo de su guerrera, un tanto salidos; se los pasó por debajo de la oreja, mimosa, como para hacerse oír. El chico reaccionó:
           
-No, nada. Felisa, mi amor...; ¡soy feliz! ¡Eso, feliz; y cuando se goza no se habla...! ¿Lo entiendes?
           
Ella sonrió, y se besaron de lado, como en una despedida; para callar de nuevo, para escuchar sus adentros. Donde ahora golpearon fuerte aquellos diablos de las malas conciencias fue en el cerebelo de Orlando:
           
-¡Es mentira! ¡Estoy mintiendo..., otra vez! ¡Ay, Felisona, qué arte tienes! Este juramento, igual que el de la bandera, me va a tener atado..., ¡de por vida! Pero la bandera me da el pan de cada día; ¡me da este Plus de Residencia del ciento cincuenta! Abonos dobles, permisos coloniales de cuatro meses cada dos años, preferencia para hacer los cursos de Estado Mayor, distintivo de Fuerzas Especiales... ¡La gloria misma! Por contra, esta consorte..., ¡un mal negocio! No tiene un ochavo; ni en el bolsillo ni en la hucha...; ¡y de herencia, unos apellidos de lo más vulgar!
           
Para consorte digna, aquella Manolita... ¡Adiós, Manuela de Sarceda! ¡Adiós pazo...; uno de los mejor conservados de Galicia, en aquel país de las vacas! ¿Vacas? La última vez que los visité pasaban de las cien! Casona, jardines, molino...; la carballeira de Castelo, los pinares de Monciro, aquel soto del Podriqueiro...!
           
¡Troqué un reino por un caballo...! ¿Qué digo un caballo…? ¡De caballo, ni las crines! Mírala, Orlando: Sin esperar a que empezase el Gobernador, aquí la tienes, dejándome en ridículo, tirando de la funda de los percebes como quien se quita una media de lana... ¡Potra, que eres una potra desbocada…! Una potra de bajos pensamientos y de altos hablares, siempre a gritos, que más que hablar parece que relinchas! Esto de amansarte, soplarte estilo..., ¡va ser peor que enderezar un campamento de reclutas!
           
...
           
-Felisa, mi amor, a modo, que llevas engullido un cubo de percebes... Deja sitio para las langostas de Villa Cisneros..., ¡que me hicieron el honor de traerlas en el avión de la Estafeta Militar!
           
-Tardan en servirlas, y como comulgamos en ayunas, pues..., ¡el hambre manda más que un teniente!
           
Orlando prefirió bajar los ojos para que no se le notase aquella violencia que le hacía padecer; bastante tenía con la suya interior:
           
¡Ahora que está hecho, sólo cabe..., echarle pecho! Este lo tenemos rato; ¡rato, y para rato! Empecé al revés, por lo consumado... ¡Mi Felisa, fue por culpa tuya, que mis acometidas traen causa de tus tentaciones! Así que yo, Orlando, descendiente de aquel comes, Gome..., ¡un Neira, un Canto!, en vez de sumar pergaminos a mi patrimonio, o añadirles patrimonio a los pergaminos, que tanto monta, ¡me dio por la remonta! Me dio por esta potra, que engulle los percebes como una bestia en un haz de heno... Parvo de mi, que pude desposar, anexionarme, aquella hidalguita de Sarceda..., ¡talmente un ángel!
           
De aquí en adelante prepárate para darle betún, para sacarle lustre a la portuguesa, pues lo único que tiene de bueno es el cutis, pobrecita, que con la gazuza que debió pasar en su crianza, ya es un milagro que no sacase piel de jabalí!
           
Por fin llegaron con las langostas, ¡a la Termidor! Exquisitas, brillantes; un imán para los ojos, tal que ni hizo falta imprecar aquello de, ¡Atención: vista al frente!, pues quien más quien menos estuvo dispuesto a acatarlas; mejor dicho, ¡a catarlas! Pero la novia, ¡protocolo manda!, tuvo que esperar por la segunda fuente, que la primera..., ¡la primera se posó allí donde debía, delante de Sus Señorías, consortes incluidas: Gobernador, Secretario General, Coronel de Tiradores, Jefe del Estado Mayor...! Por parte do novio, aquellos tras acuerdos, cual si fuesen un peine de ametralladora, le hacían rilar los dientes, inapetente y nervioso, con el único sosiego de sus jugos gástricos.
           
Tanto que he leído, y tanto que admiré, a mi modelo de grandezas castrenses, a mi Julio César, y aquí me tenéis, en este Territorio, circundado de gallos, acobardado, hecho un plebeyo..., y sometido a esta arrayana! Para mí no hubo ¡Veni, vidi, vici! Lo mío fue ver, ver las cuñadas pechugonas, descocadas, desabrochadas, ligeras de ropa, todas, o casi todas, a hecho, y sin más..., ¡caer en la trampa! Fue un hado, un fado, que me hizo olvidar, totalmente, de súpito, aquellos Rancaños, y con ellos, su, ¡mi!, Manolita. Descendiente, por vía materna, de los Moscoso, de los Osorio...; ¡del propio conde de Altamira, Señor de Castroverde nada menos!
           
Estoy viendo, que para eso no preciso cerrar los ojos, aquellos lobos pasantes de su escudo hidalgo, compartiendo cuartel con los roeles, con las ruedas de oro de los Castro..., ¡e incluso con las torres de otros parientes, aquellos de Tras del Támara, ¡Trastámara!,  raíces de la propia reina Isabel!
           
¡Ay, Orlando, de los Neira y de los Canto..., tú, yo mismo, que soy un hidalgo linajudo, de los pocos que quedamos, casándote, casándome, en trueques, con esta vaquera..., ¡qué ni de la Finojosa es!
           
En este momento de su discurso mental se le cortó la corriente por obra y gracia de un pellizco de la novia, a la sazón tan nerviosa como él, pero de otro modo, radiante de orgullo y de felicidad. Aquellas uñas ni eran largas ni oblongas, ni las tenía esmaltadas, pero recias y gruesas sí que estaban, así que el pellizco, por encima del puño, arriba de las estrellas de seis puntas, hizo los efectos deseados:
           
-Orlandiño, amor, despierta, que tal parece que te quedases dormido...! Estás llamando la atención, así, de ese modo, como ausente, mirando para el techo, que ni los ojos me prestas...
           
-¿Yo…? ¿Qué, que dices...?
           
-Te digo que tal parece que te embrujase ese cura de la estrella gorda..., ese capellán..., ¡como se llame! A cuantas bodas he ido, los novios estaban alegres, risueños, besando a su moza de cuando en vez..., pero tú.., ¡ni que estuvieses de centinela en las puertas del cuartel! ¿Es que le tienes miedo...?
           
-¿A quién...? ¿Al Capellán? ¿Al Gobernador? ¿Al Coronel...?
           
-¡Hombre, no, eso no; al casamiento! ¿Ya estás borracho? ¡Antes de la comida no se debe probar alcohol...! Venga, bésame...; ¿no oyes que nos lo están pidiendo?

Besar, se besaron, pero aquellos invitados bien percibieron que era ella la que apretaba los morros, la que lamía..., pues el teniente se mostraba más pudoroso que un niño de primera comunión.
           
-Felisiña, es que...; no sé, será que por veces me da el sueño, que esta noche no pegué un ojo, pensando, cavilando...; ¡en ti, por supuesto!
           
¡Mujer, la verdad es que pensé en las dos, y mucho, en mi dilema, en mis comparaciones, para no variar! ¡Ay si este capellán, con lo intransigente, con lo dictador que es, un auténtico, un segundo Torquemada, llega a descubrir, a deducir, a sospechar, lo mentiroso que he sido, la falsedad de mi consentimiento, entonces se vendría a mí, mano alzada, como les hace a los soldados! La hostia sería de otro tipo..., ¡non sancta! A todo tambor, con redoble, ¡que ni se molestaría en consagrarla!
           
La novia, cuidando que aquel amodorramiento, transitorio, de un teniente tan galante, se debía al whisky, doble, tomado con aquellos entremeses..., siguió gozando de la fiesta con la misma euforia que si la llevasen a la gloria, que no era poco verse con un vestido blanco en aquel firmamento tan firme y prometedor, en una corte de mil estrellas..., ¡en hilo de oro! Por añadidura, con un Plus de Residencia del ciento cincuenta por ciento... Entonces: ¡Viva nuestro Emperador, Viva Franco, Caudillo de España por la gracia de Dios!
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El Pazo de Sarceda

La casa paciega, palaciega, la “Casa Grande” de los Rancaño, en Sarceda, en esa Sarceda de Montecubeiro, (Sarceda = sources = manantiales), sita precisamente en las inmediaciones de las fuentes del río Azúmara, entremedias de las Veigas de los Feás y el soto conocido como O Podriqueiro en razón de sus cañotas, huecas, centenarias, o acaso milenarias, el mejor soto de castaños de toda la comarca, precisó, en tiempos aún recientes, un puntal del señor cura, secundado de otro hermano, pero este, el tercero, ¡sin misa! El tal fuera en tiempos un cubano-putero según se desprendía de ciertos díjome-díjome escuchados a cuatro retornados, a cuatro envidiosos, que bien que se acogieran a su protección en la época de los desembarcos habaneros, entonces con la izquierda en el bolsillo de su pantalón y la derecha bien estirada para mendigar de aquel señorito vestido de blanco, en lino yanqui, un trabajo, una colocación, ¡de cuerda que fuese! -Señor Rancaño, ayúdeme, hágame este favor, que acabo de llegar a La Habana, que aún está el barco en el muelle, ahí mismo, en el Morro... Mire que me dio esta dirección su hermano, el de casa... Mire que mis padres siempre fueron leales a los señoritos de la Casa Grande, particularmente en tiempos de la República, cuando los mozos dieron en negarse a trabajar de balde, ¡y eso que en nuestra comarca siempre hubo gente servicial…!
           
El cura, Rancaño segundo de esta saga, era arcipreste, ¡otra hidalguía: ¡Señorío, Iglesia o Casa Real! “De vocación tardía, séase, reflexiva...”, que tal se proclamaba para más énfasis de su ostentosa modestia. Se librara de las guerras de África por Cuota..., ¡o no sería hijo de algo! A mayor seguridad, por si El Rey persistía en aquellos reclutamientos suicidas, su padre le llevó para Lugo, al Seminario, donde entró por la puerta grande, con toda fachenda, ¡que no de codelero, de chupa cortezas!: -Aquí les entrego a mi hijo, Domingo de nombre, con la esperanza de que llegue a obispo, tal que un pariente nuestro, un mártir, ¿sabe?, que fue degollado en las Misiones, allá por Asia... Por si no lo conoce, ilustrísimo señor Rector, nosotros aún llevamos sangre de los Sanjurjo de Mondriz, incorporada a los Osorio, a los Moscoso, a los Rancaño..., todos ellos servidores de la Iglesia, a cual más!
           
Aquel clérigo no llegó a canónigo, para cuanto más a obispo, pero controlaba seis o siete parroquias en la propia comarca. ¡A falta de torres del homenaje, media docena de campanarios! A mayores conservó, conservó y amplió, la nombradía, la nombradía y también la virtud, de la Casa Grande de Sarceda. Se hizo famoso por la corpulencia de su mula y por el tamaño de su teja, ¡en seda, que mejor no la tenían los canónigos de la catedral de Lugo! Otro poco por sus arneses, por sus monturas, ¡cordobesas! ¡Ah, y también por las espuelas de plata, y por el cobertor palentino, en listas rojas y amarillas, que tal parecía una bandera procedente de un capitán de caballería, amigo suyo! ¡De aquel Ejército del que un poco antes el mismo renegara! También lo fue, ¡también!, por la brevedad de sus confesiones, comprensivo que era para aquellos bocazas, para los tacos de aquellos labriegos tan buenos, tan timoratos, que, y a pesar de eso, creían poder ensuciar a Dios con sus mandatos iracundos. Mira, hombre, -les decía, por toda amonestación-, no vuelvas a manchar tu boca con esas blasfemias, que es lo único que sale sucio, pues lo que es a Dios, tú, que eres un mierda, nunca conseguirás mancharle... Al final de aquellas confesiones les recomendaba a los penitentes que diesen gracias a Dios porque tales pecados les fuesen perdonados..., ¡cuando tan fácil le era a la Divinidad matarlos con un relámpago, y con la misma, tirarlos al infierno, de cabeza, per saecula saeculorum! De eso le quedó el mote de “Deogracias”, por el que fue definitiva y popularmente conocido.
           
Pero fue el putero, ¡diez!, nada menos que diez hoteles, a pleno rendimiento, la flor y la nata de la mulatería cubana puesta al servicio de una riada de gringos barrigudos, que por algo la danza sale de la panza, estratégicamente situados, los hoteles, en aquel Vedado, que sólo lo estaba para los pobres, quien mercó, nada más llegar a Lugo, un arca Grüber, para trasegar la plata de sus baúles “mundo”. Le puso de inmediato una combinación numérica, ¡de tres cifras, además de la llave, tal y como se las viera el mismo a los gánsteres americanos! Desde Lugo la hizo transportar, corredoira adelante, en un carro reforzado, de bueyes, con dos parejas, de aquellos que utilizaban los de Bolaño, antes de generalizarse los camiones, para acarrear la cal a los constructores de la ciudad. Para subir la caja por las escaleras monumentales del pazo hicieron falta diez rollos de roble, secos y previamente cepillados por el carpintero de Cobula. Los Rancaño convocaron una fiesta de voluntarios, ¡media parroquia! Las “pilas” se las recargaron con un litro de vino por cabeza, un tocino en tajadas de media libra, cinco docenas de chorizos, quesos de mezcla, amasados, una hornada de pan trigo..., ¡y un duro de plata, a mayores! ¡Cosa tal, ni el día de la malla! Desde que subieron la Grüber, algún gracioso les propuso subir el pajar al mismo salón, que también cabía, cosa que irritó al señor “Deogracias”, tanto, que de milagro no se le escapó una ristra de tacos, de los mismos que solía perdonar en su confesionario. De esa “caja”, de esa Grüber, se habló en cinco leguas a la redonda, ¡por lo menos durante cinco años!
           
Fue precisamente el “cubano” quien convirtió aquella tradición de las deudas crónicas, habituales, del mayorazgo de la Casa Grande, en préstamos suyos, al dos, ¡al dos mensual! Por otra parte, su corazón seguía siendo de hidalgo, que nunca molestó a los vecinos con infames escrituras de compra, de aquellas de “pacto de retro” que tanto le gustaban a su padre. El “cubano”, acorde con los tiempos, se contentaba con retenerle al deudor su cartilla de Racionamiento; eso sí, ¡todas las de la familia, e indefinidamente si no había reintegro en tiempo y forma! Nadie lo denunció por usura, nunca, que nadie se atrevió a tal.
           
Los vecinos del común..., ¡envidiosos ellos, villanos en definitiva!, corrieron la voz de que el tal Manuel venía derrengado de la cintura para abajo, y cabreado de la entrepierna para arriba, pero aquel cubano, que aprendiera diplomacia en sus Antillas, se dio prisa en pagar las deudas, las prodigalidades, del vinculero, sin queja alguna, sin el menor comentario, sin que se le quebrase aquella sonrisa mefistofélica que tan nerviosos ponía a los deudores. Lo único que se le escapó, un día de verano, en la taberna del Cuco, acaso sintiéndose refrescado, por dentro y por fuera de aquella camisa de las flechas, fue esta inocente alusión: ¡Mi pobre hermano bastante hizo con sostener el peso de la púrpura familiar..., en este país paupérrimo! De los presentes nadie le contestó, que ninguno le entendió, con la excepción, acaso, de la hija del Cuco, Victoria, que era retrasadita, más infantil que los ángeles, y que suspiraba por el cubano: ¡Dios, cuanto sabe este hombre..., y que bien debe apretar! Si no lo dijo, lo pensó.
           
Lo que no guardó el cubano, Manuel, en la Grüber, nunca, fue una sortija de diamantes, de no se sabía cuántos quilates, que nunca lo dijo, amuleto precioso que le abría algunas puertas restringidas, tales que las del Círculo de las Artes, en Lugo.
           
Por su parte, el mayorazgo de Sarceda, ¡don Darío!, a falta de los quilates de su hermano, lucía un panameño, un canotier, que se lo trajera el propio Manuel, sin apearlo, año tras año, desde el domingo de Pascua al Domingo de las Mozas, (fiestas de San Froilán en Lugo), en el bien entendido que las gorras, fuesen o no vascas, eran un atributo que les correspondía a los caseros. Este no era putero: carecía de hoteles turísticos, que ni los tenía ni sabría manejarlos, pero, ¿puñetero...? ¡De eso cuanto se quisiese! Un puñetero holgazán, de puños almidonados; y con los puños, el cuello, el collar de la camisa, obviamente blanca. En cuanto a sus broches, por supuesto que eran de oro tales alhajas. Aquellos broches no vinieran de Cuba, que por allá las grandezas eran otras: Esa abotonadura, la de don Darío, tenía grabadas las armas de la familia, y por tanto era transmisible, junto con los pergaminos, de generación en generación.
           
Cacique de tercera el tal Darío, ¡por no haber de cuarta en la nomenclatura rural! Amén de eso, paseante en cortes; en las de Lugo, claro, que en las suyas, en las cortes, en las cuadras, del ganado, el estiércol hedía, en todo tiempo, ¡mientras no pudriese en la leira para convertirse en pan trigo...! Su atenuante, de reconocérsele, consistía en que las malas artes, las suyas, siempre lo eran en favor de los amigos, y las pérdidas para sí mismo, que ya es paradigmático. Ahondando en su carácter, no estaría de más titularle embajador, o conseguidor, supuesto que pasó una parte de su vida viajando, gestionando, llamando a las puertas..., ¡las más de las veces para enderezar pleitos ajenos! Así era, que así pasó a la Historia del lugar, aquel don Darío, de Rancaño, de Osorio, de Moscoso, Sanjurjo de Mondriz, Sarceda..., etcétera, con un etcétera muy largo, tal y como rezaban aquellos pergaminos de la Casa Grande. En cuanto al “don”, aunque los vecinos afirmasen que no concluyera el Bachillerato cuando anduvo por Santiago, en los recibos del Consumo, de Don Darío constaba, ¿y quién se atrevía a ponérselo en duda? ¡Cómo no fuese otro hidalgo...! Lo importante de su nombradía y de su fachenda estaba en aquellos escudos de la Casa Grande, ¡cuatro, dos a dos, coronando aquel portalón granítico!, perfectamente gravados a buril, ¡en piedra de grano!, en los que quedó reflejada, per saecula saecularum, fuese o no en las riberas del Azúmara, una genealogía indiscutible, de alto nivel.
           
Aquellas tradiciones, aquel compromiso linajudo, le tenía esclavizado, acomplejado, encadenado de tal modo que sólo encontró una fórmula para alternar con la última nobleza, la de los estraperlistas surgidos de la Guerra Civil: ¡invitando y..., pagando! Con aquellas ataduras, en aquellas circunstancias, la última baza de tan eximio hidalgo estribaba en las ilusiones que pusiera, que proyectara, para el casamiento de su hija, Manuela, Manuela de Rancaño y de Piñeira; así, exactamente así, con aquel “de” oportunamente sugerido al encargado del Registro Civil de Castroverde. El novio potencial, cultivado en maceta por su madre desde la más tierna infancia, con destino inexorable, comprometido ya, para ser trasplantado al jardín palaciego de Sarceda, para ampliación y concordancia de aquellos cuarteles de las piedras nobiliarias de ambas casas, probara su hidalguía obteniendo uno de los mejores números en la Escuela General Militar de Zaragoza. ¡Teniente Orlando de Neira..., y de Canto, que así lo enfatizaba su madre, una Canto de mucho canto, en oro! También unigénito, los Neira, Neyras de la Olga, de siempre apegados a su “y” griego, poco atrás quedaban de los Rancaño ya que se hacían derivar de un tal comes Gome, suevo, al que se referían como aquel antepasado que repobló Villa Pauli, (Pol), solar de los Gómez de Neyra.
           
En cuanto a la hija, heredera universal del Darío, su padre, del clérigo, y también, probablemente, del putero cubano, ¡hoteles incluidos, salvo que se los expropiase en estos medios algún dictador puritano!, aquella mocita saliera tan santa, tan recatada y tan morenita que ya parecía una virgen beréber: oscura de cutis, con unos ojazos grandes, hondos, de mirada acariciadora, tierna y dulce. Los cabellos recios y ondulados ¡de puro azabache! Se parecía a la madre, a doña Placeres, en el espíritu, en su sensibilidad exquisita; pero el cutis era del padre, talmente una Rancaño, sólo que más refinada. Lo de santa lo proclamaba en tres facetas: en su comportamiento lineal, de una modestia digna e inalterable, la dulzura de sus hablares, y aquella mirada tan discreta y tan delicada, de amplia nobleza, de nobleza de alma. Todo eso con una conformidad, por lo menos aparente, de mártir; más o menos como su madre, aquella bendita doña Placeres, maestra asidua y cumplidora, ¡que eso también es nobleza!, con destino en la misma parroquia, en aquella escuela nacional, mixta, del Pombal.
           
Manolita, o Manueliña, fue un cultivo único, un monocultivo de don Darío. El único, si, pues, y lo mismo para sus plantaciones en aquellas chousas sin límites de Ínsua, casi tan grandes como alguna feligresía, nunca tuviera tiempo libre, ni siquiera para encargar el rareamiento de sus árboles, la limpieza de aquel plantío ahogado por las hiedras. ¡Menos mal que apareció oportunamente, antes de ponerse de moda los incendios, aquel Cubano mandón, y mandó limpiar, precisamente a aquellos a los que limpiaba simultáneamente su bolsillo con la multiplicación de los réditos! Bastante tenía don Darío con aquella alternancia social, y con el breviario de la Editorial Fournier, amén de calentar las pantorrillas, fuese invierno o verano, en la cocina palaciega, o en la bilbaína, de aquella taberna del Cuco de San Cibrao.
           
Retrocediendo al patriarca, al abuelo Rancaño, aquel que apadrinara de pías a doña Placeres, ¡que llegaría a ser su nuera!, tuvo una vida de polinomio, tal que si hiciese partijas de sí mismo, y de si mismo saliesen aquellos hijos tan dispares, pero a la vez complementarios. Su modus vivendi nos parecería hoy anacrónico, fardón y mangonero, pero respondía a una época clasista, con un papel patriarcal que hizo de eslabón entre el feudalismo y el liberalismo, encabezando y dominando el Valle del Azúmara, donde fue querido sin por ello dejar de ser odiado, receptor de un tipo de vasallaje que lo repudiaba a la vez que lo necesitaban, y por ello le inclinaban la frente saliéndole al encuentro, fuese en la iglesia, en la feria, o en la fiesta en la que se encontrase. Le tenían por listo y buscaban sus consejos, o sus dichos, mas en el bautizo de su ahijada poca intuición demostró, ¡que mira que darle el nombre de Placeres en aquellas circunstancias...!
           
Fuera el tal padrino, según apuntado queda, precisamente aquel don Carlos María de Rancaño y de Sanjurjo, casado en Sarceda con la morgada, con la mejorada, de aquellos Osorio y Pardo de Moscoso. Servidor de nadie y carlista tardío, ¡séase, de oídas! Entre otras virtudes y circunstancias tenía la fachenda de jactarse de que en toda la rodeada, en todo lugar al que pudiese llegar a caballo, no hubo boda a la que no fuese invitado, ¡con su señora, claro!, pero esta declinaba tales honores en gracia de las varices de sus piernas, muy abultadas por cierto. Solía corresponder, ¡eso sí, pues los derechos de pernada, aquello de la prima noctis, quedaran extinguidos con el Antiguo Régimen!, dándole tierras al chico, al novio, para que mejorase de vida, para que las decruase, para que cavase y quemase los terrones..., ¡tan sólo por el quinto de los mollos, de los haces, o su equivalente en trigo, seco y limpio! No obstante hubo una excepción de aquellas generosidades, y fue precisamente cuando le parió la mujer a su casero de las Cavozas. Se dio la casualidad de que pasase por allí, por aquel puente del Camino Real de la Terra Chá, de recorrido señorial, rentístico, y se le ocurrió apearse de su caballo para..., ¡para tenérselas al aparcero por su abandono en limpiar las presas de aquellos prados del molino, en plena invernada!
           
           
-¡Calistro, lacazán! ¿Dónde estás, donde te metes, donde encovaste?
           
-Aquí me tiene, en la cocina, señor don Carlos, de par de la cambariña, pero, ¡está tan oscuro...! Aguarde un momento, que le alumbro con un tizón... ¡Hala, ya puede pasar; hágame el favor...! Mire este tallo, este tronco, que es el más alto... Siéntese para calentarse..., que yo, entretanto, le cuelgo su capa, aquí, por detrás del guindastre. Viene chorreando...; ¡y no va a venir, con este tiempo de xuncras!
           
Pero el Amo, como buen hidalgo, con cuatro pelos de feudal, por toda cortesía le soltó un rapapolvo de los suyos. Era cosa de hacerse respetar: ¡Dios y los fueros, como buen carlista, que por tal se tenía!
           
-¿Qué forma es esta de mirar por mis prados? ¡Por algo los pobres no salís de vuestro endego...!
           
-¡No se enfade conmigo, mi don Carlos...; hoy, no, que le estoy de parto...! –Se exculpó el casero, tímidamente, con la cabeza gacha, según estaba removiendo en los tizones para que no le decayese la lumbre al amo, ¡por desagradecido que fuese!
           
-¿Cual, a qué vaca le toca? ¡Deja en paz los tizones y prepárale una caldeada para que aliente a la cría! ¡Pobrecita: la vaca pariendo y tú entretenido con los tizones…!
           
-¡Ay, no señor, que no se trata de las vacas! Mírela, que le alumbro con este tizón: ¡es mi Manuela, aquí detrás, en la cambariña...!
           
-Señor don Carlos, aquí me tiene, que estoy callada..., ¡para no causarle molestias! Pero la verdad es que me vuelven los dolores, cada vez más seguidos... ¡Esto lo tenemos cerca, que ya no aguanto sin chillar…!
           
El hidalgo se enterneció:
           
-Mujer, perdona, ¡y que sea para bien! ¡No te viera…, con esa manta de trapos que tienes encima! –Se disculpó, y lo hizo seriamente, sinceramente.
           
El casero, en vista de que don Carlos bajara de tono, sensibilizándose, se atrevió a insinuar:
           
-Si no le parece mal... Mire, don Carlos, yo estaba para salir en busca de la Estrella de Veiga, que se nos tiene ofrecido para cando llegase la hora... Pero, entre que llegó usted, y luego esos relámpagos del diablo, que siempre me paralizan, pues…, me retrasé!
           
El amo se dispuso a rezongar, pero lo pensó mejor y se dio por aludido, aceptando la indirecta:
           
-No será así, que te debes quedar con tu mujer..., por un si acaso!  Dame esa capa…, la capa y el cayado, que en busca de esa partera iré yo, yo mismo…, que la bestia bien puede con los dos! ¡Y déjate de nombrar al diablo, ni al grande ni al pequeño, que eso es peligroso, que igual se dan por invitados…!
           
Una hora después, con la partera presente, agua al fuego, y un haz de astillas de roble arrancadas de aquel alpendre del heno, como quien deshoja maíz, apareció la cabecita, negruzca, sucia, grasienta y sanguinolenta, de aquella criatura. Todo felizmente, que los diablos, ni el Mayor ni el Menor, se dieron por aludidos en aquella invocación del aparcero que tanto preocupara al inefable carlista. La partera, agradecida a Dios y a don Carlos, no se cansaba de alzar en la criatura, envuelta en un refajo de lana, tal y como si la estuviese consagrando en un altar.
           
-¡Bendito sea Dios que me proporcionó las ancas de ese caballo de don Carlos, pues, de lo que no, esta moza de la cabecita redonda mal se habría visto para asomar solita por esa cueva tan estrecha del monte de su madre! Las primerizas..., ¡ya sabe!
           
La parida, para entonces calmada y feliz, con esa felicidad que sólo las madres han gozado, ¡gozado y sufrido!, tuvo humor para chancearse:
           
-¡Ay, luego, si yo tuviese que parir una estrella, como le pasó a su madre, que en paz esté, entonces..., para San Cibrao!
           
La partera, Estrella da Faladoira, entre lo contenta y lo fatigada que se sentía, refregó sus manos y las acercó a la lumbre, secándose a la vez que se calentaba. Nada más dijo, salvo pedirle a don Carlos María que la devolviese de igual modo a su casa en Veiga, pues, aunque disminuyera la lluvia, los caminos quedaran fangosos, intransitables. ¡Ni por la cena esperó! Cierto es que las corredoiras, paralelas al río Azúmara, imponían respeto a los mismísimos lobos, pero aquella oportunidad de acogerse nuevamente a la cintura de un hidalgo también le sería deseable a tal momento, siquiera fuese para no sentirse tan viuda como de hecho estaba.
           
Tanta ventura hubo aquella noche en el caserío de las Cavozas que el propio don Carlos se quedó a cenar, y eso que ya era de madrugada, ¡con su propio casero! Tan algodonado se sentía, que ni que estuviese de alterne con sus colegas, con toda la hidalguía de Lugo. Eso sí, cuando estuvo de vuelta, después de llevar la partera, le prestó su caballo al casero para que fuese a Sarceda, a su pazo, con la buena nueva, para tranquilizar a su dueña, doña Pura, por culpa de aquella ausencia nocturna, inhabitual en él. A la luz de las astillas, que llegaba para verle la carita a la recién, en todo aquel tiempo don Carlos María no retiró sus ojos de aquel bulto de lana donde pusieron a la niña, pareciéndole imposible, algo irreal, o un tanto milagroso, que aquel baldragas de Calistro, tan despreocupado, ¡a su criterio!, en el cuidado de su ganado, ¡al tercio!, y de aquellos juncales de la riega azumareña, fuese el padre de un ángel perfectamente labrado. En eso don Carlos tenía la conciencia tranquila, pues él, en aquella ocasión, con aquella moza..., ¡ni de lejos!
           
Observando la placidez de la chiquilla, aquel pelito sedoso con el que nació, aquella sonrisa angélica, que ni lloraba a pesar de encontrarse en una cunita pulguienta y carcomida, envuelta, enfajada, en aquellos trapos raspones, de lino de la casa, con un cobertor basto, de lana, de igual procedencia, se le ocurrió al Señor de Sarceda que una niña tan grandota y tan bella debía chamarse..., ¡eso, Placeres!
           
-No le puede ser, mi Amo, y bien que lo siento, pero tenemos de compadre al casero de Ínsua..., ¡y su parienta se llama Alicia! –Balbució aquel hombre, aquel esclavo, viéndose apretujado entre el reconocimiento a su compadre y la devoción y sumisión debida al señor de las tierras; ¡de las leiras, de los prados, de las vacas, de los tojos de calentar el horno...!
           
Don Carlos, ultrajado en sus fueros, le dio un puñetazo bien sonoro a la mesa de levante, que a poco la parte en dos.
           
-¿Alicia..., esa de las piernas torcidas? ¡Ya se puede reír…! ¿Manuela, te conformas con la opinión de este lacazán, que sólo hizo una cosa bien hecha en toda su vida de mangante?
           
Para la primeriza, detrás del parto físico aquel dolor moral, o más que moral, feudal, fue dramático, atentatorio de sus derechos personales, íntimos. ¡Le mangoneaban a su hija incluso en el nombre de pías; en la palabra, en el nombre que nadie estaba llamado a pronunciar más veces que ella misma! Arguyó por donde pudo, y como pudo:
           
-¡Yo que le voy a decir, señor don Carlos María! A mí lo de Alicia me gustaba..., ¡que suena cariñoso! Y luego está esa cosa que le dice mi hombre... Mire, esos de Ínsua bien que nos ayudan para sacar adelante esta labranza, que fueron ellos los que vinieron para ordeñar sus vacas desde que me vieron incapaz de agacharme...; ¡con el peso de la criatura! ¿Sabe? En estas circunstancias, si usted no se opone...
           
El señor bufaba, ¡más que el pote de las papas! ¿Un Rancaño, desplazado...? ¡Ca; en absoluto: Por Dios, por la Patria y por El Rey!
           
-¿Que dices, mujer, o es que te marea la fiebre? ¿Quién os ayuda, quien os vale, sin obligación de ningún género, que me sobran caseros, desde Lugo a Fonsagrada? Mías son las leiras que os dan el centeno, el pan de cada día. ¡Se lo pedís a Dios, efectivamente, pero sale de mis tierras! –En aquel momento el hidalgo se acordó de que era propietario-consorte y trató de enmendarse: -¡Quiero decir, mías y de mi Pura! Así que, rapaces, en esto quedamos: Los padrinos de esta Placeres..., ¡por la gracia de Dios, nosotros! Para complacer a esa patituerta de Ínsua, a esa tal Alicia, ya estáis encargando, de seguida, dos o tres chiquillos más, ¡pero, varones! Uno detrás del otro, tan pronto os lo permitan las reglas, para dárselos a bautizar, ¡ya que tanta deuda tenéis con ella! Pensad en lo que va a ser de este caserío, sin hombres que lo trabajen... ¿Que, qué va a ser, qué va a pasar?
           
Vencidos y desarmados aquellos caseros, poco les faltó para besarle las espuelas, que por cierto eran de plata, de las criminales, de esas de cuatro puntas, de las que se hincan y ahondan en el vientre si el jinete llega a cabrearse. Habló la casera, y lo hizo de la única forma que le cumplía:
           
-¡Señor, que Dios se lo pague! Sin embargo, mírelo bien, señor don Carlos María, que con nosotros, lo que es con nosotros, usted no tiene obligaciones, ¡ninguna!
           
Rematado satisfactoriamente aquel pleito, el hidalgo, sin más, cogió a la niña en brazos y acercándose a la sella del agua, con la misma herrada de beber, y sin pararse a considerar la baja temperatura, le derramó por la cabeza un buen cacillo de aquella agua de la fuente, a medio congelar, con el ritual del socorro:

Mi niña Placeres,
con intención de bautizarte…,
más adelante…,
yo te bautizo desde ahora.
En el nombre del Padre, y del Hijo...

-¡Hecho queda, que esta mocita, con esta agua de socorro, aunque muera estos días, ya no baja al Limbo! Y luego que yo asumo las responsabilidades de su apadrinamiento. Tal y como ayudé a parirla, ayudaré a criarla, que de hoy en adelante con los estudios de esta cosita correrá su padrino, ¡yo mismo! Y tú, lacazán, que ni abres la boca para darme las gracias, desde mañana te quiero ver con otra disposición; ¡para las tierras y para el ganado! ¿Estamos, compadre? Venga, trae esa mano, ¿o no te enteras de que estamos haciendo un pacto?
           
El casero, obediente, y aún sin enterarse a fondo de lo que allí estaba pasando, comprimió sus riñones, cuanto le dieron de si los goznes, ya un tanto reumáticos de tanto regar en aquella pradería azumareña, de tanto perseguir los topos, de tanto apresar truchas para subírselas al Amo, de tantos y de tales sometimientos...

-¡Señor, usted mande, que todo eso se hará..., lo mejor que yo pueda y sepa!
           
Le aceptó el besamanos, pero debía quedar bien clara aquella especie de aforamiento personal.
           
-¡Que señor ni que nabos! Toma nota de que yo sigo siendo don, don Carlos María..., ¡que por algo soy carlista! Lucho por mí, por mis fueros…, para que nadie se me suba a las barbas! Pero de lo dicho, ¡trato hecho! Aquí tienes mi mano, aunque os llega, y sobra, con mi palabra..., de caballero! Bien, pues, con esto acordado, me voy, que mi Pura estará preocupada por la viruela de nuestro Darío, ¡que no se si en estos medios iría ese médico de Serés...! Cuando mejore Darío ya vendremos por aquí, Pura y yo; y de paso, llevamos la niña a la iglesia... ¡Qué digo a la iglesia, a la capilla de Sarceda, que oficiará mi hermano Domingo…! Placeres como esta no se bautizan en un monasterio friolento..., ¡que tal es el de San Cibrao!
           
Así fue, así pasó, tal cual, que así lo contaba aquel Casero, de nombre Celestino, aunque de celeste poco tuviese.
           
En aquellos bautizos, escasamente prodigados, del viejo hidalgo, los aciertos le venían de cuando su hijo, el primogénito: Mandara que lo nombrasen Darío porque leyera en algún libro de aquella biblioteca sarrienta de su pazo que el rey de los persas fuera un tal Darío, ¡un conquistador! Don Carlos María, en aquella ocasión, rememoró el concepto histórico y dedujo que un hijo suyo, portando ese nombramiento, igual casaba con la hija de un conde, o de un marqués, o duque..., y con tal motivo los de Sarceda volverían a su grandeza original, tal que en tiempos de los tátaras de su Pura, mayormente aquel Osorio, aquel cazador de osos, aquel que combatió en la Cueva de la Dona, en Covadonga, juntamente con el conde de Flammoso...
           
No paró ahí la anécdota de los nombres, pues, con el tiempo, algún esfuerzo y mucho sufrimiento de por medio, que vivir de limosnas poco vivir es, ¡aquella Placeres, aquella protegida de un hidalgo, llegó a Maestra! Por otra parte, como ya escaseaban las marquesas, por lo menos al alcance de aquel mayorazgo campesino, la Maestra-Ahijada llegó a ser nuera de don Carlos María... ¡Nuera de su propio padrino! En definitiva, con placeres, o sin ellos, el Pazo de Sarceda volvió a tener infancia.
           
Con respecto al “Padrino”, aquel que bautizaba con agua helada, tan pronto le mostró su nuera-ahijada aquel retoño, aquel rebrote de un injerto hidalgo, le advirtió seriamente que ya estaba bien de placeres onomásticos, y que su niña se llamaría Manuela, simplemente Manuela, igual, igualito que la abuela, aquella casera de las Cavozas, cada vez más encorvada de tanto portar y descargar haces de hierba, ¡precisamente para las vacas de su compadre-consuegro! Para el hidalgo aquello de “Manoliña” sonaba mexericas, redundante, empalagoso, plebeyo, pero...!
           
El patriarca, carlista irredento, faccioso por días de vida, no quedó muy satisfecho que digamos, ni del nombre ni del diminutivo de su nieta, y menos aún de que pasase el tiempo, meses, años..., y no hubiese trazas de un varón que transmitiese los apellidos! Nada, que nada le dijeron de por qué se agotaran aquellos vinculeros, pero el caso fue que doña Placeres, harta de placeres dolorosos, le dijo a su cónyuge, al “Darío Conquistador”, que aguantase sus crisis eróticas tal y como pudiese, tal que rezando credos, que los tiempos no estaban como para criar hijos propios y poner escuela para los del prójimo, simultáneamente, con una legua, diaria, de corredoiras!
           
Tiempos atípicos, en efecto, anacrónicos para nuestra hidalguía, pues comenzaba a asomar una generación un tanto rebelde, incluso de hijos de los caseros, que le perdían el respeto a sus terratenientes, prefiriendo pasar el charco, sobrenadar la Atlántida, atrochar las tinieblas del Mar Tenebroso, antes que decruar las chousas de Sarceda, ¡al quinto! En estas circunstancias, con estas ataduras, el nuevo cacique de Sarceda, don Darío de Rancaño, y media docena de apellidos, sucesor testamentario de aquel carlista baptizador, a falta de otras satisfacciones para sus apetencias y complejos, dio en presumir de amigos con mando en plaza; ¡en la de Lugo, obviamente! Eso sin contar con su firma, signatura y cátedra, de Juez de Paz en Castroverde, ¡que más pacífico que él, otro no lo encontraron! Lo malo del caso fue que las comilonas de aquella relación social tan cultivada se facturaron, siempre o casi que siempre, a nombre del heredero de Cas Rancaño, como ahora le llamaban, desde Corgo hasta Meira, pues aquello de “Casa Grande” a la nueva generación le sonaba..., ¡eso, demasiado grande! Y menos mal que retornó, a tiempo y en forma, aquel don Manuel, aquel de los hoteles turísticos del Venado..., ¡que si no tenía, no lograra, “don”, su din era indiscutible, contante y sonante!
           
Con esto y con todo, minucias fuera y obligaciones pagadas, la riega de Sarceda, en el propio nacimiento del río Azúmara, encabezando ese valle que separa al Mons Ciro del Monte de los Cubeiros, (Montecubeiro), era tan larga, tan larga y tan fértil, que, minorada y todo, el cubano salvó hierbas para doscientas vacas, cuatro toros (a los que allí llamaban bueyes, a pesar de que no les castraban), la yegua de las mujeres, el caballo de la parada..., ¡y también el contrario, (burro de parada), que en Sarceda siempre hubo un contrario!
           
Acostumbrado a dirigir hoteles, el tío Manuel, Manuel Rancaño, ¡de Osorio, de Moscoso..., y todo eso!, se puso a dirigir la vaquería de Sarceda con autoridad, poco menos que látigo en mano. Como decía este homo sapiens, este animal mecanizado, explicándoles a los vecinos su evolución cultural, ¡de tetas a ubres, la diferencia está en el sostén! Eso sí, con la colaboración de un ingeniero traído, decían, de Torrelavega, que era en aquel tiempo la mejor tierra de vacas pintas. El ingeniero le pergeñó, de inmediato, un paquete de construcciones principales, y  otro de edificaciones adjetivas, de las que presumía y no paraba: todo en rojo, en ladrillos de ocho..., ¡para que se viesen desde la carretera que va de Castroverde a Mosteiro! Para enmarcar las puertas y las ventanas, una greca de bloques prefabricados, imitando, sólo imitando, los linteles del pazo. La carpintería en aluminio vulgar, barato..., ¡como si en Sarceda careciesen de robles y de castaños! Para colmo de aquella ramplonería, ¡cubiertas de maléfica uralita!
           
Don Darío prefería las losas de la cantera de la Mouriña, y algo le apuntó al pagano a respecto de ellas, pero salió escaldado.
           
-¿Las vas a pagar tú, en por ti? Ahora no tenemos caseros que trabajen de balde, que suden en la cantera, que se avengan a los carretos, que enlosen de mañana por noche... ¡Estos vecinos, en holgazanes, ya pasan por delante de aquella negritud cubana!
           
-En ese caso, ¡haz lo que quieras!
           
Y tanto que lo hizo, que incluso derribaron el hórreo, y el palomar, ¡distintivos, con el ciprés y la capilla, de todo emplazamiento palaciego! Para manejar la piqueta no hubo pereza, ni pereza ni economía, que en esto los vecinos colaboraron satisfechos, ¡otros irmandiños!, posibilitando que aquellas cuadras repugnantes..., ¡también en lo estético!, quedasen a dos palmos de la capilla, tapándole un lateral. ¡Que Dios los bendiga, Amén!, fue la queja del curita, don Deogracias, tocado de santa ira pero inerte ante la fuerza cubana, ¡expresada en dólares!
           
Por su parte, aquel teórico de don Darío, éste con don pero sin din, tenía mejores ideas, pero, ante las circunstancias, poco pudo quejarse de aquellas vulgaridades enquistadas en el pazo de sus ilustres antepasados, limitándose a layar, más bien por lo bajo:
           
-¡Ay, Manuel, tu haz lo que quieras, que lo haces de tu propio bolsillo, pero, todo esto, la verdad, comparado con otras cosas que se están haciendo por los alrededores..., te son unas construcciones merdosas!
           
-¡Claro, como que son para la mierda de las vacas!
           
El cubano, por toda respuesta, metía la mano en el bolsillo y rugía con las monedas, poco menos que si estuviese dándole al badajo de la campana parroquial, pero un día, ante tamaña ignorancia del vinculero, tuvo a bien darle una lección, que por cierto fue definitiva:
           
-Estás equivocado, hermano, que el purín se recogerá ahí fuera, en un pozo enorme... Don Crespín, el ingeniero, le llama purín al zurro, ¿sabes?

-¿Purín, eso?
           
-Naturalmente, porque es puro de vaca, sin aditivos, sin estrumes de ninguna clase, que con ese zurro abonaremos las veigas; después de niveladas, claro. Aquí trabajaremos con grandes cubas cubanas, parecidas a las que tienen en los ingenios para recoger el zumo de la caña... Todo mecanizado, como hacen los gringos, que incluso le ponen gomas a su instrumento, que así no enferman con el flujo de las mulatas. ¿Entiendes?
           
¡Dios, cuanta sabiduría! –Fue el pensamiento íntimo del hermano Cura, que tal oyó, pero nada dijo, que aquello no era de su incumbencia.
           
En cuanto a la dueña, doña Placeres, maestra en la Escuela Nacional Mixta de O Pombal, de par del viejo convento, ella no se metía en nada; ¡aquel pazo, para ella, era prestado!
           
-Hermano, estuve matinando que ahora, con esto del purín, en lugar de topos tendremos típulas. Más es, ¡que no sé si será perjudicial para las truchas…! Acuérdate de que en esta casa siempre se comieron truchas del Azúmara, mayormente en Cuaresma..., ¡y a ti bien que te gustaban! ¿Estás dispuesto a pasar sin ellas?
           
Pero el cubano algo aprendiera de los gringos; algo, no, mucho:
           
-¡Economía, muchacho, que ya lo dijo Mr. Malthus! ¡Las truchas se compran, y la leche se vende! Aquí, en este país subdesarrollado, hay que poner negocios de vender, “estilo Holanda”, que así les llama el Ingeniero. Yo llegué a  rico  vendiéndoles a los gringos...; ¡de todo! ¿Querían ron? ¡Tomad ron! ¿Querían hembras? ¡Aquí tenéis, de las mejores, de las que no precisan un colchón, este hatajo de mulatas con las nalgas macizas! El labriego se empeña porque no tiene mercancía de la que precisa el mercado... Tratándose de vender, lo que sea..., ¡fuera el alma, que ahora ni el diablo las quiere! Siempre vender, siempre, que eso de empeñarse..., ¡ni empeñarse ni empreñar, que de eso siempre se pagan réditos! Mira si sé cómo trabaja la usura, que estas artes luego me dieron tanto beneficio como plata les saqué a los enamoramientos de aquellas hermanas de la caridad, ¡y no precisamente de la del Cobre! Si no llego a despertarlas, ellas se lo hacían a los gringos, ¡gratis datis! ¡Burras, ellas, todas ellas, pues un gringo sin plata es como un vaso de agua, auténtica sosería!
           
Sólo en una ocasión las tuvo gordas con el Arcipreste, que cuando volvió de predicar en una Misión que hubo allá en Mosteiro se encontró con la capilla del pazo llenita, hasta la misma ara, de sacos de patatas, repletos y bien cosidos, ¡para cuando viniese a por ellas el camión de aquel Pol de Vilafrío! ¡Y menos mal que no había santos, que aquellas imágenes de los siglos XV y XVI ya las vendiera Darío a pretexto de que les entrara la carcoma... En aquel rife-rafe venció el cura, que hasta maldijo en latín, así que, desde que le vaciaron la capilla, requirió albañiles, pintores, imagineros..., a costa del putero, claro!
           
Quien sufrió y calló, como siempre, según dicho queda, fue la maestra del Pombal, doña Placeres, que incluso le tapiaron, con las torretas de los silos, aquellas vistas que miraban cara a su Cavozas natal, donde aún vivían sus padres.
           
En cuanto a la niña, Manolita, esta padeció algo menos en aquella revolución capitalista, que la cogió en la Normal de Lugo, ¡normalizándose! Y de paso, suspirando por su cadete, por su Orlandito de la Olga, que se le fuera a la Escuela General Militar de Zaragoza, camino del Generalato, ¡para aprender a conquistar imperios! Buen camino, sí señor, ese del Imperio, máxime en aquellos tiempos en los que la milicia era una salida, una de las mejores, para engrandecer, de nuevo, a los hidalgos. El estraperlo ya pasara, y el boom de la construcción no llegara, así que..., ¡Zaragoza! Tanto se fomentó aquel elitismo castrense, aquellos compartimientos estancos, que incluso se les exigía a los oficiales que aportasen referencias, siempre sometidas a la Superioridad, con respecto a las virtudes, limpieza de sangre, etcétera, de todas y cada una de sus novias, de las aspirantes a boda. ¡Esto no es una novela, que en la Historia está! Pero en este caso concreto, esta armada tampoco fue invencible.
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De la tierra de los piornos a la de los arganes, o de Piornedo de los Ancares a los yermos de Ifni
           
¡Mi Teniente! Pienso que, por carta, y siendo desde tu Galicia, me dejarás llamarte así, que también tus soldados, ¡les estoy oyendo, que me lo trae este viento sureño!, te dicen, “¡Mi Teniente!”. Pero ellos, como no tienen confianza contigo, te lo dirán erguidos, cuadrados, sacando el pecho!
           
Hoy, aquí, en esta escuela de Piornedo de los Ancares, estamos ultimando el trimestre, y por ende, preparándonos para que cuando les hable de Belén, por Navidades, sepan y entiendan que hay otros mundos, otras tierras, otros continentes…  Refiriéndome a África, mostrándosela en el mapa, casi se me escapa, que estuve a punto de decírselo, que tengo por allá abajo un rapaz, un chico, ¡un Sidi, un Campeador!
           
No me creían que España tenga desiertos..., poblados! Y tampoco les fue fácil de entender que a ese Ifni, que según me dices trae su geonomástica de un santón que les enseñó la doctrina coránica, la de Muhammad, en lugar de “don”, o de “Señor”, le aseñoran de“Sidi”; y que ese beato, por llamarle de algún modo, está enterrado ahí mismo, en las mismísimas puertas del desierto, en un morabito blanco, al borde de un asif, que viene a ser un riachuelo, un regato, que casi no lleva agua pero que se hace invadeable en los torrenciales. También les hablé de una playa-embarcadero besada a diario, constantemente, por siete olas, haya o no temporal. ¿Derechos de autor? ¡Tú mismo, en tus cartas…!

¿Qué? ¿He entendido bien cómo es ese infierno que me espera? No, hombre, no, no te alarmes, que tampoco me alarmé yo con las descripciones que me has hecho en las tuyas: Contigo, de luna de miel..., a la luna que sea! Y luego está que algún día vendremos para Galicia, destinado a la VIII Región Militar.
           
A propósito de tus cartas: Ayer, que hizo mejor día, bajé a la feria, a San Román de Cervantes, y compré una cinta de seda para atarlas todas juntas, tal y como se merecen. ¿Qué haces tú con las mías, tal que con la presente? Espero que las tengas a buen resguardo, que dicen que los militares sois unos machistas impenitentes, y que os sentís gallitos mostrándoselas a los compañeros.
           
Esto de la feria me hace recordar que tuve una carta de mamá en la que me dice que el pasado día 7, como cayó en domingo, fue a la feria de Mosteiro, y estuvo con doña Marisa. ¡Dios, como se quieren, las dos, que siempre me habla de la tuya en los términos más encomiásticos! Hablaron de nosotros, ¡siempre lo hacen, supongo!, y me dice que está “impaciente” por verte cumplir esos dos años de destino forzoso ahí en África, que su esperanza está en que después de eso, con esos méritos, o puntos, o como se diga, consigas una vacante en la Capitanía de Coruña, para que no tengas que salir, nunca más, de nuestra tierra. Por mi parte eso de “impaciencia” es un término, un concepto, que no me lo enseñó la mía, que no quiere reconocer su existencia, así que, por mi parte, voy llevando estas ansias, esta espera, con bastante disimulo; ¡con el posible!
           
Como hace mucho frío, propio de la estación en estas latitudes por otra parte, aún no me he ido de este local, de la escuela; recelo salir, que se me hacen  temibles estos cien metros, con la nieve de una cuarta, así que, peor para ti, que te resultará excesiva esta carta, escrita a trozos. Pero tarde o temprano tendré que atrochar el fango para irme a la casa donde me hospedo. Ya te dije que en ella se está bien, bastante bien, que tienen el ganado cerca de las cambariñas… ¡Quien me diese, a tal momento, esos brazos tuyos, fortísimos, propios de un Marte, para que me transportases desde aquí, desde el local de la escuela a la casa de la posada!
           
En este mini edificio del Colegio atizo sin parar a una estufita que me pusieron, pero resulta insuficiente por minúscula. Es una especie de “salamandra” de hierro, que apenas caldea este ambiente. ¡Un “ambiente!” del diablo, sólo que en frío! Realmente quien me la puso fue el señor Alcalde de Cervantes, que resultó ser un amigote de mi padre, “colega” suyo en sus comilonas de Lugo. El caso es que me hizo un gran favor.
           
De leña proveen estos vecinos, los padres de los niños, que lo hacen con toda generosidad, aunque se queden ellos escasos. ¡Dios se lo pague! En particular el señor Clodio y su esposa, Elvira, los de la casa-palloza donde paro, son buenísimos, con esa sencillez, con esa naturalidad, propias de la gente que vive lejos de ese artificio al que llamamos civilización.
           
Desde aquí, desde mi mesa, en la que te estoy escribiendo..., ¡y ya  parece un testamento...!, percibo una estampa de Navidad hermosísima. Como nadie la retrata, que hoy estamos incomunicados, la voy a dibujar en esta carta, mi amor, que así la recibes con mis deseos, con los mejores…, a falta de un christmas!

           
Las pallozas están en un segundo plano, que aquí por delante, aquí mismo, con un camino de carro en medio, tenemos las paredes de la huerta de la señora Etelvina, ¡forradas en hiedra! Si nos fijamos un poco, donde solían estar los “couceiros”, los tallos de las coles, ahora vemos unas ringleras de enanos chepudos, todos ellos con sus capas blancas, blanquísimas, como almidonadas, que parecen estar hechas con lino del telar casero. Lo que les entreveo, que será por culpa de los pliegues de sus capas, son unas orejas enormes y verdosas, tan grandes, que semejan berzas. ¡Qué deformidades las de estos enanos, pero no me asustan porque son pacíficos, o más exactamente, inmovilistas!
           
Detrás de la línea de los paredones, se supone que en el lindero, en el arró, que dicen aquí, bracea una formación de capudres, (Sorbus aucuparia), y todos ellos rezando un rosario de cuentas encarnadas. ¿No serán abalorios de un collar…? Si esto fuese Lugo, yo opinaría que se trata de una mano de rubíes, de los de engarzar, enracimados y tirados al azar en los estantes de una joyería.
           
Ya en el último plano, en el general, al fondo del cuadro, en lontananza que dicen los poetas castellanos, tenemos la cima, la cumbre, de estas montañas enormes, monstruosas: el Mustallar y los Tres Obispos, que sólo se distinguen de los nublados ahora a la noche, que se abrió paso, no sé de qué forma, una ráfaga de sol; un sol amarillo, enfermizo, ictérico, propio de esta invernada.
           
(Voy cambiar de “péñola”, pues de tanto escribir, se desgajó esta, que es de corona, pero tengo reservas). De la casa-palloza de la señora Elvira a tal momento sale una humareda enorme, oscura, fantasmal. Eso significa que están atizando fuerte, y más bien con leña verde y húmeda. Tanto puede ser que lo hagan para derretir los chicharrones de la matanza, como que estén preparando un brasero para ofrecérselo al Niño Dios, ¡por si llega aterecido!  (Me parece que será para algo más prosaico, tal que para tenerle unas brasas a la Maestra…, que siempre les llega con la cabeza caliente y los pies congelados). Descarté eso del Niño Dios porque aquí no tienen bueyes que le echen vaharadas, ni mulas que le troceen la paja de su cunita. ¡Sólo tendría pastores, y para eso, éstos ya están convertidos, convertidos y bautizados!
           
Esta pluma parece que va algo mejor, así que seguiré contigo mientras me quede un chisco de luz en esta ventana… Mi querido Orlando, por veces me entran unas ganas atroces de escribir un libro; si, un libro, con mis pensamientos, con el corazón en la mano: Sería una especie de diario..., pero he decidido que lo mejor es anticipártelo, capítulo a capítulo, carta va y carta viene. Si te lo digo todo, ahora, sea en un libro o en cartas, ¿de qué hablaremos después, después de la boda?
           
¿Te acuerdas de que siempre nos entendimos bien, ya desde la infancia? Yo diría que a la perfección, sin casi hablarnos, con simples miradas. ¿Se dará en nuestras almas eso que dicen de la telepatía; tendremos, acaso, un hilo telepático, anímico, trenzado por nosotros mismos en nuestra inocencia, de tanto que llevamos jugueteado juntos, fuese en tu casa o en la mía? Tendré que preguntárselo al tío “Deogracias”, pues con tantos secretos de confesión igual le tienen confesado algo de eso, pero..., ¡no lo dice! Orlandiño, en serio: ¿tú sabes algo, crees en la telepatía?
           
Las tuyas, enrolladas según las tengo, como si fuesen pergaminos de una biblioteca, son para mí otra especie de libro, que lo voy titular, desde ya, “Memorias de un Teniente de Academia destinado en la colonia de Ifni”. ¡Ah, no, que ya sé que no se puede decir “colonia” sino Territorio, Territorio de Ifni, Territorio de Soberanía, que me lo tienes advertido, pero, ¡suena tan  falso, a mi corto entender...!
           
De propósito: Aún no sé cuando te corresponden esas vacaciones..., eso de la “colonial”. ¿Es posible que vengas este verano, cando me den el “punto”, o sea, el punto y la coma?
           
Ya se ve poco, pero aún tengo que pedirte un favor: Se trata de un recomendado del tío Mingos, que le tienes en ese Campamento “Ronson”, supongo que haciendo la instrucción. Aquí te va su nombre, en un papelito... Mi tío, ¡que pronto lo será tuyo!, me dijo esto, así, literalmente, que ya sabes que gozo de una memoria magnífica; para algunas cosas, excesiva: “... Muchacha, estate tranquila, que rezo por él, día a día, para que no le hagan daño los moros, que los quintos me dicen que no son de fiar”. A ver si lo entiendes, ¿quiénes no son de fiar, los moros o los quintos?
           
De aquí no paso, que ya tuve que encender la vela. Siempre tuya, aunque por ahora, sólo de pensamiento,
                                                                          Manolita


De los arganes a las palmeras




El hotel Madrid, en las Palmas de Gran Canaria, -(Plaza Cairasco. En su habitación núm. 3 durmieron los Franco, ¡y mi esposa y yo, también, pero en el año 1955!, en espera de que el bimotor Havilland D.H.89 Dragon Rapide llevase a don Hermenegildo a su Marruecos para incorporarse al Levantamiento; la mujer y la hija salieron el mismo día en un trasatlántico, pero rumbo a Inglaterra)-, que era por aquel entonces, y tradicionalmente, el predilecto de los militares. El mismo 18 de Julio, pero por la tarde, partió el ínclito con la lanza en ristre, dispuesto a redimir cristianos, aunque para ello tuviese que sacrificar diez millares de amigos, diez millares de moros. ¡Todo por la Patria, todo por Sbania!
           
           
-¿Orlando, amor, estás despierto?
           
Este carajo es un señorito de mucho nabo..., de los de Lugo! Con tal de hervirlo un poco, se le disuelven los...,  los grelos! ¡Manteca pura! De lo demás, ¡un fofo, que siempre está adormilado! Ayer, y para eso en la noche de bodas, cuatro minutos de danza, y ya cascó, como un huevo podrido!
           
El novio, aquel miles decepcionado y decepcionante, entonces acordó, pero lo hizo bruscamente, sobresaltado:
           
-¡Uih! ¿Que, qué pasa; tocaron diana?
           
¡Qué poca consideración! Esta catarata se parece al Capitán Valerio...; ¡dos acelerados, dos repelentes! ¿Igual quiere volver a las maniobras...?

-¡Lo que pasa lo dirás tu, rapaz! ¿Acaso tienes pesadillas?
           
¡Qué chulo es; a ver, a ver que me responde!
           
-¿Yo; yo, qué? ¡Pero, como...! ¿Pesadillas, yo?
           
¿Se me escaparía algo; habré hablado entre sueños, en alto...?
           
-¡Hombre, no sé; no lo sé! ¡Por las trazas...! Llevas dos horas dando vueltas, como si te hiciesen cosquillas..., y bien sabe Dios que estuve queda, más estirada que la estola del señor cura! Pero tú, en cambio, te enroscas en ti mismo..., ¡igual que  si fueses un erizo! Casi no me dejas sitio en esta camaza, ¡con lo grande que es!
           
¿Lo veis…?¡Este tío está acostumbrado a mandar, y quien manda, se desmanda!
           
-¿Sitio...? ¡Mujer, en una cama de estas, canaria, de matrimonio…; si somos bien avenidos tiene que sobrar la mitad! ¿Entonces, de que te quejas?
           
Lo que ella no dice, ni reconoce, es que tiene estas ancas ocuponas…, tal que una bestia de las mías, aquellas de la Olga..., ¡de mantenidas y holgadas que las tienen mis criados!
           
-¿Pero, hombre, de verdad que no te acuerdas de nada; nada, nada de nada...?
           
No sé si me pasaría, que su respuesta va ser echarme de la cama, a paso ligero...
           
-¿De qué tengo que acordarme, mi amor; qué estás tramando?
           
¡Pero qué recalcitrante es esta fulana, con el sueño que tengo! ¡Claro, conmigo hizo un buen negocio…, mientras yo traicionaba a mi Manolita! ¡Ella durmió feliz mientras yo pasaba la noche deglutiendo la bilis de mis remordimientos!
           
-¡Pues, luego..., no sé; no sé qué te pasó para que no dieses señales de vida..., en una noche tan señalada!
           
¡Estoy de suerte con este mono si ya en el primer día…, huevo goro; y encima de eso, disimula!
           
-Mujer, a mi no me pasa nada; tan sólo que estamos casados, atados con la misma cuerda…, ¡y no precisamente de sisal! Ayer, en el Casino, en nuestro banquete, he comido poco, que no me entraba la comida; seguro que fue por estar enojado de verte engullir, que luego parecías una serpiente... Después de eso, con el batido de ese avión de la Estafeta Militar, llegué con el estómago subido a la barbilla, que bien viste que ni casi cené. Pero ahora te voy a papar, enterita, ¡que ya es decir!, si no traen pronto ese almuerzo hotelero, ¡de la cocina a la suite! ¡Pero mira que estás bombón, un bombón duro, macizo...! ¡Ñam! ¡Venga, mujer, dame los buenos días, dame un abrazo...! ¡No, así no: con las cuatro...!
           
¡Cómo me voy poner de carne! De esto, mucho, a placer, que esta es bacon auténtico, todo hebra, que para sí lo quisiesen eses langranes de Inglaterra, eses larpeiros del Peñón... Estas sí que son magras; antes del almuerzo, al almuerzo...; ¡y después, también! En todo tiempo, en todo lugar, así sea detrás de un argán, que ya la tengo acostumbrada a las posturas más difíciles; ¡todas las del kamasutra, y nunca se quejó!
           
-Orlando, bruto, que no soy un fusil; no me aprietes de esta manera, que me lastimas... Vuelve al surco, que cambiaste de conversación para no decirme lo que te pasa. ¿O piensas que soy boba…?
           
En vista de que no le contestaba, se libró de sus abrazos y se sentó en la cama, con la almohada por respaldo:
           
-¿Cariño, si nada te pasa, por qué estás así, tan nervioso? ¡Aquí en Canarias no hay moros, no hay paccos!
           
Ahora me lo va a decir, se confesará conmigo; si, no, si….
           
-¿Nervioso, yo; yo, que acabo de ganar la primera de las batallas, conquistando esta isla, rodeada de sábanas por todas partes...? ¡Voy a tomar posesión de este imperio de nalgas! ¡Cleopatra...; eso, pareces una Cleopatra..., en lo de nariguda, sólo que tienes la culera de cuatro egipcias!
           
¡Ya, ya; si, mujer; quien te lo diera; quien te diese su inteligencia, su belleza, su sensibilidad..., que sólo tenéis en común vuestra especialidad en animar las mingas, por imperiales que sean!
           
-¡Hombre, está bien! ¿Así que te acostaste..., con tres? ¡Ahora resulta que yo soy Cleopatra; y de noche, esta misma noche, pasé de Felisa a Manuela! ¡Una Manuela debajo de mi sabanela! ¡Tres a la vez, en la misma cama! –Felisa quiso reírse de su propia broma pero fue en vano, que no le salió, pues aquel incidente le daba más bien para llorar, para desesperarse de celos.
           
¡Toma esta indirecta, y ya que no te aclaras, ya que no te sinceras, vete a tomar…, aire fresco...!
           
Cogió a su galán con la guardia baja, que incluso se aturulló:
           
-¿Cómo; de que hablas, qué sabes tú de esa tal..., Manuela?
           
Nada más decirlo, Orlando se arrepintió, tal que Adán con aquello de la manzana; pero Felisa a lo suyo, insistente, intrigada, pelma:
           
-Por veces decías Manolita... ¿Quién es esa Manuela de tus sueños; o me vas a negar lo que yo misma escuché? ¡Bien despierta que estaba a tal momento...!
           
Su intención era abobarle, si tal pudiese:
           
¡De esta te pongo a parir, yo, yo misma..., caja de secretos, machista indecente!
           
-¿Manuela, Manolita...; eso dije? ¡Ah, sí, ya recuerdo! Mira, Felisiña, si tuvieses algo de cultura sabrías que el sueño de la razón engendra monstruos... Pero eso no tiene importancia. ¿Sabes de qué va la cosa…? Se trata de una gatita que tuve de niño, en el pazo, en nuestro pazo de la Olga. ¡Lo que son las lembranzas de la infancia, que un goce no borra los otros! –Se evadió, cómo y por donde pudo, echándole a la cosa una pizca de imaginación. -Lo cierto es que a nuestra gata le llamábamos “Casilda”, por lo casera que salió, siempre en el hogar, y dándole al rabo... ¡Aquella era una gata, pero tú eres…, una lagarta!
           
-¡Entonces tu eres parvo...! Mira que pasar media noche, ¡media noche de bodas!, en semejante hotel, con lo que aquí cobran, repitiendo en sueños: “Manolita, por Dios, perdóname!”. ¡A quien se le cuente…! Este hombracho, cavilando en su gata... ¡Qué cosas; razonas y funcionas como un niño!
           
¡Eso, qué cosas tiene! ¡Le hablé tal y como se merece, por chulito, que conmigo siempre está de guasa...!
           
-¡Ah! ¿Eso dije, y en alto, en voz alta, de forma inteligible? ¡Pues, no; no me acuerdo de eso, de eso que dices que soñé..., en alto!
           
¡Puñetera, que vas a salir más observadora de lo que había previsto! Cierto es que pasé media noche dándole vueltas a mi conciencia, evocando aquella maestrita, aquel amor infantil, aquella niñita de los calcetines...; ¡y tanto me he desvelado, que por algo estoy, a tal momento, borracho de sueño!
           
-Sí, hombre, sí, que eso fue lo único que te he entendido, a pesar de lo mucho que murmuraste; tanto, que incluso he cogido miedo, que nunca oyera de nadie así, con pesadillas, que siempre se me dijo que eso era cosa, enfermedad, de los niños; ¡es decir, una fantasía infantil!

¿Qué me cogiste miedo...? ¡Miedo te lo tengo yo, por si rascas en el fondo de mis heridas...! 
           
Se sobresaltó, y mucho, aquel miles fanfarrón, aquel aprendiz de héroe destinado en África, en la propia forja del mando, del alto mando, pero lo que manifestó, o lo que exteriorizó, fue exactamente esto:
           
-¿Felisiña, y no..., no he roncado, a la vez? ¡Debió ser con la emoción, con los nervios del casamiento, con la paliza de este viaje en ese Junker de la Estafeta Militar, con esta felicidad que talmente me emborracha...! Por algo dicen que la mujer, como la maleta, aguanta todo lo que le meten!
           
Pero el diablo seguía soplándole al novio, avivando lo más íntimo de sus rescoldos, además de inyectarle aquellas procacidades machistas:
           
¡Mal empezamos, Felisona, que vaya doble vida la que me espera, que si tengo algún equívoco, alguna contradicción, algún ligue fortuito, y después sueño con eso, tal que en voz alta, en la cama..., jodido voy! Lo tendré que consultar con el médico, por si soy sonámbulo..., ¡y yo sin saberlo!
           
-¡No; eso, no; aquí no roncaste..., que sólo eso te faltaba! –Aunque roncase un poco, aquella novia, aquella esposa, francota y algo bruta, era suficientemente discreta como para non decírselo, para no afearle.
           
Ronques o no, contigo me siento en el Cielo, que ahora soy “Tenienta”, tenienta consorte, ¡y sin pasar por Zaragoza!
           
Para el teniente, ¡para un teniente de Academia!, cumplía maniobrar con tino, mostrar una diversión estratégica, desorientar al enemigo, hacerse respetar:
           
-Mujer, después de todo, sueñe o no en voz alta, buena suerte tuviste conmigo... ¡Más de la que tuvo aquella gatita cuando le pisé el rabo, y bien que la lastimé, supongo!
¡Qué si la dañé; cuando ella lo sepa...! ¡Dios, cuánto va llorar mi Manolita! Ni me atrevo a imaginar las escenas: la suya propia, la de mi madre, la de sus parientes…, allí, en el pazo de Sarceda..., ¡que igual se hunde, con lo sensible que es, y se casará con otro, con cualquier badulaque, sin pensarlo, sin amor…, sólo por despecho!
           
Felisa, desde su ingenuidad y harta de aquella conversación, de aquellos incidentes matrimoniales, apostó por la paz, por la concordia:
           
-¿Entonces, de veras, soñaste..., eso, eso de la gata? ¡Mi bien, pero qué bueno eres, buenísimo; cuanto te quiero! Eres tan bueno, que sigues pidiéndole perdón a una minina..., ¡en tu noche de bodas! Rapaz, contigo me tocó la lotería...; ¡siempre te lo agradeceré! –En esta ocasión dijo lo mismo que pensaba, tal cual; ¡de momento triunfara su ángel, el bueno!
           
-¡Tocó, mujer, tocó; la de los ciegos, la más fácil de todas!
           
No lo sabes bien, querida lercha, pero yo, en trueque de estas nalgas, de estas carnes a granel, he perdido una hembra fuera de serie, de las de concurso; una hembra que era, ¡que es!, todo sal, espíritu, discreción, simpatía...; ¡con una cintura de avispa! Y a mayores de eso, en mi tierra, en mi propia comarca: aquel pazo, la casona de Sarceda…; una propiedad extensa, preciosa, de gran nombradía..., ¡que tanto la lleva codiciado mi madre para su ilustre hijo! Con la propiedad, vendría la chica; y con la chica, la propiedad. Soy un militar derrotado..., ¡en la más íntima de las batallas!
           
Un poco después:
           
-Felisa, ya está bien de juegos, que me tienes agotado. Va resultar que salí del campamento..., para entrar de maniobras! Me vestiré, que aún no nos subieron la prensa, según les encargué...
           
-Sería porque pusiste en la puerta ese cartel que dice, “No disturb”. ¿Qué quiere decir, que no nos distraigan...? ¡Siempre pensé que los canarios hablaban en castellano...!
           
-¡Hablan de todo..., menos portugués, que en eso les ganas tú, tú misma! Mira, bajo a buscar el periódico, y de paso, desayuno, que ya lo preciso. ¿Qué digo que te suban, que te apetece?
           
El novio precisaba aquella interrupción, aquel respiro, ante aquella novia insaciable, posesiva, forzuda. Se aconsejó a sí mismo:
           
¡Huye, teniente, huye, que una retirada a tiempo es una victoria, y en esta cama tu enemigo está practicando una táctica algo bruta, de desgaste; físico, pero también moral, que voy quedar por impotente…!
           
Felisa, por su parte, una inocente en aquel cocimiento, entendiendo la vida a su manera:
           
-¡Ni lo sé! Por tomar algo, quiero una taza de chocolate…, espesito y con churros. También un zumo...; ¡mejor, de piña, que oí decir que aquí lo ponen exquisito!
           
-Sí, monada, mi sol sahariano; ahora mismo te lo suben.
           
Antes de salir de la habitación bien que se rió de su Felisa, ahora legal y canónicamente suya, pero lo hizo por dentro, en aquellas lucubraciones de su cerebro atormentado.
           
Con tu roznar de mona gruñona, mejor te sentaría una piña de las otras..., de plátanos! ¿No si, monada, ya que estamos en Canarias...?
           
En aquella jornada no hubo otros incidentes dignos de mención. Orlando llevó a “su” Felisa en un taxi a la Caldera de Bandama mostrándole un cráter volcánico extinto, cosa que le hizo poca gracia.
           
-Siempre he oído decir que los diablos echan lumbre por la boca, igual que un volcán. En este caso, si un volcán se apaga, el diablo también puede redimirse..., ¿no si? ¡Tendré que preguntárselo al Páter!
           
-Pregunta, mujer, pregunta, pero hazlo cuando yo no esté presente, que de mi esposa sólo tengo derecho a reírme yo, yo mismo! Por lo menos, díselo en confesión, para que..., ¡para que no pueda comentar en público tu ignorancia!
           
-¡Está bien! En este caso, no me enseñes nada más, nada que sea novedad para mí, que así sólo podré hablar de lo que entiendo.
           
Tan de acuerdo estuvieron que a la vuelta, en otro taxi, Orlando se dedicó a leer folletos turísticos, y “su” Felisa no quitó los ojos del paisaje palmero, encantada con aquellas novedades, con aquella naturaleza, tan diferentes de su Verín y de su Ifni, que eran las localidades que mejor conocía. Se apearon en Viera y Clavijo, donde el novio la llevó a una joyería para mercarle un collar de perlas cultivadas.
           
-Estas no son de la categoría de las que suele llevar la señora del Caudillo, ¡pero cómo ni yo soy don Francisco, ni tú doña Carmen...!
           
-¡Vaya, menos mal que te entró la humildad, que ya te veías de faja, y para eso, de mozo, antes de engordar!
           
-Toma buena nota de lo que te voy a decir: Dios mediante, llegaré a general, ¡con fajín, que no faja!, y tú serás mi dueña y señora…, ¡si es que te dispones a culturizarte!
           
-¿Qué quieres decir, que si no voy a la escuela, mayormente a la tuya, me vas a dar la papela, como hacen los moros? En ese caso va ser mejor que pidas traslado para una ciudad grande, que a mí, con aquel señorío del Casino, me dará corte que sepan que me pones una maestra para educarme!
           
-Mujer, ¿a qué viene eso?
           
-De sobra lo sabes: ¿no me tienes dicho que un tal Salmerón, uno que fue Presidente de la Primera República, le puso una maestra a la nuera, que era la propia criada, una moza de tu tierra, casada con Nicolás Salmerón hijo, que era un listorro, periodista, abogado, boticario, y no sé qué más; y que lo hizo, que la mandó educar, para poder presentarla en Madrid y en París? Pues, si tanto te avergüenzo, la cosa está fácil: ¡Mándame a la escuela; o déjame aquí…, hasta que me pongan presentable!
           
En la segunda noche no hubo maniobras, que en ese día la luna se puso de cuernos, ¡menguantes! Durmieron mejor que el primero pues Orlando no abrió la boca, y Felisa, con el temor de enfadarle, se privó de todo tipo de provocaciones. Aburrido e incómodo por aquel silencio, que él tampoco hizo nada por quebrarlo, temeroso de que la recién casada se pusiese a sondearle, a hurgarle en la conciencia, se decidió, de nuevo, a almorzar en la barra de la cafetería.
           
-¡Buenos días, teniente! ¿Que manda...?
           
El miles, sorprendido por aquel tratamiento, a la vez que halagado:
           
-¿Cómo sabes que soy teniente..., si llegué y ando de paisano, hoy igual que ayer?
           
-¡Pues..., porque le trajeron este sobre, de ahí, de la Representación de los Tiradores de Ifni! Aquí pone: “Para entregar en propia mano al Teniente Neira”. El soldado me dijo que dentro de ese sobre viene una carta, en otro sobre, y que lo recibieron hoy mismo, en la Estafeta, pero que le llegó a usted ayer, a Sidi Ifni, en el correo ordinario, desde que ya salieran ustedes... ¡Esto es lo que entendí!
           
-Y, ese soldado..., ¿por qué no subió para dármela en propia mano..., por si tengo que responder?
           
-La verdad, señor, es que no me he atrevido..., ¡como siguen con ese cartelito de no molestar...!
           
-¿Dónde, dónde me siento?
           
-Puede pasar al reservado de las reuniones, que ahí hay papel, y también sobres del hotel..., ¡para eso, por si tiene algo que responder!
           
-...
           
Rasgó y leyó. ¡Aquellas nuevas eran viejas! Viejas, atrasadas, tardías, pero..., ¡terribles!
...
           
¡Lo que me faltaba a tal momento: esta carta de la maestrita del Piornedo! Esto de que los militares tengamos que ir dejando nuestras señas, ciertamente es un peligro, de los grandes. ¡Y menos mal que se me ocurrió bajar a la cafetería…! Le voy a contestar, y desde aquí mismo, ya, pero, ¿cómo le digo el motivo de escribir en papel timbrado, de este hotel?
           
-Camarero, no tendrás papel, y sobres, que no sean..., eso, timbrados?
           
-Se los puedo traer del quiosco de la esquina... ¡Cuestión de dos minutos!
...
           
Manolita, mi sol: ¡Se me pasó felicitarte por Navidades, pero, total, aún estamos en el Año Viejo! Verás por el sello que esta carta va cuñada en Canarias... Se trata de que he venido, ida por vuelta, en la Estafeta, para conducir un moro de Tiradores que nos conviene desterrar, mandarle lejos, pero por Canarias, porque...; ¡ya te lo diré en persona!
           
(¡Dios, que inventada más estúpida, pero, cómo le digo que estoy de luna de miel?)
           
En la paramera de Ifni, como non tenemos nevadas, nada externo invita a nuestras celebraciones tradicionales, tan hogareñas que son en nuestra tierra. Aquí no tenemos nieve, ni filloas, ni rapazas hermosas que canten los Reyes..., pero es buena cosa tener una santita, aunque sea a distancia, a dos mil kilómetros en el mapa, ahí arriba, cerca del cielo, pongo por caso en esas cumbres de los Ancares... Una santa que, como tal, sepa perdonar los extravíos, los extravíos y también las omisiones de este infiel, ¡que para más inri vive en un Territorio de infieles!
           
Precisamente, como tú eres un ángel...
           
(Me pregunto, de propósito, ¿es cierto que hay ángeles hembras? ¡Seguro que sí; casi todos! Pues, en este caso, no lo quisiera, ¡que no es correcto engañar a los ángeles!)
           
No, mujer, no puedo consentir que le estés guardando las ausencias, en lo mejor de tu vida, en esta edad de merecer, a este aventurero, a un tarambana como yo. ¡En serio! Así que es mejor, es necesario, que de aquí en adelante me consideres un amigo, sólo un amigo, pero..., de los buenos!
           
Tendré que bajar mis ojos, mis ojos golfantes, a una chica más…, más vulgar, de mi estilo...; ¡más terrenal! Últimamente, y por eso me franqueo hoy, anduve cavilando, discurriendo, que no es justo que tengas por novio, ¡tú, un ángel!, a este tarambana prosaico: un golfo trotamundos, un donjuán vulgarote, de los de tercera. ¡Soy de los Neiras, es cierto..., pero sólo de apellidos! Además, es probable que tarde en ir por ahí, pues ando particularmente atareado, de maniobras que se dice, metido en cierta operación, oficial pero secreta..., ¡inevitable, típica, propia de este Territorio, de sus usos y de sus costumbres!
           
No me hace gracia tener que decírtelo por carta, pero te debo esta franqueza, siquiera sea por un mínimo de nobleza, ¡si es que aún me queda algo de aquellos ilustres de la Olga! Cualquier día, uno de estos, me casaré; acaso con una muchacha de las que andan por aquí... ¡De chacha, no, de cuñada, que para el caso igual da, un empate!
           
Manolita, encanto, te quiero mucho, muchísimo; ni sabes cuánto, pero sólo como amigo, como compañero de juegos de la infancia, que de adultos son otros los juegos; amigos hijos de amigos, de amigos entrañables, que otra cosa no sería propia, tanto para ti como para mí. Con sinceridad, permíteme insistir: no soy el tipo que te mereces, y si alguna vez he sido ángel, hoy..., ¡cataplum, caído! Me eché, o me echaron, al mundo, con demasiado mimo, ¡y así me fue!
           
No te enfades, mujer, que los calaveras desleales, tal que yo, no armonizan con los ángeles; ¡no podemos compartir yugo contigo, con tu sensibilidad!

                                                                                  Orlando

           
Plegó y encoló; pidió sellos y se la encomendó, con una esplendida propina, al mismo camarero que le trajera el papel, pero sin levantar los ojos, quedándose en la mesa con un periódico entreabierto, en el que sólo vio, o leyó, su propio pensamiento:
           
Con algo de suerte, y con lo guapa que es, esa niña me olvidará, espero que en breve, así que, con esta carta mentirosa, trapacera, evasiva, alivio mi conciencia, o lo intento, que bien noto que se me da mejor hacerlas que explicarlas!
           
¡Pero mira que me tentó el diablo en esto de soñar contigo, Manolita, precisamente ayer, con la tuya de camino, en la mismísima noche de bodas..., y eso que la luna estaba menguando!
           
Le puse que soy un donjuán, evocando aquel burlador que las olvidaba al momento..., ¡pero eso es una mentira monstruosa, otra, que nunca se me quitará de la memoria esa vieja prometida, mañana por noche, por días de vida!
           
-Camarero, trae..., tráeme..., eso, un zumo de naranjas, que lo tomo aquí, aquí mismo. Por cierto, ¿le llevaste el desayuno a mi esposa?
           
-No, señor, que usted nada me dijo; ¿qué le subo, que prefiere?
           
-¡Lo mismo que ayer, y rápido, sobre la marcha, que igual te reengancho! Ya reparé que aún no te creció el pelo, así que, ¡o estás de permiso, o es que te licenciaron estos días!
           
-Señor..., teniente, no se meta conmigo, que ya tengo la licencia. Me trajo para aquí, para este empleo, un cabo furriel, de mi quinta, que estuvo en la Policía de Ifni, y que es de la familia del patrón…
           
Como le notaba ciertas ínfulas al oficial, se permitió matizarle:
           
-Teniente, aquí, ahora, los clientes, todos, sin excepción, ¡y mire que hay gente de categoría en este hotel!, me piden las cosas de favor. Además de pedir, pagan, o se lo apunto para cobrar con la factura del hotel, que aquí no le es el caso de sus cantinas..., ¡que pagan cuando quieren y como les peta! No, no se enfade, que ya le veo el ceño, pero las cosas en este mundo son así, por tandas!
           
A Orlando, con sus dos estrellas y con sus nobles apellidos, sólo le cupo apretar los puños haciendo que colocaba los broches de sus bocamangas. ¿Por qué existirían esas libertades a las que llaman vida civil...?, se preguntó.
           
-¡Rapaz, sobre la marcha, pero, ya que luego, por favor! –Subrayó con ironía cáustica. –Más te digo, que la mía no es de esas que piden: ¡ella ordena, ordena y manda, así sea por lo civil! Súbele ese tazón de chocolate, con churros o con porras, ¡lo que tengas! ¡Un montón, que ella papa más que un recluta! A mayores, un zumo, pero que sea de piña. ¡Y a ver si te da propina, como hice yo!
           
Ausente el camarero, Orlando, con el periódico de nuevo ante sus ojos, pero sin leerlo, volvió a concentrarse en sus meditaciones, en aquellos pensamientos intra, secretos pero mal disimulados:
           
¡Vaya almuerzo, de lo más inesperado; horrible, mismo de hiel..., después de estas palabras mimosas, cordiales, poéticas, de mi Manolita! ¿Dios, por qué será tan angelical esa mocita de Sarceda, criada entre dos montañas, que me hace tan difícil, tan tortuoso, incluso aflictivo, este atolladero en el que me metió, o en el que entré yo mismo, llevado por esa estupidez a la que llaman libre albedrío, que me proporcionó una caída libre;  eso sí, en las tentaciones carnales de esta Dalila, de esta calentorra a la que llaman Felisa, que no es precisamente un sinónimo de Feliz?
           
Acabo de casarme y ya me siento arrepentido; ¡si, terriblemente! Dios, contéstame: ¿por qué cambiaría, torpe de mi, aquella sonrisa, aquella elegancia natural, aquella ingenuidad, dulce, encantadora; aquel porte distinguido..., de una maestrita que tal parece una creación angélica, una Inmaculada de las de Murillo, frente a las nalgas, crasas, pero duras y viciosas, de esta integral, fifty-fifty harina y salvado, confundible con un caballo velazqueño?
           
¿Cómo es posible sentir, padecer, este arrepentimiento tan rotundo, mismo trágico, por un vínculo indisoluble, al segundo día de un casorio? ¿Cómo diablos tendré que hacer para controlar esta situación, estas vicisitudes, esta circunstancia anímica, estúpida y torturadora? ¡En definitiva, irreversible! Me he metido en un dilema hamletiano, en una disyuntiva imposible, en un paradigma, negativo donde los haya, en un ser o no ser sincrónicos, simultáneos, aberrantes..., ¡y para eso, bajo juramento! ¡Dios haga que se estrelle el avión que nos lleve de aquí a Santiago…! ¡Amén!
           
En aquella habitación de la gran balconada, con nombre madrileño pero del más puro estilo canario, caoba por todas partes, Felisa medía, a grandes zancadas, todas las posibles distancias, antojándosele una auténtica jaula de canarios. ¡Como le gustaría saber cantar para mitigar aquella soledad inesperada!
           
-¡Vaya, ya está aquí el rápido de Bouzas! ¿Puede saberse dónde coño te metiste...; media mañana para tomar la parva? ¡No te llego yo..., y te fuiste de pesca! ¡Menudo novio este que me encontré aquel mal día, en un mal baile de la Casa de España...!
           
Orlando no le respondió hasta después de ducharse, ¡por segunda vez!, buscando en el frío de aquella agua salitrosa un calmante para sus nervios saltarines:
           
-¿Que decías…? ¡Ah, sí; que si me he metido en algún coño...! Va resultar que la procaz eres tú, tú misma! No, mujer, por ahora, en ninguno, salvo que me des motivo con tus celos estúpidos. Estuve…, ahí abajo, hablando con un Camarero, que casualmente acaba de llegar, con la licencia en la mano... Y leyendo periódicos, con olor a tinta de imprenta, que ya sabes que a Ifni nos llegan en lata, empaquetados, de varios días… En cuanto a ti, vulgarota que no garota, ya podías hacer otro tanto… Un oficial debe estar al corriente de lo que pasa en el mundo..., ¡que algún día puedo llegar a mucho, tal que a Agregado Militar de una embajada…!  Y por lo que a ti se refiere, si vuelves a usar ese taco tan..., basto, tan arrayano, en ese caso..., ¡te hago dormir debajo de la cama, tal que hacía yo con mi can de palleiro, con el Sultán!
           
Se le sublevaban todos: el camarero, la esposa... Felisa, convertida en una dama del Casino, ¡la élite ifneña!, en aquella suite del Hotel Madrid se sentía insignificante, dolida en sus interioridades. Una novia relativizada, que se veía, que se sentía, en soledad, al segundo día:
           
-¡Me tienes, aquí arriba, hecha una maleta, como escondida en el desván; sola, olvidada en esta habitación tan grande que me apabulla! ¿Aprendiste de los moros a esconder tu mujera...? En este caso tendré que comprarme un velo..., ¡para que no me vean la cara!
           
Orlando, acorralado, consideró que, por lo menos, las formas debía guardarlas, ¡siquiera fuese por propia dignidad!
           
-Mi bien, sólo me entretuve un rato; si, ahí abajo, con el Camarero...; y después leyendo esos periódicos...; otro placer, que ya te dije que puedo llegar a ser el agregado militar de una embajada! ¡Lo felices que nos haría eso; a ti también!
           
¿Otro placer, dije? Pues no; no estuve afortunado en la expresión, pero lo que es esta tía..., ni de esto se percata!
           
Pero la “tía”, que si no estaba sobrada de preparación, por lo menos disponía de un sexto sentido, de una inteligencia aceptable, no se dio por satisfecha:
           
-¿Orlandito, un rato…? ¡Me dijeras que subirías ese diario, la prensa, para aquí, para esta habitación, para leerlo “a mi vera”, como dicen los andaluces! Por Dios te lo pido, una  vez más, no seas mentiroso, ni de broma, que si algo odio son las mentiras..., ¡que estoy harta de mentirles a los carabineros de la raya portuguesa!
           
No sabía ella que lidiar con un hidalgo, por distante que estuviese de sus ancestros feudales, y máxime en la Gallaecia, que proceden todos, o casi todos, de aquellos mayordomos infieles, de aquellos segundones que quedaron al frente de las heredades cuando los nobles-nobles se fueron para Castilla, tras las sayas de la reina Isabel, es más difícil que verse con un mihura en la plaza de Linares. Por algo no le quisieron, Encarnita Martínez, la hija del fotógrafo, ni la “Reina del Zoco”, todo un monumento, ni las guapas del Hotel Suerte Loca, ni tantas otras, cuñadas o no, pues aquel “Mihura” ya salió del avión como quien sale del toril, dispuesto a cornear aquellas “missis” de Sidi Ifni.
           
-¿Quien, yo? –Enfatizó con ironía. -¡Rula, yo te soy más cierto que..., que el Gaiteiro de Lugo! Y luego que estar aquí, contigo, en esta suite del Madrid, casi es como estar en la gloria. ¿No te acuerdas de lo que nos dijo ese mozo de los recados, el de las maletas, cuando subió las nuestras, que estamos en la misma habitación del Caudillo, en la que ocupó Franco en el 36, cuando se fue desde aquí para coger aquella avioneta con la que se dio una vuelta por encima de Tetuán... Como buen gallego, lo hizo de lejos, para ver si sus vecinos sacaran el ganado a pastar, para comprobar si ya estaban sublevados..., ¡pero todos, que en eso de astuto no hay gallego que le gane, ni siquiera los de Verín! ¿Te enteras? ¡Por tener, tenemos una suite histórica...!
           
Para ella, a tal momento, con aquella desazón que le estaba entrando, lo de menos eran las maravillas de su habitación, ¡asignada, que no gozada!
           
-Orlandiño, déjate de guasas y rematemos con esto, que si no fuese por la mañana, con lo que tardaste, yo tendría que pensar que visitaras, por ahí..., ¡no sé, a las cantineras del puerto!
           
-Felisa, esas bromas de mal gusto..., ¡no te las consiento, ni en broma! ¿Estamos? Si llegas a ser un soldado, te rapaba al cero!
           
¡Claro que se las consiento, eso y más aún, que más indigno que yo no hay otro, y luego que me tiene vencido, con la bandera blanca, con esta de las sábanas!
           
El carácter de ella, a pesar de aquella melancolía intuitiva, y de aquella fragilidad circunstancial en la que se sentía, estaba más entero que el interior de Orlando, cubierto, oculto, con una máscara intimidatoria.
           
-¡Rapaz, pues yo, tampoco, que encima de no darme una explicación satisfactoria..., y formal..., de esa tardanza, vienes de mal talante! ¡Tengo para mí que así no se empieza un matrimonio, que se supone que va durar tanto como dure el pellejo de los contrayentes!
           
El resto lo dijo de labios para adentro:
           
Si este carota desea acostumbrarme al papel habitual de un esclavo, de un asistente..., ¡va de culo, que no le pienso seguir el juego!
           
-¡Venga, mujer, o más exactamente, mujerona, mi adorable mujerona, para ya con esas artimañas, y vístete, que volvemos a la Caldera de Bandama, y desde allí, a Gando, y a Maspalomas...; alrededor de la isla, y comemos por allá, donde se nos tercie, en el mejor restaurante que encontremos. ¿Te vale así; te desenfurruñas con esto?
           
Al miles, a contrahílo, le vino otro arroto, otro acuerdo, como no podía ser menos con aquellos asirocamientos que cogiera en Ifni. Detrás de la cruz siempre anduvo el diablo, que es la atalaya de los cobardes, el refugio de los que pasaron de la luz a la sombra, tal que Lucifer. Detrás de la iglesia de Santa Cruz, junto al faro viejo, en el acantilado, la herejía, la caída abismal. En las tierras de Sidi Ifni, en aquellos yermos del infiel, acariciadas de cuando en vez por el siroco y por las plagas de la langosta, ¿qué otro maligno podía soplar? En Orlando aquellos remordimientos extemporáneos, aquellos desencantos inmediatos; y por lo que hace a Felisa, allende de su justillo, recelos, desencantos, dudas... El macho, por consiguiente, bravío, sufriendo por sus propias excentricidades:
           
Conmigo no te pongas rufa, Felisona, que igual te caes en esa Caldera del Bandama, en un aparente descuido, que cuñadas así, potables como tú, quedan cuatro docenas en ese Ifni de las chumberas, ¡que es lo único que tiene, tetas y chumberas!
           
Esto además de mi Manolita, que la tengo en reserva, que incluso la tuve que mentir, y precisamente por tu culpa, chapona insaciable, talco absorbente..., ¡más que una mora de aquellas del burdel! ¿Mentirle a mi Manolita, yo, por culpa tuya...? ¡Más aún, que más hice: mentirle a mi propia madre, que le tengo que escribir, hoy, hoy mismo, sin falta, que no lo sepa por su colega del pazo de Sarceda...! ¡Y a ver que le digo, que esa hidalga es capaz de desheredarme, de hacerles un simulacro de venta a sus sobrinos...!
           
¡Orlando, Orlandiño, que es como ellas me llaman, mírate en este espejo de tus cobardías..., que si fueses valiente, te pegabas un tiro, antes hoy que mañana! ¿Hidalgo y teniente, teniente y calavera..., calavera y cobarde? ¡Sólo un cobarde de mi clase y casta es capaz de casarse sin decírselo, primero, a la que fue su novia desde la mismísima cuna! ¡Novia única, excluyente, prometida de siempre! ¡Y por segundas, que ni se lo dije a la madre que me parió!
           
¿Esto, esta actitud, rotundamente plebeya, se llamará huida...? ¡Si, entiendo que sí, que se trata de una huida cobarde, cobarde y vil! En este caso, teniente Neira, vete del Ejército, no lo vilipendies..., pero..., ¿seré capaz de eso?¿Seré un traidor, el único hidalgo español que renuncie a la carrera de las Armas, en todo lo que va de siglo? ¡Estoy apañado, sin Armas y sin Letras! ¿Qué me queda? ¡Criar vacas en los prados de la Olga, agarrarme a la mancera del arado, como el último de mis criados? ¡Dios, qué vergüenza para un hidalgo, para un hijo de algo!
           
La excursión valió la pena, que los distendió, a los dos, mayormente para aliviar en Orlando aquellas obsesiones suicidas que llegara a tomarlas en serio. Bien estudiado el terreno con la lectura de abundantes guías turísticas y otras referencias personales que tenía de la isla por conversaciones con compañeros que anduvieran por Canarias, el novio tuvo la humildad de conectar a su mujer con las particularidades palmeras, sin ostentaciones, sin que ella se sintiese avergonzada por sus diferencias culturales.
           
Por la noche, bajo pretexto de quedarse en un extremo del salón para leer un libro que trataba de la historia guanche, consiguió que Felisa, mostrándose exhausta por las caminatas de la tarde, le dejase a solas, oportunidad que aprovechó para explayarse con su madre:
           
Naiciña, -le puso, -no sé por dónde empezar, que esta es la carta, la novedad, más difícil que nunca te he dado. Si te tuviese acostumbrada a comunicarte suspensos, tal que en conducta, en ese caso me sería más fácil. ¿Ves como no se puede ser un buen hijo? Vaya por delante este autobombo, ¡para atenuar lo que viene después!
           
Resulta que resultó que me tuve que casar, así, de repente, casi que por una cuestión de honor, con una chica que vino de Verín, cuñada de un sargento amigo mío. ¡Casamos anteayer! Hoy, en esta fecha, estamos aquí, en este hotel de las Palmas de Gran Canaria, gozando de una especie de luna de miel...
           
Para mí, que soy el interesado, -ahora que no se estila aquello de esculcar moza-, esta decisión estuvo clarísima: un flechazo, un trancazo, una fiebre, una debilidad concupiscente, carnal..., ¡que remató  en la iglesia! Ya sé que tu, no, que en tu Providencia entra todo, ¡todo, menos un casamiento trapacero! En cierto modo no quise correr el riesgo de que me la rifasen, de que me la quitasen de las manos, que ella, esta tentación de la que te hablo, tenía muchos pretendientes, ¡de verdad que si! Y todos me ganaban en estrellas!
           
¡Ya lo sé, naiciña, ya lo sé! Pero no soy un hombre apropiado para esa grácil, para esa angelical, Manolita. Me muevo en un ambiente áspero, marcial, luchador, ¿comprendes? Estoy sujeto a movimientos, ausencias y traslados o destacamentos continuos; por lo menos, frecuentes. Estoy bastante revuelto, más o menos como le pasa al país; intercalado con muchísima gente, con gente despersonalizante, ¡de todas las cunas, de todas las hechuras! ¿Entiendes esto?
           
Todo lo contrario de lo que le conviene a una Maestrita paceña, de pazo señorial, con clara vocación pedagógica, que no se sentiría realizada si tiene que pedir la excedencia por el amor de un tránsfuga, de un esposo que padece la enfermedad de su vocación profesional, y que cuenta con buenos antecedentes de la Escuela Militar: puntos de baremo que me permiten esperar una brillante carrera si me muevo apropiadamente, si acumulo servicios en estas Fuerzas Especiales; quiere decirse, abonos dobles, cursillos y cursazos, ¡Estado Mayor inclusive! ¿Verdad que sí, que me entiendes, que comprendes estas obligaciones, y con las obligaciones, los ascensos? Cosas de la milicia, que aunque alguna de ellas te resulte abstrusa, como te las dice tu hijo, ¡palabra de Dios! Por otra parte, bien sabes que siempre he sido algo tarambana, pero, lo que es mentiroso, ¡nunca!
           
También se que te he metido en un compromiso con esa dilecta e ilustre familia de los Rancaño de Sarceda, pero, ¿qué puedo decir, qué puedo añadir al relato de mi párrafo anterior? Tan sólo que me disculpes, o mejor aún, que no me culpes, naiciña. Aparte de las razones profesionales, si alguna ligereza he cometido, hazles comprender que son asirocamientos de un militar estrellado, que se estrelló, que se obsesionó, acaso carnalmente, atraído por la típica “cuñada”, que es un fenómeno social sui generis, importado de nuestro Protectorado de Marruecos... Se trata, que aún no te lo dije, de una tal Felisa…, una mujer exuberante, de esas que rompen y que rasgan..., ¡su  propio justillo!
           
La conquisté, la gané, con el lustre de mis estrellas; por ahora, sólo dos, pero..., ¡voy camino de la tercera! En esta hidalguía, en la castrense, ¿sabes?, no te somos de donde nacemos sino de donde pacemos, o más exactamente, de donde hacemos la guardia, ¡que mientras no sea encima de los luceros, bien nos va!
           
En cuanto a mi frescura de no traerte a la boda…, ¿qué te puedo decir? En esto no me puedes censurar, que doy por sentado que aunque te lo dijese a priori, tú no hubieses venido. ¿Pruebas? Bien te llevo insistido, de meses atrás, para que vinieses a verme, a Ifni, ¡que precisaba, y mucho, de tu cariño, de tu aliento! Si tu pretexto era, antes, que no te atreves a subir en un avión..., ¡en avión tendría que ser ahora, para que pudieses oficiar de madrina!
           
¿Qué más? No, mamá, no me hagas decirte más cosas, ni darte más explicaciones, que bien me cuesta escribir esta carta explicativa, ¡casi que un testamento, una confesión in extremis! Permíteme insistir, tan sólo esto, naiciña, en que este es el primero, o, de lo que no, el más grande de mis disgustos; pero alguno podré darte, que entiendo que no hay hijos sin disgustos...; ¿si, o no si? Como te prometo no repetirlo, que el Tribunal de la Rota no me lo permitiría..., ¿verdad que me perdonas? ¡Gracias por eso, mil gracias, que no espero menos de tu hidalguía!
           
Un abrazo de reconciliación, ¿sí? De lo que no, que sea de simple afecto materno-filial. La culpa, en definitiva, es tuya, por no tener más hijos, pero quisiste conservar íntegros los dos patrimonios, el tuyo y el de mi padre, así que, ¡no puedes trasladar, no puedes desplazar, no puedes eliminar, mi heredad!
           
De hijos a nietos: Ya verás qué rapaces más guapos y más robustos te daremos, ¡te dará esta Felisona! Felisa Diéguez Barosa es, potencialmente, un ama de cría, como aquellas tetudas que iban criar a Madrid antes del Glorioso: Campera, de raza selecta hispano-portuguesa, recia y sana. Tan culona como pueda serlo la mejor de nuestras vacas teixas. Es talmente la madre, la matriz, que recomendaría un veterinario para encastar con un toro de raza, ¡yo!
           
Por supuesto que le hablé de ti a Felisa; le comenté lo gran señora, lo distinguida que eres, pero hice mal con este anticipo porque ahora la tenemos asustada, alucinada, abraiada que decimos los gallegos.

Para cuando lleguemos a Santiago, quiero decir, a Coruña, que será en la próxima semana, -tu espéranos en tu hotel de costumbre, en ese “Riazor” de tus amigos y vecinos, Graña y Mazoy-, espero que me tengas perdonado, y entonces..., ¡entonces, fiesta rachada! Digo que nos esperes en la Coruña porque en este viaje no me conviene ir a la Olga..., ¡que ya te percatarás del por qué! Les das saludos a los Rancaño..., ¡si me los aceptan! Y por Dios te pido que no les enseñes esta carta, que en algunas cosas se contradice con la que acabo de enviarle a “nuestra” Manolita!
           
Abrazos de los dos, ¡que ahora, quieras o no, tienes dos hijos! ¡Mira que fácil te fue parir el segundo, la segunda! De este modo no habrá que hacer partijas en eso de la herencia...
           
Otra vez abrazos, muchos, que los míos son, van, de todo corazón. ¡Ah, y no me desheredes, que algún día volveré a mi/a nuestro pazo; si antes, no, de teniente general jubilado, si, y con la faja colorada! ¡Ya verás qué bien va quedar mi foto en ese salón de los retratos: Excmo. Sr. D. ..., heredero de toda la nobleza de estos antepasados!
           
Hasta la semana que viene..., a mediados! Y ponte ropa de abrigo..., ¡que ya entramos en el inverno! De aquí, de Canarias, te llevaremos unas mantelerías, cosas de casa, en bordado canario, que son un primor, ¡a juego con la señora del pazo de la Olga!

                                               Te quiere mucho, tú
                                                                                  Orlando

           
De vuelta a la suite, una rifa; ¡otra, que ni que fuese el pan de esta boda!
           
-Orlando, también tardaste en subir; acuérdate que me dejaste sola, otra vez, y en esta ocasión, de noche, en este páramo de habitación, con estos muebles oscuros en los que me parece ver el fantasma de Franco en calzoncillos... ¿No te acuerdas que nos dijo ese limpiabotas que Franco salió de aquí, de aquí mismo, para hacer la guerra…, porque se le aburría Carmencita de tanto tenerla guardada, encerrada, en una de estas habitaciones?
           
-¿Ya estás rezongando? ¡Pon la radio, o lee un periódico, una revista...!
           
-Bien te dije que me siento enjaulada, encogida..., ¡y cuanto más grande es la habitación, más miedo les tengo a sus fantasmas!
           
Este mozo, antes de casar, no me dejaba a solas ni por un instante, que todas las ocasiones le servían para..., provocarme, y ahora, con la luna por delante, se satisface con un pellizco, ¡y para eso, de cuando en vez!
           
El novio, comido por aquellas hormigas asesinas de su conciencia, en aquel autocontrol incontrolable:
           
-¿Mujer, vuelves con tus enredos? ¿No te dije que me quedaba abajo para leer..., con el poco tiempo que tengo en el cuartel para eso? Lo que pasó fue que amplié algo porque me dio por escribirle a mi madre…, para que nos espere en Coruña..., y total, cuatro líneas!
           
¡Menos mal que le dejé el sobre al Mozo de los Recados para que lo lleve a Correos, pues de lo contrario...!
           
-¿Una simple carta, y te llevó tres horas? ¿No andarías de ronda, tal que buscando una de esas que dicen que están al punto..., como los taxis? ¡Mira, Orlando, que lo nuestro tendrá mucho de luna, pero lo que es de miel...!
           
Estas canarias, tan simpáticas que se presentan, igual son fáciles, y tratándose de un teniente, así de apuesto, tal que el mío..., Dios me libre! Debiéramos irnos directamente para Galicia, que aquello es sitio frío, pero este hombre dijo: ¡Media vuelta, ar!
           
Con aquel enemigo de par suya, con aquella arrayana  tan desconfiada, curtida en mil lances, experta en todos los trucos de la frontera, no había evasión posible, así que, Orlando, por muy pícaro del siglo XX que fuese, se vio cercado:
           
-Mira, mujer, que desde que oíste en Sidi Ifni aquellas exageraciones de que todos los moros tienen su harén..., nada, que crees que un hombre es un garañón, más o menos como aquellos de Tras os Montes. ¡Déjame algo de libertad, pues, ya ves, tarde o temprano, siempre vuelvo contigo, y cada vez más enamorado!
           
Estuve escribiéndole a mi madre, en efecto, tal y como te dije. Considera que fue, que tenía que ser, una carta muy larga, explicativa, difícil para mí, por..., por la sorpresa que le doy! Después de eso, llevé la carta a Correos..., -le mintió para mejor justificarse-, que urge avisarla para que nos veamos en Coruña, para que nos espere..., pues yo, en esta colonial, prefiero no visitarla en la Olga... Y luego que a ella le gusta pasear por los Cantones, luciendo sus pieles, y también las joyas de la familia...; ¡todo eso!
           
Calcula que esta carta va por avión desde aquí hasta Madrid, y después en tren, y luego en los coches de Trigo, que son los buses que llevan todo el correo de mi comarca... Tiene que dejar instrucciones a nuestro mayordomo, y ponerse de viaje para Coruña, de contado. Nosotros iremos en un avión directo, a Santiago, que de eso me ocuparé mañana, mañana mismo. ¡Estrategia, planificación, monada! Exactamente igual que para dar una batalla, ¡que por algo aprobé en Zaragoza!
Mucha planificación la demostrada, en efecto, pero algo no le cuadraba a Felisa, que ella también “aprendiera” a planear jugadas..., ¡alijos de contrabandista!
           
-¡No lo entiendo! ¿Tantos días que tienes de permiso, y no iremos a vuestra finca, a esa Olga, que dices que está después de Lugo, donde vive tu madre…?
           
-Mujer, la luna de miel de un señorito consiste en viajar, en gozar, en amarse, ver mundo... A la Olga iremos..., ¡en la próxima!
           
Siento decepcionarte, Felisona, pero de esta vez no traspasas mi frontera, que tendré suficiente con calmar, con acallar a mi madre. Si me coge por allá, después de lo que hice a su sobrina, ese gánster de Sarceda, su tío Manuel, ese cubano de los hoteles puteros…, es capaz de pagarles a cuatro matones!
           
¡Que no, que no les cuadraban las cuentas! Felisa, con esa intuición brillante de una gallega desconfiada, extremosa en suma, se retorcía las manos, y con ellas, el cerebro:
           
-¿Es que no piensas enseñarme esa Olga, tanto que llevas hablado, y jactado, de tu casona, de los caseros; los árboles centenarios, los caballos...? ¡Pues mira, tengo para mí que eso de montar en tus caballos, uno por uno, claro, me gustaría bien más que hacerlo en aquellos burros de Riós, aquellos que soltábamos en la Raya con el contrabando…
           
¡Este chufón...! ¡No sea el diablo que tanto hablarme de ese pazo…, y lo mismo no es de ellos, que señoritos finos y vacíos también los teníamos en mi tierra, desde Verín a Chaves!
           
-Ruliña, miña rula, frena con tu imaginación, que para aldea, de esta vez, nos llegará con pasar unos días en tu villorrio... ¿Cómo le llamaste…? ¡Ah, sí, Os Ríos, en las extremas del señorío de Monterrey! Pues mira que chico es el mundo, que de allí mismo, de ese castillo, procede alguno de mis antepasados. Más es, que en la biblioteca de la Olga tenemos algún libro que fue impreso precisamente en la imprenta de Monterrey..., que por eso les llamamos incunables!
           
-¡Que no, rapaz, que no es así; hay que decir Riós, con la tilde en la o: Rióóós! ¡Tanto presumir de culto, y va resultar que eres el único gallego que no sabe de qué pueblo llevó a su mujer!
           
Este carota me decía el otro día que de geografía nadie como los militares, que la estudian a fondo para saber por donde tienen que avanzar... ¡Eso será cuando dominen el mundo, que por hoy les llega con guardar Ifni, que cualquier día se lo quitan, simplemente con stabas, con escobas, eses desharrapados del Istiqlal!
           
Aquel brazo de sus abrazos portaba dos estrellas, ¡de seis puntas!, así que no se lo iba a torcer una simple contrabandista:

-Mi querida portuguesita de la raya, fronteriza de todos los montes; casi que de Tras os Montes..., ¿desde cuándo los ríos son riós? Será en tu tierra, en tu curro, allá por donde Judas se colgó de una higuera, pero lo que es por mí…, ¡vale! En este caso hagamos riós de tus corgos, de tus rielos... ¿No dijiste que tus padres no podían venir a nuestra boda para no dejar la hacienda abandonada? ¡Claro, en los Riós..., por miedo a las crecidas de los ríos!  Pero, ¿de cuáles...?
           
El carácter mordaz, burlesco, propio de señoritos mimosos, tal que Orlando, sacaba de sus goznes a la pánfila de Felisa, que bien sabía ella, por experiencia vital, que eses comportamientos sólo los utilizaban los tales en presencia de miñaxoias, de gente con complejo de inferioridad. ¿Qué no sería, qué no pasaría, si llegase a oírle, o por lo menos a notarle, aquellos pensamientos mefistofélicos, vitriólicos, a los que se estaba aficionando aquel hidalgo trasnochado, tenido por modelo de virtudes castrenses nada menos que en las Fuerzas Especiales del África Occidental Española?
           
¡No podían abandonar su hacienda..., esa hacienda a la que llamamos contrabando..., que ese es su ganado..., en propias palabras de su propio cuñado, ese alcahuete que la llevó de cuñada para Ifni, para eso, para colocarla, para contrabandearla!
           
-Mujer, habla, que eso de la facenda, o de la hacienda, eso de tus vacas, ya sé como es, que me lo explicó ese introductor de embajadores al que llamamos sargento López. Que no te dé vergüenza, pues cada quien se gana la vida según puede, ¡o le dejan! Cogéis cuatro vaquitas, sean vuestras o del vecino, y las lleváis a pastar a las veigas de la raya; y acto seguido asubia el portador desde aquellos sotos del otro país... ¿Qué hay vigilancia en los alrededores? ¡En ese caso os ponéis a aguijonear en las vacas, cara a dentro, cuesta arriba, para que entienda el cómplice que procede recular, huir, apartarse de la raya! ¿Es, o non es, así?
           
La rapaza, Felisa, que sí, pero que no:
           
-Déjate de fábulas y dime la verdad en eso tan extraño de que no quieras llevarme a tu pazo..., ¡con lo que os gusta presumir de ellos! Sin ir más lejos, en Sidi Ifni, todos sabemos de varios que los tienen..., ¡por lo que de eso llevan hablado, hablado y presumido!
           
-¿En Ifni, quien?
           
-Lo sabes de sobra:  Álvarez Chas de Borbén, Ramírez de Berger y de Posadilla, los Maturana, los Ortiz de Rivero, los González López-Yebra..., ¡y tantos otros!
           
Orlando no le contestó cara a fuera, pero si lucubró en sus adentros enfermizos:
           
¿Dónde me escondo si aparece por la Olga ese clan de Sarceda, todos unidos, hechos una piña? Tendría que echarme a las carballeiras, o subir a la Xesteira de Cubeiro, o internarme en los montes de la Panda..., ¡como hicieron aquellos huidos, aquellos rojos del 36!

¡Pero de eso, nada, monada, que este Orlando, yo, servidor, seré un cobarde, como vengo demostrando, que siempre acabo descubriéndome a mí mismo, pero de aquí en adelante no bajo la guardia, ni de permiso! ¿Valor, me he referido al valor? ¡En la Hoja de Servicios, se me supone! Pues, entonces, a vivir de esa suposición, que lo que es mañana..., ¡mañana, como dice el lema carlista, Dios, Patria y pan!
           
-Ya me percato de que no llegaré a saberlo, que no llegaré a conocerte... Mi cabezón, asumiré resignada ese refrán que nos encarcela, por lo menos a muchas: ¡las mujeres casadas, pata quebrada y en casa! Otro dicho que se me viene a la chola: ¡Mal de muchos, consuelo de parvos! Sea, luego, lo que tu mandes, que las estrellas son tuyas, pero yo digo que en lugar de quedarnos en Riós junto a mis padres, mejor cogemos una habitación en Verín, que allí también hay señoritos, y así te sentirás más..., más estirado! Al regresar de Coruña, por supuesto.
           
-¿Y por qué no en Riós, ahora que me acostumbré a pronunciarlo?
           
-¡Tu eres parvo, o te haces! En Riós huyen de los sargentos, para cuanto más de los oficiales!
           
-¡No te creo, por brutos que sean!
           
-Entonces pregúntale a nuestro cuñado, de cuando fue por primera vez... ¡Si aparezco con un teniente, me echan los vecinos, a cantazos, pues van temer que les denuncies sus alijos!
           
Aquello le hizo gracia al teniente, y se permitió una risotada estrepitosa:
           
-¿Tan brutos son? ¡A cantazos contra nosotros ni los moros andan, y eso que también se dedican al contrabando con la Zona francesa! ¿Sabes cómo operan con el aceite?
           
-¿Tan burra me haces? Lo sé, desde el primer día, que nada más llegar a Sidi Ifni le pregunté a mi hermana qué se podía hacer en el Territorio, además de ponerles la red a los mozos. Esos bidones de doscientos quilos los llevan en camiones hasta las cotas más altas, y desde allí los empujan, a rondón, que así, por inercia, traspasan eses surcos que suele haber en la línea fronteriza. Yo no lo hice, que me corría más prisa mostrarme en el Club, en la Casa de España. El contrabando, mi amor, es una cosecha como otra cualquiera, que remedia muchas necesidades; ¡el pecado lo tienen esos gerifaltes que pintan la raya!
           
Aquí calló, que la lengua es fácil de frenar, pero, ¿el pensamiento...? ¿Quién frena el pensamiento de una persona que se siente insultada, agraviada?

No le voy hacer caso, que menuda vergüenza es llevarle a nuestra aldea, y que vea nuestra pobreza... Para eso nos estamos en la villa, en el mismísimo Verín, de fonda, a todo gas, que de paso se fastidian aquellas señoritingas, aquellas que me hacían de menos en el Instituto; ¡y mientras, ellas, a mear! ¡Por sí mismas, que se van a mear, de envidia! Buen mozo, si señor; alto, fuerte, con el pelo rizo..., ¡y con dos estrellas!
           
Orlando, con poco mando en aquella plaza, en la matrimonial, sometido, subordinado, a su Sargenta:
           
-Ruliña, paremos, que me entra el sueño. Para complacerte, no sólo iremos a tu Verín, sino, y también, a la mismísima Fisterra, que desde Coruña..., un paso!
           
...
           
¡Ahí lo tenéis! Se tiene por señorito pero ronca como un puerco, nada más pegar los ojos, que ni terminara de hablar conmigo...
           
El tercer día de su estancia en Canarias difirió poco de los anteriores: al mozo le costaba adaptarse a la convivencia cotidiana con aquella mujer elegida al socaire de una pasión carnal; amada, deseada, más bien del ombligo para abajo. Ella, por su parte, cumpliera todos los ritos de una “Operación cuñada”, tan típica en aquel aislamiento territorial de Ifni, para llevar el agua a su molino, para ligar, indefectible, sacramentalmente, por elevación, a uno de aquellos eremitas castrenses, desconectados por largas temporadas, social y físicamente, de sus mundos de procedencia.
           
Bajaron juntos para tomar el almuerzo en la cafetería, que eso ya fue un paso adelante, ¡un paso al frente! Ocasión que aprovechó Orlando para conectar con Iberia, para solicitar billete, que no pudo ser directo sino a través de Barajas. Se lo dieron para el día siguiente:
           
-Felisiña, hoy, de tiendas; las mantelerías de mamá, y todo eso..., ¡que mañana toca madrugar, rumbo a Compostela, a la Gloria, o por lo menos, a su Pórtico!
           
-Hombre, eso tiene su aquel, a ver si en la gloria nos entendemos algo mejor, que aquí en Las Palmas hubo de todo! ¿Oyes, y no hay avión para esa Fisterra, para ese Finisterre, que así veníamos de allá para acá?
           
El sofoco de risa estridente que le entró a Orlando ocasionó que todo el salón girase en dirección a ellos mismos:
           
-¡Ya estamos con parvadas…! Mujer, está visto que los únicos cabos que conoces son los del cuartel... En un cabo, en una punta de tierra que avanza sobre el mar, que eso es Finisterre, ¿cómo puedes imaginarte que exista un aeropuerto?
           
-¿Y luego, no lo tenemos en Sidi Ifni, tan estrecho que el propio Sogorb, el Jefe de nuestro Campo, dice que más que un aeropuerto lo que tenemos es un portaaviones?
           
-Dejemos eso, que no tienes remedio.
           
-Mira, el mejor remedio es que me lleves a Verín, que es una villa macanuda, y allí nadie se ríe de una contrabandista, por torpe que sea. Y luego que también quiero ir a Chaves, para enseñártela, que es de lo más guapo de Portugal... Queda cerca, que por las Feces de Abajo se llega en un plis-plas. Para mi va tener la gracia de que será la primera vez que pase por la frontera, ¡de señorita, sin contrabando!
           
Se volvió a reír, de ella y de sus dichos, pero esta vez, de escarmentado, con más discreción:
           
-Eso es algo más difícil pues, por si no lo sabes, te lo voy a decir: los militares no podemos salir al extranjero sin un permiso especial, pero, ya que te empeñas en eso, lo pediré en Coruña, en Capitanía... A propósito, ¿qué más ordenas, capitana?
           
¡Chaves es lo que necesitas tú, pero en la boca! Ayer, huyendo de los carabineros, y mañana, dándote de tenienta en ese paso de las Feces... Tenía yo poco con el mandón de la compañía, con el capitán Valerio, a quien Dios confunda, y ahora fleté una capitana de armas tomar. ¡Dios me ampare! Lo que no puedo es dejar la guerrera en casa, que esta tipa es capaz de ponérsela a los hombros, y con la misma, le ordenará al asistente que le lave las bragas, cosa que, por otra parte, parece ser bastante usual entre las mujeres de mis compañeros…
           
-¿Capitana, yo? Orlandiño, mi amor, sin chuflas, que yo confío en tus palabras, así que no me recortes aquellas promesas de Ifni, de hacerme una señora…, de complacerme…, de enseñarme la mitad del mundo… ¡Claro que eso fue en lo oscuro…, exactamente por detrás de la huerta de los Tiradores... ¿Es que ya no recuerdas que me prometiste una luna de miel…, en la mismísima luna? Entonces, lo de que me lleves a Chaves, no me parece que sea mucho pedir!
           
-¡Mujer, aquello de la luna fue cierto…, pero yo me refería a la parroquia de San Martiño de Lúa, que cae cerca de mi pazo de la Olga… En esa “lúa” también tenemos propiedades, y caseros, que son fincas de mi madre…, ahora tu suegra! ¿Verdad que lo sabías, que te lo explicara? Te lo estoy cumpliendo todo, todo y de todo, ¿o no es cierto que me acuesto contigo todos los días, sean o no noches de luna, de luna clara?
           
-¡Eres un trapisondas, un cuentista! No viene día a este mundo que no me hables de tu dichoso pazo, y de tus caseros…; ¡no sé cuantos! Después resulta que no me quieres enseñar nada de eso..., ¡ni por foto!
           
Eso, todo eso del pazo, me tiene mosca, que ni siquiera por foto, con lo que le gusta retratar...! ¿No se referirá, de coña, al Pazo de Meirás, al de Franco, que ese sí que es de todos los gallegos, que  me dijo mi cuñado que ni de los Francos es…, que lo compraron, y se lo donaron, los nuestros…, obligando a los gallegos a pagarlo, que se lo descontaron del sobre de los sueldos…? ¡Y como este tipo es un cachondo mental…!
           
-Mujer, debes decir, del nuestro. ¡¡Del nuestro!! A ver, Felisona, que lo de Felisiña te cae ancho; di conmigo: ¡O-noso-pazo-da-Olga! Santiña, mi  reina de la ingenuidad, un pazo, con su circundo, capilla, pombal, ciprés..., ¡no cabe en  ninguna foto, salvo que sea aérea! Pero te voy a complacer, que esa foto te la hago yo, aquí mismo,  con cuatro pinceladas, y después de eso, pero otro día, te retrato nuestros escudos, las piedras de armas, ¡en granito!, cosa un tanto compleja sin tener mayores estudios porque..., ¡porque tenemos una heráldica intricada, síntesis de una genealogía amplia y muy ilustre, que en mi familia nunca se dio la endogamia, como ocurrió en otras, que así degeneraron…!  A ver, rapazuela, cierra esos tus ojos, y no precisamente misericordiosos, que vas a ver mis estrellas, las otras, las de mi progenie:
           
La Olga, el señorío de la Olga, que no viene precisamente de holgar, ni de holganzas, sino de su abundancia de olgas, o oucas, que es una especie de algas, pero de río, propio de zonas pantanosas, llanas y de mucho regadío, también es conocida como a Casa de Abaixo, de Abajo, y se sitúa en la bisbarra o comarca de los caranicum, que era, nada más y nada menos, que una tribu precéltica, a la que no consiguieron domeñar los romanos... De sus druidas, de sus jefes-santones derivan mis antepasados…; ¡algo así como lo que ocurre allá en el Territorio con el Sidi, con el Santo o Santón Ifni! Pero esto queda para otro día, que no quiero abrumarte. En la misma parroquia existe la Casa de Riba, o de Arriba, que nunca fue competidora de la nuestra, que eran parientes... La de Arriba la fundó, la hizo construir, un curmán, es decir, un primo, de cierto antepasado mío, que vino riquísimo de las guerras de Flandes…, ¡que a saber cuántos pazos, o palacios, asaltó por allá adelante para quitarles sus tesoros! Eso se llamaba botín de guerra..., y era una forma de pagarles a los capitanes, en especie!
           
Felisa tenía otras filosofías:
           
-¡Eso, cando es con armas, se llama atraco, so listillo!
           
Pero Orlando no quiso oírla, y siguió relatando aquellas grandezas familiares:
           
-Nuestro pariente fue capitán a las órdenes directas del propio duque de Alba, pero de lo que no me acuerdo, a tal momento, sin mirarlo en los papeles, es si los de Alba ya eran entonces, o aún no, Señores de tu Monterrey…
           
Me tiene dicho mi abuelo que los cabellos de todos los Neiras, de los que él tenía recuerdo, eran completamente rubios porque su tátara era holandesa, ¡precisamente una bastarda del propio Rey de España!
           
¿Entiendes mi prosapia? ¿Que si? En ese caso entenderás por qué un hidalgo es un ser distinto; ¡otra clase de gente! Para más detalles de nuestra grandeza: En medio de los prados tenemos la casona, el pazo; y un poco más arriba, al otro lado del Camino Real, están las labranzas, las leiras y las carballeiras; seguidamente, vienen las casas de los caseros... Lo único que nos cae algo lejos son las aceñas, los molinos, que los tenemos en una fervenza o catarata del río, en el lugar llamado Carballamarela, porque allí los carballos, los robles, son de una especie que se distingue por el fuerte colorido otoñal de sus hojas, ¡pero al molino llevan la carga en bestias, o en carros del país!
           
Tanto en la Olga como en sus alrededores, el que no era casero nuestro, lo era de la Casa de Arriba. Tan sólo se libraban algunos vecinos, de los más apartados, tal que los de Cubeiro, que esos eran antiguos foreros, o sea, aforados, del convento de los dominicos de San Cibrao, que se redimieron cuando la Ley de Mendizábal...
           
Para Felisa aquello abultaba demasiado, así que le insistió en lo de los caseros para ver si lo desinflaba, si lo cogía en un renuncio:
           
-¿Cantos caseros..., cuantos dices? ¿Y todos ellos a la parte, o en renta sabida, prefijada?
           
-Mujer preguntona, que ya te dije que te asemejas al capitán Valerio… Eso nunca lo supe, que para esas minucias están los mayordomos! Desde que murió mi padre, víctima de un atraco de aquellos de los huidos, después de la Guerra de España..., que yo era un crío, mi madre contrató un administrador, un Bachiller, que es el que se ocupa de esos detalles. Lo que te puedo decir, que eso lo sé de cierto de tanto oírselo a mi madre, es que, triangulando cara a Lugo, desde Pol a Castroverde, tan sólo nos ganaba en pradería el pazo de los Osorio, que ahora llevan por delante el apellido Rancaño, por el valle del río Azúmara, arriba, junto a sus fuentes.
           
Esta propiedad, la que acabo de mencionarte, fue a menos, ¡y gracias que apareció por allí un hermano, uno que se hizo multimillonario en dólares, allá en Cuba!
           
-¿Cómo? Siendo Cuba una isla, como dicen que es, ¿qué clase de contrabando podía hacer para medrar tantísimo?
           
-Su contrabando fue de salón: mulatas, mulatas de postre, para los gringos, incluidas en la cuenta do hotel... ¡Muchos, muchos hoteles, no sé cuantos, mayormente en el Vedado!
           
Felisa se llevó las manos a la cabeza ante aquella revelación:
           
-¡Santo Dios! ¿Sabes que te digo? ¡Pues, que, por lo que me llevas explicado de los pazos, esa gente, por no llamarle gentuza, en mi carro a Misa no van! ¡Y luego que digan de los contrabandistas...!
           
De hechas las compras, bordados para doña Marisa y ropa para ellos mismos, apropiada a la estación invernal norteña, que la hicieron enviar al Hotel Madrid, esta feliz/infeliz pareja gozó de una excelente mariscada en el Puerto de la Luz, donde Felisa, de paso que degustaba con cierto recelo aquellas novedades, aprendió a pronunciar, como los señoritos, caviar, chatka ruso, angulas..., ¡y cuatro cosas más!
           
-¡Carajo con la fiesta! ¿Así que esto es un yantar de hidalgos? Con lo que ya sabía, y con lo presente, empiezo a dudar si iréis al Cielo..., ¡y menos mal que a mí sólo me toca de nesgo, de consorte! Oyes, esos que dijiste que tienen tantos lameiros, tantos prados..., ¿también viven así, de esta manera? Entonces, ni se te ocurra llevarme a comer con ellos, que ni sabría coger los garfios...
           
Orlando, en esta ocasión, non se rió de su mujer, que más bien le dio pena.
           
-Tranquila, mi niña, que antes de eso precisas cuarenta lecciones... ¡Qué digo lecciones, un curso, entero! De momento te iré familiarizando con ciertos datos para..., ¡para que no huyas de ellos, cuando te los presente!
           
Ahora volveré a los Rancaño. Su pazo también es conocido como la Casa Grande de Sarceda; o también, la de las Fuentes del Azúmara. Este río, el Azúmara, es un afluente del Miño, ¿sabes? De la Olga a Sarceda, por travesío..., ¡no llega a dos leguas, diez o doce kilómetros! Esa propiedad vino a menos por las francachelas del morgado, un tal don Darío, el hermano mayor del Cubano..., ¡pero eso es otro tema!
           
Mas, para que no me sigas teniendo por soberbio, te he de confesar que esos Rancaño aún nos ganan en blasones, pues ellos proceden, o estuvieron emparentados, con ciertos Reyes de Castilla, con los que procedían de la Casa de Trastámara..., que les venía ese nombre por tener sus tierras, sus dominios, para allá del Támara, que ahora viene en los libros como Tambre, río Tambre... ¿Entiendes algo de esto…, o estoy hablando para las palmeras?
           
-¡Maldito cosa! Pero tú sigue, que yo también voy a Misa, y de los latines del cura sólo entiendo lo del Amén.
           
-¡Tienes razón, mujer, por esta vez la tienes, que para la Historia, y de la Historia, sólo vivimos los militares!
           
Felisa tenía la sed de un beduino con respecto al abolengo de su chico, aquel teniente de tan rotundos hablares, ¡aquel de los apellidos intrincados!, así que siguió exprimiendo, inquiriendo:
           
-¿Quién, quién es, o quién era, ese tal don Darío, ese de las francachelas?
           
-Pues...; ¡ni sé como decírtelo! ¿Leíste el Quijote?
           
No, no lo leyera, pero algo oyera al respecto:
           
-¡Claro que sí! ¿Ese señor no era el protagonista de una película en la que la chica de la taberna se enamora de un boxeador, uno que saltaba en la manta, un tal Sancho, y en eso vino un tío con una espada, en un caballo flaco, de esos de los gitanos...?
           
En este punto Orlando sí que fue incapaz de disimular, y gracias a una servilleta, que le ayudó a taparse la boca.
           
-¡Estamos bien contigo...! ¡No sé si será mejor decirle a mi madre que eres muda...! ¡En fin, Dios proveerá!
           
-No te enfades conmigo, amor, que si no se hablar, por lo menos sabré acariciarte, y te haré feliz…, así que, sigue con esa Olga, sigue con tu rollo, pues cuanto más sepa de vosotros coido que menos meteré la pata!
           
-¡Te lo acepto!  Pero en cuanto a nuestra Olga, de momento sólo te diré que para mí los mejores recuerdos están en las carballeiras, ya que por sus espesuras me tengo perdido, a veces, muchas, de niño..., ¡y esa emoción de encontrar los caminos, las salidas, es lo mejor de este mundo! ¡Fíjate cómo serán de grandes! Pero a fuerza de perderme, acabé conociéndolo todo, como la palma de mi mano, incluso donde tenían sus toberas los golpes, los zorros; y también los conejos...
           
Allí, en esas carballeiras, me entró la vocación militar, que me veía rodeado de moros, ¡cada carballo, cada roble, un moro!, y yo, con una aguijada, tal que si fuese una lanza, arremetía contra ellos, tan torpes de movimientos que ninguno fue capaz de herirme. ¡Algo así como el Cid Campeador!
           
Figúrate que largas son, eso, las carballeiras, que ese plantío llega hasta el lugar de Fontao, que está como a dos kilómetros por la estrada do Rioxoán. En el Fontao también hay un pazo, más bien reducido, que es otra propiedad de las de mi madre, pues los casorios de la nobleza siempre se hicieron con intención de arrimar, de acercar, de sumar propiedades...
           
-¡Lo que es conmigo…, te salió el tiro por la culata!
           
Orlando le dio un pellizco en las nalgas:
           
-¡Chata, estas son tus propiedades, y aquí estoy para ponerles un marco...! ¡No hay arma sin culata, y una buena ama de cría también puede considerarse leira, una leira de trigo!
           
Ella se dejó querer, que si algo sabía hacer era facilitar el débito conyugal.
           
-Para ir rematando con el tema de esta conversación, sólo te voy a decir que mira si tendrá nombradía nuestro Pazo, el de la Olga, que en Lugo, en la capital, si preguntas por nosotros ya te dicen la carretera que debes coger, y donde tienes que apartar... Te doy palabra de llevarte en la próxima colonial, y en esa ocasión vas con el niño, con nuestro primer hijo, con el primogénito, ¡para enseñarle su heredad, su vínculo, su morgadía!
           
Ni sé para que entré en detalles, que esta pobretona nunca distinguirá un pazo de una choza…
           
-Orlandiño, nuestro bebé no tiene prisa en venir, que ya te dije que no me quedo a parir en un hospital militar, en ese de Sidi Ifni, y para venirme a las Palmas aquí no tengo confianza con nadie para que me cuiden mientras tú sigues mareando en la tropa, ¡que si “derecha”, que si “izquierda”...! Este niño será mejor traerle a un mundo de cristianos, quiero decir, en Madrid o en Coruña..., ¡cuando te destinen, que aún somos jóvenes!
           
Ahora sé “manera”, como dicen los moros, que mi hermana me puso al corriente de eso del calendario, lo del Ogino, así que, cuando no sea, no es, o de ser, será con el profiláctico, como aquel día de los arganes…, que este tipejo siempre los llevaba en su bolsillo...; ¡pues que siga con su invento!
           
-Para esto del niño igual te mando a París, ¡que dicen que es la mejor de las fábricas! Es más, tenemos el caso del capitán Valerio, que estuvo en la Legión Francesa, y dice que todos los franceses son maricas... Nunca se me ocurriera pensar en eso, pero si tal es, ello explica muchas cosas, ¡entre ellas, el motivo por el que esas gabachas de la Zona rabian por nosotros, por los españoles!
           
-¡Calla, tarabelo de los nabos, mayormente de los de Lugo, que con eso de los niños no caben bromas, que es mucha responsabilidad de Dios traerlos al mundo.
           
Este bobo, o lo es, o me considera así. ¡Venga meter bromas de por medio, en todo, y yo sin saber gran cosa de cierto! Dicen que sólo los curas entienden a los hombres, pero, ¿con que cara le pregunto yo al páter de Tiradores?
           
-¿Tarabelo, yo?
           
-Sí, no me caben dudas; un tarambana, un cuentista, que sueñas con una gata, que no trajiste a tú madre para nuestra boda, que te vas de la habitación y no te acuerdas de volver; y que no piensas llevarme al dichoso pazo... Esto de nuestro casamiento me va pareciendo una inocentada..., ¡y menos mal que hubo testigos!
           
-¿Inocentada? Mujer, no digas necedades; y en eso de mi madre bien te llevo explicado que no quiere saber nada de aviones...
           
-¡No me líes, no me líes, que no hay madre en este mundo que no sea capaz de ponerse en peligro de muerte por un hijo! En Sidi Ifni me dijiste que le dieras la noticia algo tarde, y que engordó, y que no tenía ropa apropiada, ni le daba tiempo..., ¡y ahora me sales con el cuento del avión…! ¡Mira que antes cae un mentiroso que un cojo!
           
-Mujer, eso también, que me he atrevido a casarme pero no a decírselo. La verdad, toda la verdad, es que no he sido quien de escribirle…, porque se iba enfurruñar, porque ella, ella misma, ya me tenía otra chica de ojo, casi que comprometida. ¡Cosas extrañas, algo así como el complejo de Edipo, que dicen que también lo tenía Franco! Son cosas propias de hidalgos, algo sutiles para una moza de la raya, para esta violadora de fronteras, una hembra acostumbrada a engañar a los carabineros, a guiñarles el ojo, como ofreciéndoles una mordida..., ¡pero más tarde! Con la señora de un pazo las trolas, los engaños, tienen más dificultad... ¡Y calla con eso, de una vez, que por favor te lo pido!
           
-¡Ay, luego…! En ese caso va estar enfadada conmigo; ¡de mal fario, y yo sin conocerla! ¡La hiciste buena, Orlandiño!
           
-¡Hice, mujer, hice! El colmo de la prestidigitación es lo que estoy haciendo contigo, que canté las cuarenta delante del páter, pero de trampa: ¡Un caballo con una sota! Bien lo decía mi madre por cualquiera de nuestros caseros: “El que lejos se va a casar, o tacha lleva, o la va buscar”.
           
Fue la única risotada de Felisa en toda la tarde:
           
-Mira tú por donde en eso estamos de acuerdo, que también la mía dice: “Cases bien, cases mal, casa con gente de tu igual”. Yo tendré que estirarme para dar la talla, y tú te rebajarás para que ambos cojamos en la misma cama, en el mismo hogar. ¿Vale?
.../...

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OPERACIÓN: CUÑADA -II-

Xosé María Gómez Vilabella