lunes, 27 de enero de 2014

A MILAGROSA DE MONTECUBEIRO

 

 

A MILAGROSA DE MONTECUBEIRO

 


A primeira procesión coa imaxe da Virxe Milagrosa en Montecubeiro

(Nós, nesta foto, á dereita)

Xosé María Gómez Vilabella

 

 

¿Que sabemos de Santa Catherine (Catalina) Labouré?



¡Menos do que nos gustaría saber, pero algo, si!

Naceu o 2 maio do ano 1806 en Fain-lés-Moutiers, e morreu en París o 31 de decembro do ano 1876.



Corpo incorrupto de Santa Catalina Labouré. Con tratamento de cera. Está na Capela das Aparicións, na Rue du Bac (Paris)

 

 

En Internet:

Santa Catalina Labouré nació en Fain-lès-Moutiers, región de la Borgoña, Francia, el 2 de mayo de 1806, hija del granjero Pierre Labouré y de Madeleine Louise Gontard. Fue la novena de once hijos. Su madre murió el 9 de octubre de 1815, cuando Labouré tenía nueve años. La hermana de su padre se ofreció a cuidarla, y también a su hermana Marie Antoinette (Tonine). Después de que él aceptase, las hermanas se trasladaron a la casa de su tía en Saint-Rémy, un pueblo a 9 km de casa.

Al cumplir los doce años volvió a la granja de su padre y allí fue puesta a cargo de todos los oficios de la cocina y los animales (vacas lecheras, la alimentación de los cerdos y 800 palomas). Cuando tenía catorce años, su hermana María Luisa, ingresa en las Hijas de la Caridad; poco después ella también descubre su llamado al servicio de los pobres en esta congregación. Poco después tiene un sueño en el que un anciano sacerdote la alienta a continuar su llamada en esa dirección. Con la ayuda de uno de sus primos aprendió a leer y a escribir.

Su padre se niega a dejarla partir hacia el convento, ya que sus planes era el de verla casada, así que la envía a París para que trabaje en la cantina de su hermano Charles. Allí descubre la miseria de la gente y se propone definitivamente hacerse monja para socorrerlos y darles ánimo en medio de sus terribles penurias. En 1830 su padre aceptó que fuese religiosa pero se negó a pagarle la dote, que fue pagada por su hermano Hubert, un joven teniente.

Entró en la congregación de las Hijas de la Caridad, fundada por San Vicente de Paul. Fue admitida el 21 de abril de 1830 en el Seminario de las Hijas de la Caridad, situado en el número 140 de la calle del Bac en París. (Al ingresar en aquel convento se encuentra con un retrato idéntico del anciano sacerdote que ella había visto en sus sueños; cuando pregunta de quién se trata esa pintura le dicen que es San Vicente de Paul, fundador de la congregación en la que ella iniciaba su vida religiosa). El 25 de abril asistió al traslado de las reliquias de san Vicente de Paul de la Catedral de Notre Dame a la capilla de la casa madre de la Congregación de la Misión en la calle Sèvres.

Desarrolló particular afecto por la Virgen María durante toda su vida. Después de las apariciones de la Virgen María, que recibió en 1830, se dedicó a cumplir la misión que según ella le encomendó la Virgen: acuñar una medalla, alusiva a su Inmaculada concepción. Los favores celestes que acompañarán la difusión de esta medalla harían que muy pronto se la llame Medalla Milagrosa.

Fue destinada al hospicio de Enghien, en la calle de Reuilly de París. Durante cuarenta y cinco años se dedicó a oficios humildes: cocina, atención a ancianos, portería.

Uno de las ejemplos más significativos de esta santa es su humildad, ya que desde que se dieron las apariciones marianas en la Rue du Bac en 1830 hasta su muerte en 1876, aparte de su confesor nadie supo quién era la vidente de las apariciones de la medalla milagrosa, ni siquiera sus hermanas de comunidad con las que convivió durante años.

Su confesor había publicado un libro con todo lo referente a las apariciones, pero nunca reveló el nombre de la bienaventurada que había recibido semejantes gracias por parte del Señor en la persona de su santísima madre. Los años siguientes a las apariciones los vivió como cualquiera de las otras hermanas de su convento, y como ya se ha dicho, se dedicó a oficios tales como barrer, lavar, cuidar a los enfermos y a los ancianos con inmensa misericordia, en completo anonimato y sin desear la atención o el apoyo de los miles de devotos que ya portaban la medalla que gracias a ella se había elaborado, incluso recibió muchas humillaciones y maltratos por parte de hermanas suyas que sólo la consideraban como una monja más.

Solo ocho meses antes de su muerte, cuando ya se encontraba muy anciana, enferma y agotada por los años de servicio a los más pobres y su antiguo confesor ya había fallecido, le reveló a su superiora, con todo detalle, que era ella la vidente de las apariciones en la capilla del Bac.

Falleció el 31 de diciembre de 1876.

Como ella había revelado sus visiones a su superiora, quien reveló la identidad de la visionaria a la comunidad y a todo París, algunos meses antes de morir, cientos de personas asistieron a sus funerales y se cuenta que un niño paralítico, que había sido llevado por sus padres al funeral de Sor Catalina, pudo volver a caminar desde el momento en que tocó el ataúd de la santa.

Con ocasión de su beatificación en 1933 su cuerpo fue exhumado, y aunque habían pasado 57 años desde su fallecimiento, fue encontrado incorrupto. Solo sus hábitos habían sido corroídos por la humedad que se filtró en el ataúd, su cuerpo fue revestido con un hábito nuevo, incluida la tradicional cofia o corneta con alas propia del antiguo hábito de su congregación, y colocado en una urna de cristal.

Hasta el día de hoy su cuerpo puede ser visto por todos los peregrinos que llegan a la Capilla de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, en la Rue du Bac, París.

El papa Pío XI la beatificó el 28 de mayo de 1933, y Pío XII el 27 de julio de 1947 la canonizó. Su fiesta se celebra el 28 de noviembre.

San Juan Pablo II visitó la Capilla de la Medalla Milagrosa el 31 de mayo de 1980 y la nombró en su plegaria a la Virgen María.

Visiones

Según Catalina, durante la noche del 18 de julio de 1830 se despertó al oír la voz de un niño muy hermoso que la llamaba "Hermana, todo el mundo duerme; venga a la capilla, que la Santísima Virgen la espera". Catalina se levantó, siguiendo al niño. Al llegar a la capilla, escuchó el roce de un vestido de seda. Sor Catalina oyó como un rumor, como el roce de un traje de seda, que partía del lado de la tribuna, junto al cuadro de San José. Vio que una señora de extremada belleza, atravesaba majestuosamente el presbiterio, "y fue a sentarse en un sillón sobre las gradas del altar mayor, al lado del Evangelio". Catalina al principio dudó si se trataba de la Virgen o si era sólo un ilusión. Pero el ángel (el niño) le dijo a la futura Santa, enérgicamente: "Por ventura no puede la Reina de los Cielos aparecerse a una pobre criatura mortal en la forma que más le agrade?" Entonces, Sta. Catalina se fue inmediatamente al lado de la Virgen y, arrodillándose, con la confianza que un niño pequeño tiene para con su Madre, puso las manos sobre las rodillas de la Madre de Dios. Allí, dice Sta. Catalina, "pasé los momentos más dulces de mi vida; me sería imposible decir lo que sentí ". La Virgen le dio a la joven consejos provechosos para su vida espiritual. También le encomendó una misión: "Dios quiere confiarte una misión; te costará trabajo, pero lo vencerás pensando que lo haces para la gloria de Dios. Tu conocerás cuán bueno es Dios. Tendrás que sufrir hasta que lo digas a tu director. No te faltarán contradicciones; pero te asistirá la gracia; no temas. Háblale a tu director con confianza y sencillez; ten confianza, no temas. Verás ciertas cosas; díselas. Recibirás inspiraciones en la oración."



Los dos lados de una Medalla Milagrosa.

 

Meses después, el 27 de noviembre, Catalina contó que la Virgen se le volvió a aparecer durante sus meditaciones vespertinas. La vio dentro de un marco oval, que se alzaba sobre un globo pisando una serpiente; de sus manos salían rayos de luz, algunos de los cuales no llegaban a tierra. Alrededor del margen del marco estaban inscritas las palabras "Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que acudimos a vos". La Virgen dijo: "Es la imagen de las gracias que reparto sobre las personas que me las piden", y para explicar porque algunos de los rayos proyectados no llegaba a tierra, agrega: "Es la imagen de las gracias de aquellos que se han olvidado de pedírmelas". Mientras Catalina contemplaba, la imagen pareció rotar, y se podía observar un círculo con doce estrellas, una gran letra M superpuesta por una cruz, y debajo las siluetas estilizadas del Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María. Catalina dijo que después la Virgen le pidió que tomara esas imágenes, se las llevara a su padre confesor, y le pidiera que las mismas debían ser impresas en medallas, añadiendo: "Todos aquellos que porten la medalla recibirán grandes gracias."

Después de dos años de entrevistas y de observación de la conducta de Catalina, el sacerdote informó al arzobispo de París de lo sucedido sin revelar la identidad de Catalina. La propuesta fue aceptada, se fabricaron las medallas y llegaron a ser muy populares. La doctrina de la Inmaculada Concepción aún no era oficial, pero la medalla con las palabras Concebida sin pecado influyó en el papa Pío IX al proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre de 1854.

 

Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, apariciones de la Virgen a santa Catalina Labouré

Esta devoción, surgida tras las apariciones de la Virgen a santa Catalina Labouré, no ha cesado de otorgar bendiciones, tal como Ella aseveró que sucedería a todo el que llevara pendida al cuello la medalla y lo hiciera con confianza.

 Por tercera vez esta sección de ZENIT dedica expresamente un espacio a María. En esta ocasión para ensalzar la Medalla Milagrosa, festividad del día, que tanta devoción suscita en todo el mundo. Como es bien conocido, tiene su origen en las sucesivas apariciones de la Virgen a santa Catalina Labouré, y en las indicaciones que Ella le dio. El bien que viene reportando desde que comenzó a difundirse es inconmensurable. Ha dado lugar a numerosas conversiones.

Los hechos extraordinarios se produjeron en la capilla de la casa madre que poseen en París las Hijas de la Caridad –comunidad a la que pertenecía Catalina–, sita en la rue du Bac, número 140, y en la que había ingresado el 21 de abril de 1830. De modo que cuando ese mismo año comenzó a recibir las gracias de María, era una feliz novicia que había tenido la fortuna de asistir a la solemne traslación de las reliquias de su fundador, san Vicente de Paúl; éstas se encontraban en Nôtre-Dame y fueron acogidas por los padres lazaristas en su capilla de la calle Sèvres. Él había sido quien en un sueño, aunque ella no había visto antes su efigie, le ayudó a dilucidar su vocación en un momento en el que dudaba acerca de la Orden en la que debía ingresar.

Ya en los primeros meses de noviciado sus superiores apreciaron su piedad, que sobresalía en medio de una inteligencia no especialmente brillante haciéndole pasar desapercibida. Su prudencia, la discreción que acompañaba a tantos rasgos de virtud, fueron también sus aliados para cumplir escrupulosamente la voluntad de la Virgen que no quiso que la noticia de sus apariciones vieran la luz en esos momentos. Catalina las confió únicamente a su confesor, el padre Aladel. La primera se produjo el 18 de julio de 1830 y lo que aconteció ese día, mientras la comunidad oraba, fue narrado por la religiosa al morir el sacerdote muchos años más tarde. Ella tan solo le sobrevivió unos meses.

Esta inicial visión de la santa y las sucesivas son bien conocidas por la profusa difusión que se les ha dado desde el primer momento. Antes de que se produjeran, Catalina había sido favorecida con distintas apariciones en las que, además de ver a su fundador, vio a Cristo presente en el Santísimo Sacramento y como «Rey crucificado». Pero ella deseaba vivir la gracia de la aparición de María que había solicitado por mediación de su fundador. Así que ese día de 1830, camino de la medianoche, mientras se hallaba en su lecho escuchó que alguien pronunciaba su nombre. Era un niño vestido de blanco, de cuatro o cinco años, quien le avisó de que la Virgen la estaba esperando. En pos del pequeño, que desprendía «destellos», caminó hacia la capilla y percibió el crujir de una delicada prenda. El misterioso niño hizo la presentación: «He aquí la Santísima Virgen», que ella acogió turbada, de modo que aquél tuvo que repetir estas palabras.

Sin salir de su asombro, la joven corrió a postrarse de rodillas ante la Virgen que la aguardaba sentada en un sillón junto al altar. Tuvo la inmensa gracia de poder apoyar sus manos sobre el halda de la Madre del cielo y de pasar junto a Ella lo que denominó el momento más feliz de su vida: «Sería imposible decir lo que experimenté. La Virgen me dijo cómo debía portarme con mi confesor y varias otras cosas». María le advirtió que Dios iba a confiarle una misión que le acarrearía tribulaciones, aunque las superaría buscando la gloria del Altísimo. En esa primera aparición ya le encomendó fundar la cofradía de las Hijas de María, indicación que fue materializada por el padre Aladel en 1840.

El 27 de noviembre de ese mismo año 1830, a las 17:30 h., hallándose en oración en la capilla, nuevamente vio a la Virgen vestida de blanco en dos escenas encadenadas. En una de ellas la contempló sobre un globo dorado rematado con una cruz; bajo sus pies oprimía a una serpiente. Le dijo: «Esta bola representa al mundo entero, a Francia y a cada persona en particular». En la segunda Catalina observó que de sus manos abiertas, cuyos dedos estaban enjoyados con bellísimos anillos de piedras preciosas, brotaban unos rayos de fulgurante intensidad que se extendían por doquier. La Virgen explicó: «Estos rayos son el símbolo de las gracias que María consigue para los hombres»A continuación, apresada esta milagrosa aparición en un semicírculo, Catalina vio emerger la siguiente inscripción en letras de oro: «¡Oh María sin pecado concebida!, ruega por nosotros que recurrimos a ti». Una voz le instó: «Haz acuñar una medalla según este modelo. Las personas que la lleven con confianza recibirán grandes gracias».

El prodigio culminó al contemplar el reverso de la medalla conformada por la Virgen; apreció que estaba compuesta por una cruz sobre la letra «M», inicial de María. Abajo estaba clausurada por dos corazones, uno de ellos coronado de espinas y otro atravesado por una espada, símbolo de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. En diciembre de ese mismo año mientras oraba de nuevo, pero en este caso detrás del altar, vio el cuadro de la medalla. Era la última ocasión en la que se produjo esta aparición: «Estos rayos son el símbolo de las gracias que la Virgen Santísima consigue para las personas que le piden… Ya no me verás más».

 Tal como vaticinó María, las pruebas llegaron enseguida. Su confesor, padre Aladel, fue el primero que no la creyó aconsejándole que se olvidara de ello. Pero, pasó el tiempo y el clamor interno para se cumpliera la petición de la Virgen persistía. El arzobispo de París, monseñor Quélen, tomó cartas en el asunto y concluyó reconociendo la autenticidad de los hechos. El padre Aladel acuñó la medalla, aunque faltaban algunos detalles. En la epidemia de cólera de 1832 la profusión que se hizo de la misma obró muchos milagros y conversiones. En 1846 el papa Gregorio XVI confirmó la veracidad de las apariciones. Catalina murió el 31 de diciembre de 1876.

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Ella se llamaba Catalina, o Zoé, para los más íntimos. Su mayor alegría era llevar la ración diaria para la multitud de palomas que habitaban la torre cuadrada del palomar de su casa. Cuando avistaban a la campesina, las aves se lanzaban en dirección a ella, Santa Catarina Labouré, envolviéndola, sumergiéndola, pareciendo querer arrebatarla y arrastrarla para las alturas. Cautiva de aquella palpitante nube, Catarina reía, defendiéndose contra las más precipitadas, acariciando las más tiernas, dejando su mano deslizar por la blancura de aquellos suaves pelajes. Durante toda la vida, guardará nostalgia de las palomas de su infancia: “Eran casi 800 cabezas”, acostumbraba a decir, no sin una puntita de tímido orgullo…

Catarina Labouré vino al mundo en 1806, en la provincia francesa de Borgoña, bajo el cielo de Fain-les-Moutiers, donde su padre poseía una estancia y otros bienes. A los nueve años perdió a la madre, una distinguida señora perteneciente a la pequeña burguesía local, de espíritu cultivado y alma noble, y de un heroísmo doméstico ejemplar. Abalada por el rudo golpe, desecha en lágrimas, Catalina abraza una imagen de la Santísima Virgen y exclama: “De ahora en adelante, seréis mi madre!”

Nuestra Señora no decepcionará a la muchacha que se entregaba a Ella con tanta devoción y confianza. A partir de entonces, la adoptó como hija dilecta, alcanzándole gracias superabundantes que solo hicieron crecer su alma inocente y generosa. Esa encantadora guardiana de palomas, en cuyos límpidos ojos azules se estampaban la salud, la alegría y la vida, así como la gravedad y sensatez venidas de las responsabilidades que temprano pesaron sobre sus jóvenes hombros, esa pequeña ama de casa modelo (y aún iletrada) tuvo sus horizontes interiores abiertos a la contemplación, conducentes a una hora de suprema magnificencia.

Con las Hijas de San Vicente

Cierta vez, un sueño dejó a Catalina intrigada. En la iglesia de Fain-les-Moutiers, ella ve un viejo y desconocido sacerdote, San Vicente de Paul, celebrando la Misa, cuya mirada la impresiona profundamente. Terminado el Santo Sacrificio, él hace una señal para que Catalina se aproxime. Temerosa, ella se aleja, entretanto fascinada por aquella mirada. Aún en el sueño, sale a visitar a un pobre enfermo, y reencuentra al mismo sacerdote, que esta vez le dice: “Hija mía, tú ahora te escapas… pero un día serás feliz en venir hasta mí. Dios tiene designios para ti. No te olvides de eso”. Al despertar, Catalina repasa en su mente aquel sueño, sin comprenderlo…

Algún tiempo después, ya con 18 años, ¡una inmensa sorpresa! Al entrar en el locutorio de un convento en Châtillon-sur-Seine, ella se depara con un cuadro en el cual está retratado precisamente aquel anciano de penetrante mirada: es San Vicente de Paul, Fundador de la congregación de las Hijas de la Caridad, que así confirma e indica la vocación religiosa de Catalina.

En efecto, a los 23 años, venciendo todos los intentos del padre para alejarla del camino que el Señor le trazara, Catalina abandona para siempre un mundo que no estaba a su nivel, y entra como postulante en aquel mismo convento de Chântillon-sur-Seine. Tres meses después, el 21 de abril de 1830, es aceptada en el noviciado de las Hijas de la Caridad, situado en la Rue du Bac*, en Paris, donde toma el hábito en enero del año siguiente.

Primera Aparición de Nuestra Señora

Desde su entrada en el convento de la Rue du Bac, Catalina Labouré fue favorecida por numerosas visiones: el Corazón de San Vicente, el Santísimo Sacramento, Cristo Rey y la Santísima Virgen. A pesar de la importancia de las otras apariciones, debemos detenernos en las de la Reina Celestial.

La primera tuvo lugar en la noche del 18 al 19 de julio de 1830, fecha en que las Hijas de la Caridad celebran la fiesta de su santo Fundador. De todo cuanto entonces sucedió, dejó Catalina minuciosa descripción: La Madre Marta nos hablara sobre la devoción a los santos, en particular sobre la devoción a la Santísima Virgen – lo que me dio deseos de verla – y me acosté con ese pensamiento: que en esta noche, yo vería a mi Buena Madre. Como nos habían distribuido un pedazo Madre de la Divina Gracia del roquete de lino de San Vicente, corté la mitad y la tragué, adormeciendo con el pensamiento de que San Vicente me daría la gracia de contemplar a la Santísima Virgen. En fin, a las once y media de la noche, oí a alguien llamarme:

– ¡Hermana Labouré! ¡Hermana Labouré!

Despertando, abrí la cortina y vi a un niño de cuatro a cinco años, vestido de blanco, que me dijo:

– ¡Levantaos de prisa y venid a la Capilla! La Santísima Virgen os espera.

Luego me vino el pensamiento de que las otras hermanas iban a oírme. Pero, el niño me dijo:

– Quedaos tranquila, son las once y media; todas están profundamente dormidas. Venid, yo os espero.

Me vestí de prisa y me dirigí a lado del niño, que permaneció de pie sin alejarse de la cabecera de mi lecho. Yo lo seguí. Siempre a mi izquierda, él lanzaba rayos de claridad por todos los lugares donde pasábamos, en los cuales los candelabros estaban encendidos, lo que me espantaba mucho. Sin embargo, mucho más sorprendida quedé al entrar en la capilla: luego que el niño tocó la puerta con la punta del dedo, ella se abrió. Y mi espanto fue todavía más completo cuando vi todas las velas y candelabros encendidos, lo que me recordaba la misa de media noche. Entre tanto, yo no veía a la Santísima Virgen.

El niño me condujo adentro del santuario, hasta el lado de la silla del director espiritual. Allí me arrodillé, mientras el niño continuó de pie. Como el tiempo de espera me estaba pareciendo largo, miré hacia la galería para ver si las hermanas encargadas de la vigilia nocturna no pasaban por allí.

Por fin, llegó el momento. El niño me alertó, diciendo:

– ¡Es la Santísima Virgen! ¡Hela aquí!

En ese instante, Catalina escucha un ruido, como el ligero sonido de un vestido de seda, viniendo de lo alto de la galería. Levanta los ojos y ve a una señora con un traje color marfil, que se prosterna delante del altar y viene a sentarse en la silla del Padre Director.

La vidente estaba en la duda si aquella era Nuestra Señora. El niño, entonces, no más con timbre infantil, sino con voz de hombre y en tono autoritario, dijo:

– ¡Es la Santísima Virgen!

La Hermana Catalina recordaría después:

-Di un salto junto a Ella, me arrodillé al pie del altar, con las manos apoyadas en las rodillas de Nuestra Señora… Allí se pasó el momento más dulce de mi vida. Me sería imposible explicar todo lo que sentí.

Ella dijo como me debo conducir junto a mi director espiritual, como comportarme en mis sufrimientos venideros, mostrándome con la mano izquierda el pie del altar, donde yo debo venir a lanzarme y expandir mi corazón. Allí recibiré todas las consolaciones que necesito. Yo le pregunté lo que significaban todas las cosas que viera y Ella me explicó todo:

– Hija mía, Dios quiere encargarte una misión. Tendrás mucho que sufrir, sin embargo has de soportar, pensando que lo harás para la gloria de Dios. Sabrás (discernir) lo que es de Dios. Serás atormentada, hasta por lo que dijeres a quien está encargado de dirigirte. Serás Nossa Senhora e Santa Catarina Labouré. Contrariada, pero tendrás la gracia. No temas. Decid todo con confianza y simplicidad. Serás inspirada en tus oraciones. El tiempo actual es muy ruin. Calamidades van a abatirse sobre Francia. El trono será derrumbado. El mundo entero se verá trastornado por males de todo tipo (la Santísima Virgen tenía un aire muy entristecido al decir esto). Pero vengan al pie de este altar: ahí las gracias serán derramadas sobre todas las personas, grandes y pequeñas, particularmente sobre aquellas que las pidan con confianza y fervor. El peligro será grande, sin embargo no debes temer: Dios y San Vicente protegerán a esta Comunidad.

Los hechos confirman las apariciones

Una semana después de esa bendita noche, explotaba en las calles de Paris la revolución de 1830, confirmando la profecía contenida en la visión de Santa Catalina. Desórdenes sociales y políticos derrumbaron al rey Carlos X, y por todas partes se verificaron manifestaciones de un anticlericalismo violento e incontrolable: iglesias profanadas, cruces lanzadas por tierra, comunidades religiosas invadidas, devastadas y destruidas, sacerdotes perseguidos y maltratados. Sin embargo, se había cumplido fielmente la promesa de la Virgen: los padres Lazaristas y las Hijas de la Caridad, congregaciones fundadas por San Vicente de Paul, atravesaron incólumes ese turbulento período.

Gracias abundantes y nuevas pruebas

Retornemos a aquellos maravillosos momentos en la capilla de la Rue du Bac, en la noche del 18 para el 19 de julio, cuando Santa Catalina, con las manos apoyadas sobre las rodillas de Nuestra Señora, escuchaba el mensaje que Ella le traía del Cielo. Dando seguimiento a sus narrativas, la vidente recuerda estas palabras de la Madre de Dios:

– Hija mía, me agrada derramar mis gracias sobre esta Comunidad en particular. Yo la amo demasiado. Sufro, porque hay grandes abusos y relajamiento en la fidelidad a la Regla, cuyas disposiciones no son observadas. Díselo a tu encargado. Él debe hacer todo lo que le sea posible para recolocar la Regla en vigor. Comunícale, de mi parte, que vigile las malas lecturas, las pérdidas de tiempo y las visitas.

Retomando un aspecto triste, Nuestra Señora agregó: Grandes calamidades vendrán. El peligro será inmenso. Pero no temas, Dios y San Vicente protegerán a la comunidad. Yo misma estaré con vosotros. He velado siempre por vosotros y os concederé muchas gracias. Vendrá un momento en que pensarán que está todo perdido. Ten confianza, yo no os abandonaré. Conoceréis mi visita y la protección de Dios y de San Vicente sobre las dos comunidades. No se dará lo mismo con otras congregaciones. Habrá víctimas (al decir eso, la Santísima Virgen tenía lágrimas en los ojos). Habrá bastantes víctimas en el clero de París…El Arzobispo morirá. Hija mía, la Cruz será despreciada y derribada por tierra. La sangre correrá. Se abrirá de nuevo el costado de Nuestro Señor. Las calles estarán llenas de sangre. El Arzobispo será despojado de sus vestimentas (aquí la Santísima Virgen no podía hablar más; el sufrimiento estaba estampado en su rostro). Hija mía, el mundo todo estará en la tristeza.

Escuchando estas palabras, pensé en cuando eso ocurriría. Y comprendí muy bien: cuarenta años.

Nueva confirmación

De hecho, cuatro décadas después, al final de 1870, Francia y Alemania se enfrentaron en un sangriento conflicto, en el que la superioridad de armamentos y de disciplina militar dieron a las fuerzas germánicas una fulminante victoria sobre el mal entrenado ejército francés. Como consecuencia de la derrota, nuevas convulsiones político-sociales estallaron en Paris, perpetradas por un movimiento conocido bajo el nombre de “La Comuna”. Tales desórdenes dieron lugar a nuevas violentas persecuciones religiosas.

Conforme a las previsiones de la Virgen, fue fusilado en la cárcel el Arzobispo de París, monseñor Darboy. Poco después, los rebeldes asesinaron veinte dominicos y otros rehenes, clérigos y soldados. Entre tanto, los Lazaristas y las Hijas de la Caridad una vez más atravesaron incólumes ese período de terror, exactamente como la Santísima Virgen prometiera a Santa Catalina: “Hija mía, conoceréis mi visita y la protección de Dios y de San Vicente sobre las dos comunidades. Pero no ocurrirá lo mismo con otras Congregaciones.”

Mientras las demás hermanas eran presas de pavor en medio a los insultos, injurias y persecuciones de los anarquistas de la Comuna, Santa Catalina era la única en no tener miedo: “Esperad” – decía, “la Virgen velará por nosotros… ¡No nos acontecerá ningún mal!”

Y aun cuando los rebeldes invadieron el convento de las Hijas de la Caridad y de ahí las expulsaron, la santa vidente no sólo aseguró a la Superiora que la propia Santísima Virgen guardaría la casa intacta, sino además previó que todas estarían de vuelta dentro de un mes, para celebrar la fiesta de la Realeza de María. Al retirarse, Santa Catalina agarró la corona de la imagen del jardín y dijo a ella: “Yo volveré para coronaros el día 31 de mayo”.

Estas y otras revelaciones concernientes a la Revolución de la Comuna se realizaron puntualmente, conforme fueron anunciadas cuarenta años antes por Nuestra Señora.

Pero, retrocedamos a aquella bendita noche de julio de 1830, en la capilla de la Rue du Bac. Después del encuentro con la Madre de Dios, Santa Catalina no cabía en sí de tanta consolación y alegría. Ella recordaría más tarde:

No sé cuánto tiempo permanecí allá. Todo lo que sé es que, cuando Nuestra Señora partió, tuve la impresión de que algo se apagaba, y apenas percibí una especie de sombra que se dirigía hacia el lado de la galería, haciendo el mismo recorrido por el cual Ella había llegado. Me levanté de las escaleras del altar y vi al niño donde él se había quedado. Me dijo:

– Ella partió.

Retomamos el mismo camino, de nuevo todo iluminado, mientras el niño permanecía a mi izquierda. Creo que era mi Ángel de la Guarda, que se había vuelto visible para hacerme contemplar a la Santísima Virgen, atendiendo a las insistentes súplicas que yo le hiciera en este sentido. Él estaba vestido de blanco y llevaba consigo una luz milagrosa, o sea, estaba resplandeciente de luz. Su edad giraba en torno de cuatro o cinco años.

Retornando a mi lecho (eran las dos de la mañana, pues oí sonar la hora), no conseguí dormir más…

Segunda aparición: la Medalla Milagrosa

Cuatro meses transcurrieron desde aquella prodigiosa noche en que Santa Catalina contemplara por la primera vez a la Santísima Medalla Milagrosa. En la inocente alma de la religiosa crecían las añoranzas de aquel bendito encuentro y el deseo intenso de que le fuese concedido de nuevo el augusto favor de volver a ver a la Madre de Dios. Y así fue atendida. Era el 27 de noviembre de 1830, sábado. A las cinco y media de la tarde, las Hijas de la Caridad se encontraban reunidas en su capilla de la Rue du Bac para el acostumbrado período de meditación. Reinaba perfecto silencio en las hileras de las monjas y novicias. Como las demás, Catarina se mantenía en profundo recogimiento. Súbitamente…

Me pareció oír, del lado de la galería, un ruido como el sonido ligero de un vestido de seda. Habiendo mirado para ese lado, vi a la Santísima Virgen a la altura del cuadro de San José. De estatura media, su rostro era tan bello que me sería imposible decir su belleza.

La Santísima Virgen estaba de pie, trayendo un vestido de seda blanco-aurora, hecho según el modelo que se llama a la Vierge, mangas lisas, con un velo blanco que le cubría la cabeza y descendía de cada lado hasta abajo. Bajo el velo, vi los cabellos repartidos al medio, y por arriba un encaje de más o menos tres centímetros de altura, sin fruncido, esto es, apoyado ligeramente sobre los cabellos. El rostro bastante descubierto, los pies posados sobre una media esfera. En las manos, elevadas a la altura del estómago de manera muy natural, Ella traía una esfera de oro que representaba el globo terrestre. Sus ojos estaban vueltos hacia el Cielo… Su rostro era de una incomparable belleza. Yo no sabría describirlo…

De repente, percibí en sus dedos anillos revestidos de bellísimas piedras preciosas, cada una más linda que la otra, algunas mayores, otras menores, lanzando rayos para todos lados, cada cual más estupendo que el otro. De las piedras mayores partían los más magníficos fulgores, ampliándose a medida que descendían, lo que llenaba toda la parte inferior del lugar. Yo no veía los pies de Nuestra Señora.

En ese momento, cuando yo estaba contemplando a la Santísima Virgen, Ella bajó los ojos, fijándolos en mí. Y una voz se hizo oír en el fondo de mi corazón, diciendo estas palabras:

– La esfera que ves representa al mundo entero, especialmente Francia… y cada persona en particular…

No se exprimir lo que sentí y lo que vi en ese instante: el esplendor y la cintilación de unos rayos tan maravillosos…

– Estos (rayos) son el símbolo de las gracias que Yo derramo sobre las personas que me las piden – agregó Nuestra Señora, haciéndome comprender cuan agradable es rezar a Ella, cuanto Ella es generosa con sus devotos, cuantas gracias concede a las personas que las ruegan, y que alegría Ella siente al concederlas.

– Los anillos de los cuales no parten rayos (dirá después la Santísima Virgen), simbolizan las gracias que se olvidan de pedirme.

En ese momento se formó un cuadro en torno a Nuestra Señora, un poco oval, en lo alto del cual estaban las siguientes palabras: “Oh María concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a Vos”, escritas en letras de oro.

Una voz se hizo oír entonces, diciéndome:

– Haced acuñar una medalla conforme a este modelo. Todos los que la usen, trayéndola al cuello, recibirán grandes gracias. Estas serán abundantes para aquellos que la usen con confianza…En ese instante, el cuadro me pareció girar y vi el reverso de la medalla: en el centro, el monograma de la Santísima Virgen, compuesto por la letra “M” encimada por una cruz, la cual tenía una barra en su base. Abajo figuraban los Corazones de Jesús y de María, el primero coronado de espinas, y el otro, traspasado por una espada. Todo desapareció como algo que se extingue, y quedé repleta de buenos sentimientos, de alegría y de consolación.

Santa Catalina dirá, más tarde a su Director Espiritual haber visto las figuras del reverso de la medalla contornadas por una guirnalda de doce estrellas. Tiempo después, pensando si algo más debía serles agregado, oyó durante la meditación una voz que decía:

– La M y los dos corazones son suficientes.

Tercera aparición

Pasados algunos días, en diciembre de 1830, Nuestra Señora se apareció por tercera y última vez a Santa Catalina. Como en la visión anterior, Ella vino en el período de meditación vespertina, haciéndose preceder por aquel característico ruido ligero de su vestido de seda. De allí a poco, la vidente contemplaba a la Reina del Universo, en su traje color de aurora, revestida de un velo blanco, asegurando nuevamente un globo de oro con una pequeña cruz arriba. Dos anillos adornados de piedras preciosas, con intensidades diversas, la misma luz, radiante como la del sol. Contó después Santa Catalina:

Es imposible expresar lo que sentí y comprendí en el momento en que la Santísima Virgen ofrecía el Globo a Nuestro Señor. Como estaba con la atención ocupada en contemplar a la Santísima Virgen, una voz se hizo oír en el fondo de mi corazón: Estos rayos son símbolo de las gracias que la Santísima Virgen obtiene para las personas que las piden.

Estaba llena de buenos sentimientos cuando todo desapareció como algo que se apaga. Y quedé repleta de alegría y de consolación…

El acuñar de las primeras medallas

Se cerraba así el ciclo de las apariciones de la Santísima Virgen a Santa Catalina. Esta, entretanto, recibió un consolador mensaje: “Hija mía, de aquí en adelante no me verás más; sin embargo oirás mi voz durante tus oraciones”. Todo cuanto presenciara y le fuera transmitido, Santa Catalina lo relató a su director espiritual, el padre Aladel, que mucho dudó en darle crédito. Él consideraba soñadora, visionaria y alucinada a esa novicia que todo le confiaba e insistentemente imploraba:

– ¡Nuestra Señora quiere esto… Nuestra Señora está descontenta…es necesario acuñar la medalla!

Dos años de tormento trascurrieron. Por fin, el padre Aladel resuelve consultar al Arzobispo de París, Mons. Quelen, que lo anima a llevar adelante ese santo emprendimiento. Solo entonces encomienda a la Casa Vachette las primeras veinte mil medallas. El acuñaje iba empezar, cuando una epidemia de cólera, venida de Rusia a través de Polonia, irrumpió en París el 26 de marzo de 1832, esparciendo la muerte y la calamidad. La devastación fue tal que, en un único día, se registraron 861 víctimas fatales, siendo que el total de óbitos aumentó a más de veinte mil.

Las descripciones de la época son aterradoras: el cuerpo de un hombre en perfectas condiciones de salud se reducía al estado de esqueleto en apenas cuatro o cinco horas. Casi en un piscar de ojos, jóvenes llenos de vida tomaban aspecto de viejos carcomidos, y luego después eran horripilantes cadáveres. En los últimos días de mayo, cuando la epidemia pareció retroceder, se inició de hecho el cuñaje de las medallas. Entretanto, en la segunda quincena de junio, un nuevo brote de la tremenda enfermedad lanzaba una vez más el pánico entre el pueblo. Finalmente, la Casa Vachette entregó en el día 30 de ese mes las primeras 1500 medallas, que luego fueron distribuidas por las Hijas de la Caridad y abrieron un interminable cortejo de gracias y milagros.

La conversión del joven Ratisbonne

Los prodigios de la misericordia divina, operados a través de la Medalla corrieron de boca en boca por toda Francia. En pocos años, ya se difundía por el mundo entero la noticia de que Nuestra Señora había indicado personalmente a una religiosa, Hija de la Caridad, el modelo de una medalla que mereció inmediatamente el nombre de “Milagrosa”, porque inmensos y copiosos eran los favores celestiales alcanzados por los que la usaban con confianza, según la promesa de la Santísima Virgen.

En 1839, más de diez millones de medallas ya circulaban por los cinco continentes, y los registros de milagros llegaban de todos los lados: Estados Unidos, Polonia, China, Etiopía…

Ninguno, sin embargo, causó tanta sorpresa y admiración cuando el noticiado por la prensa en 1842: un joven banquero,emparentado con la millonaria familia Rothschild, judío de raza y religión, yendo a Roma con ojos críticos en relación a la Fe Católica, se convirtió súbitamente en la Iglesia de San Andrea delle Fratte. La Santísima Virgen se le apareciera con las mismas características de la Medalla Milagrosa: “Ella nada dijo, pero yo lo comprendí todo”, declaró Alfonso Tobías Ratisbone, que pronto rompió un promisorio noviazgo y se tornó, en el mismo año, novicio jesuita. Más tarde se ordenó sacerdote y prestó relevantes servicios a la Santa Iglesia, bajo el nombre de Padre Alfonso María Ratisbone.

Cuatro días antes de su feliz conversión, el joven israelí había aceptado, a regañadientes, la imposición de su amigo, el Barón de Bussières: había prometido rezar todo el día un “Acordaos” (conocida oración compuesta por San Bernardo de Claraval) y llevar al cuello una Medalla Milagrosa. Y él la traía consigo cuando Nuestra Señora se le apareció…Esta espectacular conversión conmovió toda la aristocracia europea y tuvo repercusión mundial, tornando aún más conocida, buscada y venerada la Medalla Milagrosa. Entretanto, nadie – ni la Superiora de la Rue du Bac ni mismo el Papa – sabían quién era la religiosa elegida Nuestra Sra de las Gracias por Nuestra Señora para canal de tantas gracias. Nadie… excepto el Padre Aladel, que envolvía todo en el anonimato. Por humildad, Santa Catarina Labouré mantuvo durante toda la vida una absoluta discreción, no dejando nunca trasparecer el celeste privilegio con que fuera contemplada.

Para ella importaba apenas la difusión de la medalla: era su misión… ¡y estaba cumplida!

La figura de Nuestra Señora en la Medalla

A propósito de la figura de Nuestra Señora, con las manos y los brazos extendidos, tal como aparece en la Medalla Milagrosa, se levanta una delicada y controvertida cuestión.

De los manuscritos de Santa Catalina se puede inferir que Nuestra Señora le apareció tres veces, dos de las cuales ofreciendo el globo a Nuestro Señor. En ninguno de esos numerosos autógrafos hay alguna mención al momento en que la Madre de Dios habría extendido sus brazos y sus virginalísimas manos, como se ve en la Medalla Milagrosa y en los primeros cuadros representativos de las apariciones.

Esa divergencia entre las descripciones de Santa Catalina y la representación de la Medalla Milagrosa fue prontamente señalada por el biógrafo de la vidente, monseñor Chevalier, al declarar en 1896 en el proceso de beatificación que “no llego a comprender por qué el padre Aladel suprimió el globo que la Sierva de Dios siempre me afirmó haber visto en las manos de la Santísima Virgen. Soy llevado a creer que él actuó así para simplificar la medalla”.

Sin embargo, si es lamentable esta “simplificación” hecha por el padre Aladel, ella no debe causar la menor perturbación. Sobre la Medalla Milagrosa, tal cual es conocida y venerada hoy en el mundo entero, posaron las bendiciones de la Santísima Virgen. Es lo que, indudablemente, se deduce de las incontables e insignes gracias, de los fulgurantes e innúmeros milagros que ha ocasionado, así como de la reacción de Santa Catarina al recibir las primeras medallas acuñadas por la Casa Vachette, dos años después de las apariciones: “¡Ahora es necesario propagarla!”, exclamó ella.

Acerca del globo, que no figura en la Medalla, una decisiva confidencia aleja cualquier duda. En 1876, poco antes de fallecer, al ser interrogada por su Superiora, Madre Juana Dufès, Santa Catalina respondió categóricamente:

– ¡Oh! ¡No se debe tocar en la Medalla Milagrosa!

La glorificación de Catalina

Durante 46 años de una vida toda interior y escrupulosamente recogida, Santa Catalina permaneció fiel a su anonimato. ¡Milagroso silencio! Seis meses antes de su fin, imposibilitada de ver a su confesor, recibió del Cielo la autorización – quizá la exigencia – de revelar a su Superiora quien era la monja honrada por la Santísima Virgen por un acto de confianza sin igual. Delante de la anciana y ya claudicante hermana, en relación a la cual había sido por veces severa, la Superiora se arrodilló y se humilló. Tanta simplicidad en la grandeza confundía su soberbia.

Santa Catalina falleció dulcemente el 31 de diciembre de 1876, siendo enterrada tres días después en una sepultura cavada en la capilla de la Rue du Bac. Pasadas casi seis décadas, el 21 de marzo de 1933, su cuerpo exhumado apareció incorrupto a la vista de los asistentes. Un médico irguió los párpados de la santa y retrocedió, reprimiendo con dificultad un grito de espanto: los magníficos ojos azules que contemplaron la Santísima Virgen parecían todavía, después de 56 años de túmulo, palpitantes de vida.

La Iglesia elevó a Santa Catarina Labouré a la honra de los altares el 27 de julio de 1947. A los tesoros de gracias y misericordias esparcidos por la Medalla Milagrosa en todo el mundo, iban agregarse las benevolencias y favores obtenidos por la intercesión de aquella que viviera en la sombra, escondida con Jesús y María.

Hoy, cualquier fiel puede venerar el cuerpo incorrupto de la santa, expuesto en la Casa de las Hijas de la Caridad, en París. Antiguamente allí, en las horas de oración y recogimiento, el abalanzar de las cofias de las religiosas arrodilladas en hileras delante del altar, recordaba un disciplinado vuelo de palomas blancas…

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En la primera aparición María le dijo: “te voy a encomendar una misión”. Esa misión fue la construcción de la medalla de la Virgen de la Milagrosa. Un diseño con el que la Virgen quería que los fieles sintieran una protección y pudieran recordarla día a día, fortaleciendo así su fe. María le dijo: “Haz acuñar una medalla según este modelo. Quienes la lleven puesta recibirán grandes gracias, especialmente si la llevan alrededor del cuello”.

Durante la segunda aparición, la Virgen le contó cómo tenía que ser la delantera de la medalla. En esta cara de la medalla aparece María de pie sobre el mundo, y aplastando una serpiente, que representa al demonio. Además, de sus manos salen unos rayos que significan las gracias.

Durante la tercera aparición, le dijo cómo tenía que ser el reverso de la Medalla. En esta parte hay un Sagrado Corazón de Jesús rodeado por una corona de espinas y el Inmaculado Corazón de María traspasado por una lanza. Además, aparece la letra “M” de María entrelazada a una cruz. Bordeando la medalla se pueden observar doce estrellas que hacen referencia a los Apóstoles.

Santa Catalina Labouré le explicó a su confesor cada una de estas apariciones. Pero no reveló que había recibido el diseño de la Medalla hasta un poco antes de su muerte, 47 años después.

La Iglesia aprobó la distribución de las primeras medallas en 1832 en París.



Asociación de la Medalla Milagrosa

La historia de la Medalla Milagrosa

La Medalla Milagrosa

¡La Medalla de la Inmaculada Concepción —popularmente conocida como la Medalla Milagrosa— fue diseñada según las indicaciones de la misma Santísima Virgen! Por eso no es de extrañar que obtenga tan extraordinarias gracias para aquellos que la llevan puesta y rezan por la intercesión y el socorro de María.

La primera aparición


 

La historia comienza la noche entre el 18 y 19 de julio de 1830. Un niño (tal vez su ángel de la guarda), despertó a la Hermana (ahora santa) Catalina Labouré, una novicia en la comunidad de las Hijas de la Caridad en París, y le pidió que fuera a la capilla. Allí, Catalina se reunió con la Virgen María y conversó con ella por varias horas. Durante la conversación María le dijo: “Mi niña, te voy a encomendar una misión”.

La segunda aparición


 

María le dio esta misión en una visión mientras meditaba la noche del 27 de noviembre de 1830. Catalina vio a María parada en lo que parecía ser la mitad de un globo y sosteniendo una esfera dorada en sus manos como si estuviera ofreciéndola al cielo. Nuestra Señora le explicó que la esfera representaba a todo el mundo, pero especialmente a Francia. Los tiempos eran difíciles en Francia, especialmente para los pobres que estaban desempleados, y para los refugiados de las diversas guerras de ese tiempo. Francia fue el primer país en experimentar muchos de estos problemas, los cuales finalmente alcanzaron otras partes del mundo e incluso siguen presentes hoy día. De los anillos en los dedos de María, mientras sostenía la esfera, salían muchos rayos de luz. María explicó que los rayos simbolizan las gracias que ella obtiene para aquellos que las pidan. Sin embargo, algunas de las joyas en los anillos estaban apagadas. María explicó que los rayos y las gracias estaban disponibles, pero nadie las había pedido.

La tercera aparición y la Medalla Milagrosa

 

En la tercera aparición, la visión cambió para mostrar a Nuestra Señora parada sobre un globo con sus brazos extendidos y con los rayos de luz todavía saliendo de sus dedos. Dando forma a la figura había una inscripción: “Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti”.

El significado de la parte frontal de la Medalla Milagrosa


 

María está de pie sobre un globo, aplastando la cabeza de una serpiente bajo sus pies. Se para sobre el globo, como la Reina del cielo y de la tierra. Sus pies aplastan la serpiente para proclamar que Satanás y todos sus partidarios no tienen poder frente a ella. El año 1830 que aparece en la Medalla Milagrosa es el año en que la Santísima Virgen dio el diseño de la Medalla a santa Catalina Labouré. La referencia a María concebida sin pecado manifiesta el dogma de la Inmaculada Concepción de María —a no confundirse con el nacimiento virginal de Jesús y que se refiere a María sin pecado, “llena de gracia” y “bendita entre todas las mujeres” (Lucas 1:28)— que fue proclamado 24 años más tarde, en 1854.

El significado del reverso de la Medalla Milagrosa

La visión de Catalina continuó y pudo ver el diseño al reverso de la medalla. Doce estrellas rodean una “M” grande de la que surge una cruz. Debajo hay dos corazones con llamas surgiendo de ellos. Un corazón está rodeado de espinas y el otro perforado por una espada.

Las doce estrellas se refieren a los Apóstoles, que representan la Iglesia entera en torno a María. También nos recuerdan la visión de san Juan, escritor del Apocalipsis (12:1), donde “un gran signo apareció en el cielo, una mujer vestida con el sol, y la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas”. La cruz simboliza a Cristo y nuestra redención, con la barra bajo la cruz simbolizando la tierra. La “M” representa a María, y su inicial entrelazada con la cruz demuestra la estrecha participación de María con Jesús y en nuestro mundo. En esto vemos el papel de María en nuestra salvación y su función como madre de la Iglesia. Los dos corazones representan el amor de Jesús y de María para nosotros (ver también Lucas 2:35).

El mensaje de María a Catalina

Entonces María dijo a Catalina: “Haz acuñar una medalla según este modelo. Quienes la lleven puesta recibirán grandes gracias, especialmente si la llevan alrededor del cuello”. Catalina le explicó a su confesor cada una de las apariciones con detalle. Ella no reveló que había recibido el diseño de la Medalla hasta un poco antes de su muerte, 47 años después.

Con la aprobación de la Iglesia, las primeras Medallas fueron creadas en 1832 y distribuidas en París. Casi inmediatamente, las bendiciones que María había prometido empezaron a derramarse sobre aquellos que llevaban puesta su medalla. La devoción se propagó como fuego. Milagros de gracias, salud, paz y prosperidad siguieron. Dentro de poco, la gente comenzó a llamarla “la Medalla Milagrosa”. En 1836 se emprendió una investigación canónica en París declarando las apariciones auténticas.

No existe superstición, ni magia, en relación con la Medalla Milagrosa. La Medalla Milagrosa no es un “amuleto de buena suerte”. Más bien, es un gran testimonio de fe y confianza en el poder de la oración. Sus milagros más grandes son de paciencia, de perdón, de arrepentimiento y de fe. Dios usa una medalla, no como un sacramento, sino como un agente, un instrumento que trae consigo gracias maravillosas. “Las cosas débiles de esta tierra Dios las ha escogido para confundir a los fuertes”.

Cuando la Santísima Virgen dio el diseño de la medalla a santa Catalina Labouré, le dijo: “Ahora deben dársela a todo el mundo y a cada persona”. La Asociación de la Medalla Milagrosa en Perryville, Misuri, lleva a cabo la petición de Nuestra Señora de muchas maneras, incluyendo la de ofrecerle a usted una Medalla Milagrosa gratis.

Me gustaría compartir un testimonio sobre las bendiciones que he recibido de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa…

Estimado Padre:

Mi esposo era adicto a las drogas y por eso terminó en la cárcel. Al principio no sabía si permanecer con él o hacer mi propia vida. Dejando de lado sus problemas, siempre fue un gran esposo y un maravilloso padre para nuestras hijas. Yo comencé a rezar a Nuestra Señora y a muchos santos. A través de la oración, mi corazón se hizo fuerte y quise luchar por mi matrimonio. Mi esposo encontró el apoyo legal que necesitaba, y fue puesto en libertad más pronto de lo esperado para estar con su familia y sanar. Siempre le estaré agradecida a la Virgen María por todo su amor y su intercesión para salvar nuestro matrimonio y mantener a nuestra familia unida. Nuestro matrimonio es mucho más fuerte que antes de estas pruebas. Les recomiendo a todos que confíen en Dios y en Nuestra Señora. Las oraciones funcionan. Solo hay que pedir con fe.  

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O quiste hidatídico de miña nai, Irene Vilabella Fernández.

Coas técnicas actuáis (Tirado de Internet):

La Técnica Anestésica de elección en nuestro servicio es la realización de una anestesia combinada, con la colocación de catéter peridural continuo para el tratamiento del dolor post operatorio y colocación de una vía venosa profunda.

Se realiza una Anestesia General Balanceada y siempre (mandatorio) una intubación bronquial selectiva, a fin de aislar correctamente un pulmón de otro.

Dado que en esta cirugía se realiza toracotomía con ventilación unipulmonar, deben extremarse los controles vitales: ECG, Pulsioximetría, EtcO2 y control de Presión de la vía Aérea son imprescindibles a fin de asegurar la correcta oxigenación y ventilación del paciente.

La técnica quirúrgica consiste en la extracción de el o los quistes y la sutura de las fístulas bronquiales.

Deben extremarse los controles de todo el personal afectado a la cirugía para evitar el contacto con los quistes extraídos y prevenir el posible contagio de la enfermedad.

Control del dolor postoperatorio

Se realiza mediante la infusión continua de Bupivacaína-Fentanilo a través del catéter peridural y se complementa con Aines por vía E/V. La permanencia del catéter es en nuestro medio de 48-72 Hs.(tiempo de estadía en UTI) y se continúa luego con medicación parenteral. El tiempo de permanencia de los tubos de drenaje pleural ronda los 4-5 días (hasta que desaparece la aeroragia). El alta del paciente se da a los 7-10 días.

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O dela foi así:

Deu en sentirse, máis que mal, malísima. O seu home, meu pai, levouna aos tres médicos da bisbarra: Castroverde, Cádavo e Meira. Pero en vista de que ía a peor, e de que aqueles médicos lle diagnosticaran “Tuberculosis”, ordenándolles que estivese apartada dos fillos, que non tocásemos nada do que ela tocase, etc., decidíronse ir a Lugo, onde a atendeu o seu parente Luis Vilabella, que aquel día estaba acompañado do cirurxián Garcia Zabarte. Diagnóstico: Quiste hidatídico. Operación urxente, e ademais, perigosa.



Asustada en Lugo, levárona a Madrid os nosos parentes, logrando ingresala no Hospital da Princesa.



O hospital da Princesa, daquela.

A operación foi incompleta pois non lle puideron sacar o enraizamento do quiste, deixándolle aberta, nas costelas, unha ferida enorme para facerlle unha segunda intervención se melloraba algo o seu estado, séxase, por se tiña posibilidades de resistir una segunda operación.

A todo isto, as monxas da Caridade, que a atendían pero que xa a vían cadáver, puxéronse ao pé da súa cama a unha novena á Virgen Milagrosa, poñéndolle á enferma unha medalla. Exactamente aos 9 días o cirurxián (non lembro con seguridade o seu nome, mais paréceme recordar que se apelidaba Cardenal) pasouna ao quirófano, e anestesiárona, pero..., ao reabri-la ferida, atopáronse..., coa sorpresa inexplicable, cientificamente, de que aquelas raíces do quiste, desaparecerán, sen deixar rastro! Coseron, e a continuación, médico, enfermeiras e monxas, de xeonllos, déronlle as súas máis expresivas grazas á Medalla Milagrosa!

Cando volveu mamá para o noso Bergland, levounos unha revista da Milagrosa, que se editaba daquela polos PP. Paúles, en Madrid, na rúa García de Paredes.

 



¡Cantas veces lle din as grazas, aquí, de xeonllos!

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¡Salvados!



¡Por este De Soto, si, pero a man salvadora foi a da nosa Medalla Milagrosa!

(O mesmo día que o comprei, aínda sen dar de alta para a matrícula de Ifni)

 

Francia déralles, aceptáralles, a Independencia, así que a maior parte dos franceses fóronse da súa Zona marroquí; un deles vendeume este De Soto, no que puxemos tódalas ilusións de vir, ¡presumindo!, de vacacións, á nosa Galicia, por estrada, pasando pola antiga Zona. O noso Gobernador, -nin el nin os seus subordinados-, nada nos advertiron de que por aqueles días estabamos no punto de mira magrebí: Primeiro axudarámoslles a facerlles a vida imposible aos franceses, pero, a continuación..., a nosa quenda!

Era Maio do ano 1957... Xa ás portas de Safí, nun tramo rectilíneo, anchísimo, de pronto..., un camión aberto, con mozos do Istiqlal, con bandeiras e vociferantes, que se achega na dirección contraria. O noso coche xa levaba a nova matrícula, a nosa, a de Ifni. ¿Avisáranos de Sidi Ifni, ou foi unha simple, ¡de simple, nada!, reacción daqueles terroristas, ao recoñecer o auto? ¿Esquecéranse de que España, a través do noso Goberno, os tivera acollidos, ¡e pagándolles!, cada vez que atentaban contra os franceses? Como xa estaban esixindo a retrocesión de Ifni, ¿estorbáballes o Banco Exterior de España, que non eu, pagador do Exército Español, e por tanto, inimigo a vencer?

Ladearon o camión ao chegar á nosa altura, e..., ¡Zas! ¡Tres voltas de campá, co coche medio desfeito e as portas abertas! O noso fillo, a oito ou dez metros, na cuneta, pero ileso. Estrela Xosefina debaixo dunha roda, das traseiras, sangrando por oito ou dez feridas. ¿Os atacantes? ¡Seguiron a cen, seguro que ben satisfeitos pola súa vitoria, pola súa desfeita!

¿A Medalla Milagrosa? ¡Pois claro, que de non ser por ela, eu, de inmediato, ao purgatorio! Pero o milagre aínda non rematara:

Non pasaran nin cinco minutos cando freou o auto dun matrimonio francés, que nos recolleron, levando:

-Á ferida, para o hospital moruno, onde uns señores ¿médicos?, que eran practicantes tres meses antes, a coseron de mala maneira; ¡o mellor que souberon e puideron!

-A min, co neno, ao convento dos Franciscanos, porque lles dixen que alí tiña un amigo, o P. Gonzalo García Gómez, que o coñecía dun triduo que dera en Sidi Ifni.



Terciarios en Ifni. Nesta foto non sae o P. Gonzalo.

Os franciscanos dixéronme que había que retirar á enferma e levala á clínica dun médico holandés, amigo deles, que aínda seguía en Safí. No hospital puxeron pegas, pero acabaron acatando aos franciscano, de tanto que os apreciaban. O holandés, revisoulle aqueles cosidos...; ao neno recolleuno un matrimonio amigos dos frades...; eu, que saíra ileso, ¡tamén milagrosamente!, cos mecánicos dun taller, tamén amigos dos frades, aínda que musulmáns, fomos cunha grúa, a recoller o auto. ¿A equipaxe? ¡Desaparecera, evaporárase! ¿Foron os do camión terrorista? ¡Se cadra, si; se cadra volveron pola equipaxe, pero non por nós!

Aos quince días, residindo para daquela cos mesmos franciscanos, fixémonos esta foto de despedida; de despedida, pero de agradecemento perpetuo. No coche reparado, saímos para Lugo, traendo ao P. Gonzalo, que de paso que nos acompañaba viña para ve-los seus parentes, en Ribadavia.





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En España

Eu xa sabía que vendían imaxes da Milagrosa na librería dos PP. Paúles. Merquei unha para Montecubeiro. ¡A nosa devoción persoal, familiar, tiñámola que compartir coa nosa Parroquia! O Párroco, D. Benito Castro Piñeira autorizounos para levala á igrexa; e o Cura Villamarín, de Xerbolés, foi predicar a entronización da mesma.



 

 



 



Nas nosas Vodas de Ouro.



¡Sempre con, e por, a Milagrosa!

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LA

VIRGEN MARÍA

EN LA

MEDALLA MILAGROSA

 

De Miguel Gómez, C.M.

8.- La Medalla Milagrosa revela la presencia de la Virgen en la vida cristiana.

En nuestro encuentro con la Sagrada Escritura lo primero que adoramos es la Persona, que se revela al hombre: DIOS.

La mayor promesa que Dios hizo a su pueblo es su presencia. “Yo estaré contigo”, -dice Dios a Abraham, a Isaac, a Jacob, a Josué… “Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo”, -dice Dios a Israel. La presencia significa amor y protección.

A Dios nadie le ve. (1 Jn. 4,20. Ex. 33,20. Jn. 1,18).

Dios se hace presente por un signo. A los patriarcas, comunicando con ellos por medio de ángeles y por la prosperidad de los bienes materiales. En el pueblo de Israel significan la presencia de Dios, el Arca Santa, el templo y la ciudad de Jerusalén.

Jesucristo es el Emmanuel: Dios con nosotros. Cuando Jesús vuelve al Padre promete a los suyos estar siempre con ellos: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos. (Mt. 28,20).

Jesucristo está presente en su Iglesia por la proclamación de la Palabra, en la asamblea cristiana, en el ministerio, en los sacramentos, y muy particularmente en la Sagrada Eucaristía, como Sacrificio y como Sacramento.

Cuando Jesús muere en la cruz entrega su Madre a la Iglesia: “Ahí tienes a tu Madre”; y entrega la Iglesia a su Madre: “Ahí tienes a tu hijo”. (Jn.19, 26-27).

La Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y ensalzada por el Señor como Reina del universo con el fin de asemejarse de forma más perfecta a su Hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muerte.

María es nuestra Madre en el orden de la gracia. Esta maternidad de María en la economía de la gracia perdura sin cesar desde el momento de su asentimiento, que prestó fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz hasta la consumación perpetua de los elegidos, pues asunta a los cielos NO HA DEJADO ESTA MISIÓN SALVADORA, SINO QUE POR LA MÚLTIPLE INTERCESIÓN CONTINÚA OBTENIÉNDONOS LOS DONES DE LA SALVACIÓN ETERNA.

María, ensalzada por gracia de Dios, después de su Hijo, por encima de todos los ángeles y de todos los hombres, por ser Madre santísima de Dios, que tomó parte en los misterios de Cristo, es justamente honrada en la Iglesia con un culto especial, y ciertamente desde los tiempos antiguos. La Santísima Virgen es venerada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles se acogen en todos los peligros y necesidades. Por este motivo, principalmente a partir del Concilio de Efeso, ha crecido maravillosamente el culto del pueblo de Dios hacia María en veneración y en amor, en invocación y en imitación, cumpliendo así sus palabras proféticas: “Me llamarán bienaventurada todas las generaciones”.

Ofrezcan todos los fieles súplicas apremiantes a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que Ella, que apoyó con sus oraciones a la Iglesias naciente, también ahora ensalzada en el Cielo por encima de todos los ángeles y bienaventurados, interceda en comunión con todos, ante su Hijo, hasta que todas las familias de los pueblos, tanto los que se honran con el título de cristianos, como los que todavía desconocen a su Salvador, lleguen a reunirse felizmente en paz y concordia en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad.

Todos estos pensamientos son del Concilio Vaticano II.

La Virgen María se interesa por la salvación de todos los hombres, de todo pueblo, raza o religión. A donde se extienda la gracia de Jesucristo Redentor, alcanza la intercesión de su Madre.

La Virgen María se hace presente de modo especial:

-al celebrar actos litúrgicos en su honor;

-cuando se proclaman sus Misterios por la Palabra de Dios;

-en las apariciones sensibles a algunas personas, como en Lourdes a Sta. Bernardita, en Fátima a Lucía, Francisco y Jacinta, y en París a Santa Catalina;

-cuando se reúnen los fieles en oración, como el rosario;

-en los santuarios, donde se tributa culto especial a la Madre de Dios, como por ejemplo: Ntra. Sra. Del Pilar en Zaragoza; Ntra. Sra. De Lourdes en Francia; Ntra. Sra. De Fátima en Portugal; Ntra. Sra. De Guadalupe en Méjico; Ntra. Sra. De Luján en Argentina; Cestochova en Polonia, y otros muchos.

-En las gracias extraordinarias, que recibimos de Ella;

-en los objetos que tienen una relación íntima con Ella, como el Rosario y la Medalla Milagrosa. La Medalla Milagrosa, que podemos llevar con facilidad, nos hace presente a la Virgen en los caminos de tierra, mar y aire.

La Medalla Milagrosa nos hace presente a la Virgen María:

-Como MADRE en su actitud con los brazos abiertos y su mirada puesta en la tierra. Jesucristo nos la dio por Madre desde la cruz: “He ahí a tu Madre”. Pablo VI la proclamó como Madre de la Iglesia. “Nos -dice Pablo VI- proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios”. (21 nov. 1964).

-Como REINA del universo. En la Medalla Milagrosa la Virgen está de pie sobre el globo del mundo y coronada de doce estrellas. “Terminado el curso de su vida terrena, dice el Vaticano II, fue asunta la Virgen María en cuerpo y alma a la gloria celestial COMO REINA UNIVERSAL”. Pío XII la proclamó, y expuso su doctrina sobre la Realeza de María. (11 oct. 1954).

-Como MEDIADORA de todas las gracias. “La Sma. Virgen, enseña el Vaticano II, es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo que se ha de entender de manera que no reste ni añada nada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador ante el Padre.

Abramos nuestro corazón a la esperanza:

La Virgen María nos ama, porque es nuestra MADRE; puede socorrernos porque es REINA; y es MEDIADORA, canal de todas las gracias.

Invoquémosla siempre:

Usemos con frecuencia de los mismos pensamientos con que la invoca la Iglesia en las plegarias: la “Salve”, plegaria universal, que la canta todo el pueblo de Dios; el “Acordaos”, de San Bernardo; “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios”; y otras.

La Virgen María es siempre nuestros consuelo, nuestra alegría y nuestra fortaleza en nuestro caminar hacia Dios.

Cada día la Virgen María nos ofrece su protección maternal, decía San Vicente de Paul. Que nosotros le ofrezcamos cada día nuestro amor y confianza filial.

 

El Papa Pablo VI, al anunciar al mundo la celebración de un Año Santo de la Redención para 1975, escribía en un documento fechado el día 30 de mayo de 1974:

“La doctrina católica sitúa a la Virgen María en el centro de la Redención, como indispensable, junto a Cristo… Debemos practicar un programa de culto particular a la Virgen María. Sintetizamos una doble recomendación de este culto mariano:

“La primera recomendación es capital: Debemos conocer mejor a la Virgen, como el modelo auténtico e ideal de la humanidad redimida. Estudiemos esta criatura limpia e inmaculada. María es la suprema belleza en el amor, en la bondad, en la humildad, en la vida espiritual de su alma. María es la Virgen, es la Madre en la expresión más pura y auténtica. María es la figura de la Iglesia.

“Y la segunda recomendación no es menos importante, añade el Papa Pablo VI: Debemos tener confianza en el poder de intercesión de María. Ella es admirable por sí y es amable con nosotros. Ella, como en el Evangelio, interviene cerca de su Hijo y obtiene el milagro, que supera nuestras posibilidades. Ella es buena. Ella es poderosa. Ella conoce las necesidades y los dolores humanos. Debemos renovar nuestra devoción a la Virgen”.

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Igrexa de San Cibrao (Montecubeiro)

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Xosé María Gómez Vilabella

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